“Cuento de amor, de locura y de muerte”. Heaven Knows What (2014) de Ben Safdie y Joshua Safdie

Rocio Molina Biasone 15 - Marzo - 2015 Textos

 

Más películas vemos, más relatos cinematográficos quedan almacenados en nuestra memoria, y en consecuencia, más capaces somos de identificar aquellos inevitables patrones que cumplen la mayoría de las historias que llegan a la gran pantalla. Uno de éstos se me hizo evidente mientras veía Heaven Knows What: haciendo memoria, caí en la cuenta de que los indigentes, esos personajes inherentes a toda gran urbe, raramente son protagonistas. Esta suerte sólo les llega cuando el plan es que se los empiece a “rescatar” de su condición a partir del primer tercio del film. Pero en general suelen ser personajes secundarios o terciarios que los protagonistas “salvan” o, incluso con más frecuencia, personajes decorativos y con función de gags.

Y esa ficha me cayó porque, en la película de los Safdie, nada de eso sucede: una vida callejera en Nueva York es la única realidad para todos los personajes, quienes terminan formando una especie de comunidad —en el sentido antiguo del término— la única verdadera comunidad que podría encontrarse en una gran ciudad como aquella. Esos indigentes de Manhattan todos se conocen, intercambian bienes, se enamoran, tienen sexo, y comen, unos con otros. Indigentes, en su mayoría, jóvenes.

Una vida inestable e impredecible, con la que se articula una constante cámara en mano, y un montaje frenético y menos clásico imposible. La desorientación en la imagen es una regla para esta película. A su vez, una misma música electrónica de fondo en algunas escenas potencia este clima, con sonidos incómodos y variaciones caprichosas, que parecen representar la locura misma con su melodía.

Indigencia para dummies

La circunstancia de calle en la que viven los personajes principales no tiene un causante determinado, y ninguno de ellos expresa el deseo de dejarla: no es una historia moral, o sobre el determinismo de aquellos pobres condenados a una vida sin hogar ni seguridad económica. De hecho, múltiples veces los vemos robando, y en ninguna son atrapados. No es el fin de la película mostrar la decadencia de la indigencia, sino establecer el orden natural de las cosas para quienes viven de lo que pueden conseguir en el día a día. La indigencia es sólo el contexto y la base determinante para la historia que se cuenta.

Hay aspectos que aparecen como partes inescindibles de este tipo de vida. El primero es la cuestión de dónde pasar la noche, algo que se vuelve confuso, pues Harley, la protagonista, pasa sus noches tanto en refugios, como en casas ajenas, o en un departamento donde, aparentemente, alquila un cuarto. Esas son las opciones que tiene una persona indigente, en Manhattan, a menos que opte por pasar la noche en la vereda. Son todos espacios a través de los cuales se va entrelazando esa comunidad: se conocen e interactúan en los refugios, o se consiguen departamentos donde alquilar camas, o bien se pasan el dato y se juntan a dormir en casas cuyos dueños dejaron temporalmente. Es una vida con una lógica propia, con trucos necesarios.

Otra parte de esta supervivencia urbana está en las varias formas de ganar dinero. Para comer, tomar, pagar la renta, o drogarse. El robo es obviamente una de estas formas, entre las primeras, pero no un robo cinematográfico, con pistolas y asaltos. Si es el estilo cotidiano en el que van a vivir, lo más estúpido que podrían hacer es arriesgarse a un arresto. Roban cosas en alguna farmacia o tienda, objetos inocentes pero en cantidades suficientes para poder vendérselas a algún comerciante más callejero. Y por supuesto, siempre está el mendigar.

Después está ese espacio universalmente conocido de la vida indigente, que es el parque, la plaza: lugar de reunión, de ocio, de charla, de intercambio, de diversión. Pero también se nos introduce uno poco mencionado como lugar frecuentado por los “callejeros”, que es la biblioteca pública. Serán jóvenes indigentes, pero aún así personas que buscan entretenerse, y en la biblioteca no sólo hay libros, hay computadoras. Por momentos, Heaven Knows What parece presentarnos a estas personas para mostrarnos aquello que tenemos en común con ellos, en vez de marcar las diferencias.

