Una experiencia religiosa . Fuego contra fuego (Heat) (1995), de Michael Mann

Mariano Samengo 26 - Abril - 2017 Textos - Foco:19º BAFICI, Buenos Aires Festival Internacional Cine Independiente

 

La belleza humana de la que hablamos aquí es de un tipo muy concreto; se puede llamar belleza cinética. Su poder y su atractivo son universales.
David Foster Wallace, El tenis como experiencia religiosa

 

¿Qué es el cine en su acepción más concreta (sin sarasas bazinianas o deleuzenses)? Imágenes en movimiento. Cinética.

De lo que habla Wallace en su artículo (dato al paso: él fue durante su juventud un jugador muy bueno de tenis que casi llegó a competir de forma profesional) no es sólo de lo esplendoroso que es el tenis, sino -al menos en este pasaje- de la belleza del juego de Roger Federer, que en el momento en que lo escribió (año 2006), el tenista nacido en Basilea estaba en la cima de sus poderes, debatiéndose a duelo en Wimbledon con su mayor némesis de aquel entonces, Rafael Nadal. Dos profesionales de élite, haciendo lo mejor que saben hacer, enfrentados (tal como lo están Vincent Hanna y Neal McCauley, policía y ladrón, respectivamente).

Wallace hablaba con devoción -más desde una perspectiva como tenista que como simple espectador- de lo sobrenatural y metafísico que era presenciar el juego del suizo en vivo y en directo, donde si bien era evidente que se trataba de un talento extraordinario de tan solo verlo por televisión, afirmaba que estando en persona, tus ojos no podían creer la genialidad y la perfección quirúrgica de sus movimientos. Su belleza cinética, ni más ni menos.

Entonces, ¿a qué viene todo esto? Porque al volver a ver en pantalla grande y restaurada Fuego contra fuego (Heat, 1995), me pasó lo mismo que le pasó a Wallace cuando vio jugar a Federer: no podía creer lo absolutamente prodigiosa, vibrante, ambiciosa y refinada que era. Fue ver -otra vez- de cerca, magnificado, con claridad sobrecogedora a un verdadero pro del cine haciendo (como Federer y Nadal) lo que mejor sabe hacer. Un tipo cuya filmografía está cimentada, justamente, sobre el laburo de profesionales de élite que viven y mueren para y por el juego. Mann, como sus personajes (que son, en definitiva, proyecciones de su propia personalidad), es incapaz de dejar algo al azar porque eso para él, es pecado mortal. Y no hay nada más placentero de estar frente a alguien que transmita tanta seguridad y convicción sobre su propio sistema formal. Allí están sus planos impecablemente compuestos. El montaje rítmico y de precisión. El soundtrack. Los azules (por dios, esos azules). La arquitectura. La geometría. Cualquiera que la haya visto, sin importar cuantas veces (ya sea en la tele, en DVD, Blu-ray, pirateada), puede asegurar lo que todo el mundo ya sabe: que se trata de una de las mejores películas del siglo pasado; que la escena de Pacino y De Niro jurándosela mientras se toman un café ya es icónica; que tiene uno de los mejores shootouts de la historia del cine, orquestada bajo el minimalismo sonoro de Brian Eno; que su final es elegíaco y hermoso. Por supuesto, no estoy diciendo nada nuevo ni pretendo hacerlo, porque análisis y estudios sobre la película ya hay de sobra (donde si quieren saber más al respecto, lean el hermoso libro dedicado a la vida y obra de Michael Mann escrito por F.X. Feeney y Paul Duncan, editado por Taschen). Pero de lo que me interesa hablar especialmente es de cómo nuestra percepción de una película tan icónica como ésta puede cambiar y volverse vital por la experiencia de verla en el medio en el que siempre se debió ver: la pantalla plateada.

El otro día hablando con una amiga sobre lo entusiasmado que estaba por haber sacado entrada para la película, a ella le pasó que la enganchó el otro día en el cable y que, si bien sintió nostalgia, a la vez no la conmovió como antes. Y es cierto, es muy difícil que una película -sin importar en el registro que la hayas visto- pueda conmoverte o generarte las mismas reacciones que tuviste cuando la viste en un estado virgen, pero lo que le argumenté fue que posiblemente volver ver Heat en cine (o en su defecto Terminator 2, que también integra el foco de Rescates del BAFICI) resignificaría la experiencia. Y no me equivoqué. Porque, en definitiva, y tengo que ser sincero, yo no fui a verla con la intención de hacer de cuenta que nunca la había visto, porque eso es imposible. Pero ver una película de semejante rigor y calibre milimétrico, con los tiros impactándote en lo más recóndito de las membranas de tus oídos, haciendo que te agaches temiendo que te perforen el pecho o la vena aorta, es una experiencia religiosa que les sugiero que no se la pierdan por nada del mundo.

Mariano Samengo

marianosamengo@caligari.com.ar

Heat