“Clasicismo + vanguardia: Un encuentro carnal con el cine”. Hierba (2016), de Raúl Perrone

Victoria Leven 18 - Octubre - 2016 Textos

 

Bocas rojas, infinitos fondos imaginarios, espacios pictóricos como mundos, mundos como espacios reales. Una cámara inmóvil captura en cada gesto, en cada color y en cada sonido infinitas capas de formas hechas de un solo decir poético en todo el film. Transitamos la película habitando fragmentos , pedazos de relato construidos por ACTOS numerados , de duración mínima y construídos con medida, pero sin métrica previsible.

La definición del erotismo vive en los cuatro personajes que componen la imagen iniciática del film , que es la composición viviente del cuadro de Manet “Desayuno en la hierba” (año 1863) construyendo una instantánea que congela aquella originaria imagen impregnada al óleo sobre una tela, pero que ahora se resignifica en una pantalla cinematográfica.
Vamos de lo quieto a lo móvil, donde todo está vivo, en movimiento, vibrando, temblando. Me recuerda a las palabras: “La terra trema” el título del primero y único film neorrealista de Luchino Visconti.

La terra trema porque las bocas tiritan, los cuerpos se estremecen, la tierra palpita y los personajes deambulan por los cuadros impresionistas como fondos en un vaivén continuo, en un ir y venir sin dirección. Están en un lugar y luego en otro. Están en todos los lugares posibles a la vez.

Hay sensorialidad y sensualidad. Deseo y sexo en la carne viviendo bajo los ropajes que cubren los cuerpos de los personajes: dos mujeres y dos hombres que surgen del cuadro y viven emociones punzantes.
La piel, la piel de los rostros, de las piernas, de las manos, de las mejillas humedecidas por las lágrimas. Sus rostros pintados de un blanco rotundo, con capas de pálido maquillaje como máscaras, máscaras detrás de otras máscaras.
Nos atraen hacia la pantalla con sus miradas eternas y frontales, que viajan directas a la cámara como cuchillos , que atraviesan la sala llegando al espectador que observa estupefacto entregado al poema Perroniano.

Pero ¿a quiénes miran? ¿a nosotros, a ellas, a ellos? Yo diría que a todos entre sí porque el deseo circula en todas las direcciones. El deseo de esos personajes se tensa y se conmueve, se cierra y se abre, hasta se come.

Como esa la imagen inolvidable en la que una mujer bella mastica una flor roja con su roja boca, pausadamente y lo vivimos cual un ritual erótico.

Esas dos mujeres del film, que surgen del cuadro de Manet, flotan en algunos actos ondulando sus cuerpos desnudas , en un agua inexistente pero más tangible que el fluído cristalino que vive en lo imposible de lo llamado “real”.

Ellas nadan dejando ver sus pechos deseantes,  mientras que el resto de sus cuerpos se esfuman fantasmáticos con el truco visual de ese agua cinematográfica que las vela con un tul irreal.

Todos los caminos del film indagan en los grandes paradigmas del cine: el artificio, la imagen fantasma, la superposición, la yuxtaposición, la continuidad, el corte disruptivo, los espacios fabricados que se perciben con tanta intensidad como en las primeras verdades del cine.
Todo me lleva a citar aquella primera función de 1895 en la que los Hermanos Lumiére proyectaron “La llegada del tren a la estación de Lyon” y los espectadores huyeron de la sala y de ese falso tren cinemático. Es que la intensidad los avasalló. Como hoy nos avasalla la intensidad de “Hierba”.

Y luego, en la historia del cine nos sigue aquel ficticio technicolor , un fotograma a color como pintado con pincel grueso y estallando en colores saturados. Y así Perrone en sus fabricados matices de un digital technicolor, se dedica a bucear en las infinitas variables de la imagen.

La velocidad de los cuadros y de las tomas, me evoca otras vez aquel olvidado cine sin palabras. Pues “Hierba” es una película sin diálogos que “no es silente”, estalla en sonidos de post-producción, con música remixada, con texturas de ondas electromagnéticas que se te meten en el cuerpo y se te hacen carne en cada zumbido, en cada nota, en cada palabra dicha pero inaudible.
Porque las bocas se comen las palabras, se las tragan con tan solo gesticular al decirlas , y en sus gestos vivimos sus temores, sus búsquedas, sus preguntas y hasta sus gritos desesperados.
El amor como metáfora viaja de plano a plano, busca con ánsias donde cristalizarse, donde hacer pie entre esos cuatro personajes Manetianos.

Y de repente aparecen dos siniestros rifles, dos cazadores, dos sujetos extradiegéticos al cuadro de Manet. Dos intrusos de sarcásticas sonrisas que amenazan con sus armas el deseo que habita en el relato. Caminan con sus escopetas en alto, acechando ese mundo de mujeres y hombres que juegan el juego de los encuentros, de los besos esquivos, de las miradas ardientes, de los cuerpos que se rozan y se convocan.