Un aspecto delicadamente insinuado de estos personajes es el de la locura. Esas formas particulares de hablar y de actuar que, cuando de indigentes se trata, solemos mostrar con exageración: por ejemplo, colgándoles un cartel que dice “El Fin se acerca”. Aquí es una locura más sutil, son maneras “raras” de moverse y de ser, accionares impulsivos e ilógicos (dentro de nuestra lógica, claro está).

Y por último, aquello que ya insinué, y que cualquiera relaciona automáticamente con una vida de calle, está la droga. Ella se vuelve tan importante, que quien la vende, en ese mundo, es el más popular. Y aún así, no es el retrato perverso que se suele hacer de un traficante. Mike es uno de ellos, un adicto más que termina siendo el que tiene más control de su vida: tiene trabajo, y por eso es un rey entre sus amigos. Y es un trabajo eficaz, del cual esa comunidad se sirve en abundancia.

Considero que un gran atractivo de este guión es que, como ya mencioné, la información que tenemos sobre la vida de estos personajes, más allá de la duración del film, es nula. La droga, la locura, el alcohol, el robo, ¿son los causantes de que estén viviendo así? ¿O son sus consecuencias? ¿Dejarán ese estilo de vida? ¿Morirán debido a él? No sabemos, porque no es importante, no es de lo que trata esta historia.

 

Amor pirómano

En realidad, el film no se centra en toda la comunidad, sino más bien en una compleja historia de amor (si es que podemos hablar de “amor”): la de Harley, nuestra protagonista.

Harley ama a Ilya. Y Harley ama la heroína.

Un dato muy interesante (que debo confesar que no supe hasta terminar de ver la película) es que la actriz que interpreta a Harley, Arielle Holmes, es a la vez la autora de la novela autobiográfica (nunca publicada) sobre la cual se basa el guión de esta película.

Así que si la actuación nos parece tremendamente real y genuina, es porque Arielle actúa de sí misma en una época pasada: en su relación y obsesión con Ilya.

Estos dos amores de los cuales empecé hablando, se podría decir que son uno. Ilya y la heroína, dos adicciones de Harley, dos integrantes de su vida que, paradójicamente, la van desintegrando.

Ilya es peligroso. Es agresivo, es abusivo, es impulsivo. Harley pierde el control con él, hasta se dispone a morir por él, a destruirse. Y esa misma relación tiene con la heroína, con cuyas dosis se excede sin pudor. Harley quiere todo y lo quiere ya, a pesar de que la destruya. Mejor dicho, porque la destruye. Es por esto que esta me parece una película, o más bien una protagonista indudablemente “batailleana”, pues su conducta es permanentemente autodestructiva: Harley tiene una profunda atracción hacia la muerte, simbolizada tanto por Ilya como por la heroína.

Explicando brevemente, Georges Bataille cuestionó esa noción tan afirmada por el pensamiento moderno de que el ser humano se mueve y actúa por una pulsión de vida, es decir, hace lo que hace para seguir viviendo, para sobrevivir, para extender su existencia. Lo que ve Bataille en la posmodernidad es que tal afirmación no tenía sustento en las manifestaciones del deseo de los seres humanos: él se opone en su certeza de que las personas se mueven por una pulsión de muerte. Esto significaría que hacemos lo que hacemos para tener placer, para gastar. Un gasto en sentido improductivo, gasto total y sin recuperación. Para este pensador, la verdadera humanidad, la más elemental, no está en el producir y en actuar de forma funcional al sistema, sino en buscar lo meramente placentero, en el lujo y el gasto, sexo, alcohol, drogas, despilfarro: todas las conductas con potencia autodestructiva, todo lo que nos acerque a la muerte.(1)

Harley encarna a la perfección esta concepción de la humanidad, y así la muestra la película: en su emoción frente a un motociclista que hace piruetas peligrosas, en la forma en que se excita secretamente ante una pelea, cuando goza el robar, y cuando reclama más dosis de heroína de las que precisa.

El problema es que un amor como el de Harley e Ilya es un fuego que todo lo consume, un romance breve y sin estabilidad, porque una pulsión de muerte no puede llevarte a un amor puro y verdadero, sólo a una pasión, o a una destrucción.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

(1) BATAILLE, GEORGES. “La noción de gasto”, La Parte Maldita, 1987

 

Heaven Knows What