Me resultaron detestables esas presencias imprevistas, desde aquel número de acto que ya no recuerdo, pero sí recuerdo la invasión de los dos tiradores vestidos con trajes fuera de época, muy lejos de aquel bello siglo XIX. Son cazadores, ¿cazadores de qué? Hunters de la vida de los otros.

Son esos jueces Perronianos, los decidores de la moral, los aniquiladores de la intensa búsqueda del deseo y la libertad. Homicidas del Eros, fascistas del sistema, esos que en los films de “El perro” nos torturan con su realista existencia abusadora.

En medio de todas esas imágenes atemorizantes se instala -  y confieso que lo viví entre lágrimas - el remix de “My way” por Sid Viciuos. Una versión alucinada de la remake del clásico del rey del rock: Elvis Presley. Desesperadamente punk , manipulada en cada acorde por un DJ que hace de todo ese mundo, mi mundo, el mundo del “hoy”. Un universo violento y desaforado, cruel y terroríficamente bello.

Parte de esa terrorífica belleza son las dos mujeres del cuadro como dos alegóricas afroditas. Una, excelsamente hermosa, que vestida o desnuda es deseada por todos todo el tiempo, por todos ellos y por todos nosotros. Está expectante, con su pequeña boca carmesí y su piel tersa, sus tersos gestos, minuciosos, delicados, pletóricos de femeneidad.

La otra , es una provocadora fémina que desde sus sexuales labios carnosos , colorados como la sangre , hace brotar silencios mágicos. Con un anómalo piercing en su nariz, algo traído de nuestros tiempos a esos tiempos y todo se hace entonces, atemporal.

Ellas nos recuerdan la fantasía pura : pues esto no es Manet, ni es solamente un enamorado homenaje al cine mudo o al impresionismo, esto una sinfonía cuasi caótica del sanguíneo Raúl Perrone.

Porque exalta aquello que más amo: “la belleza de lo imperfecto”. Donde hay un pixel roto, un sonido que chilla, un color desarticulado, un detalle que me aleja de la “homicida sensación de lo correcto”.

Y en su aparente imperfección , Perrone elabora con precisión quirúrgica y artesanal ese intersticio donde se instala lo incorrecto, y por encima de todo se impone lo bello.

Lo técnico se arrodilla humilde al servicio de lo sublime, que no es nada más y nada menos que lo humano. Lo humano que en sí mismo es, maravillosamente imperfecto. Y por esa divina razón en la que el hombre todo lo tiene y algo le falta, debe construir desde el todo y la nada, algo superior llamado: “el arte”.

¿Y cuando el arte tiene forma de cine? Dicen, que dijo Orson Welles “que el cine es el más bello de todos los muertos”, puro fantasma, puras sombras y luces intangibles.

Por eso cuando por unos minutos, unos segundos o unos cuadros un film se me hace materia y se convierte en un pedazo de mi cuerpo, vivirá como un carnal fantasma instalado en la memoria de mi piel para siempre.

Clasicismo + Vanguardia: aquellas vistas de los primeros años del cine, el cajón teatral sin movimientos de cámara donde todo el preciosismo está dentro de lo que se mueve dentro del plano.

Clásicos del cine mudo, del cine erótico, del cine cómico, clásicos de la pintura, clásicos de los relatos breves donde se terminaba el rollo de celuloide y entonces se acababa el acto, se terminaba el film, se disolvía el registro, y todo eso para cargar la cámara y volver a empezar otra vez.

Clásicos sonidos que escuchamos en “Hierba”: el de la película corriendo en el proyector, la fritura del audio roto de los films primigenios y esa mudez sonora que nos hace viajar hacia “el mago del cine mudo: Georges Melies”, con sus cohetes inverosímiles que aterrizan en soñadas lunas de cartón. Vamos hacia ese Maestro, aquel rey de los sueños hechos realidad.

Junto a ese planeta cinematográfico va imbricada e indivisible la vanguardia, la osadía de apropiarse de los “sacros” materiales: un cuadro paradigmático de Manet, una pieza cuasi intocable de música clásica, un tema de Elvis por Sid Vicious donde se instala la cumbia electrónica, pulsante, olvidándonos de las convenciones sobre los deberes impuestos. Esos que el cine ha creado en los últimos años como monstruos que se fagocitan lo lúdico.

Correr, ir hasta el borde, casi más allá del abismo. Reinventando nuestra amada imagen-movimiento , jugando con el aire y la tierra , tan cerca de la cumbre.

Perrone es un demiurgo, un alquimista, un artesano tallador de piedras preciosas, que lleno de juventud cincela capa tras capa para encontrar el corazón del cine que late dentro de una roca.

Victoria Leven

victorialeven@caligari.com.ar

 

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