El sinsentido de la vida . Happy End (2017), de Michael Haneke

Santiago Fava 12 - abril - 2018 Textos- Foco: 20º BAFICI, Buenos Aires Festival Internacional Cine Independiente

 

 

Haneke se consolidó como un cineasta que pensó y tomó una decisión con respecto al medio que es su herramienta. Desde “El séptimo continente” (1989) dibuja variaciones sobre los mismos temas. Su cine se transformó así en un manifiesto, en una herramienta política. Lo que dice gira casi siempre en torno a la responsabilidad de los medios de información, la xenofobia, la comodidad y la paranoia de la clase alta, el uso que esta hace de las clases inferiores, el sinsentido de la vida dentro de un sistema alienante, la oscuridad de la niñez, el masoquismo. En “Happy End” están todos sus tópicos. Es la película de todas sus películas. El hilo que conecta es el suicidio, y la película tiene tres, de tres generaciones diferentes. Tres fragmentos de una familia disfuncional. Tiene éxito haciendo llegar los mensajes pero también resulta algo liviana y borrosa por no concentrarse. Pasan demasiadas cosas, que abarcan muchos personajes, y para algunos no se entiende la motivación o no genera la incomodidad que, suponemos, debería generar, teniendo en cuenta sus películas previas. Por ejemplo, la actitud del nieto del fundador de la empresa familiar, su obsesión por remarcar la utilización que la familia y la sociedad hacen de los inmigrantes. Parece que en la película se justificara ese comportamiento simplemente porque pertenece al mundo Haneke. De la misma manera resulta forzada la aparición de una pequeña vicisitud que le toca vivir a la servidumbre de la familia.
La película abre de manera inquietante, con imágenes tomadas por un celular y textos que aparecen como subtítulos, como en una transmisión en vivo en alguna red social, que describen lo que se ve en la pantalla, por momentos adelantando los movimientos de una persona que no sabe que está siendo filmada. Un tono intrigante y oscuro que recuerda a “Caché” (2005), produce esa incomodidad tan interesante que moviliza ideas, pero luego el asunto se aclara quizás demasiado. Al Haneke de “Happy End” le falta algo punzante. Le falta concentración y probablemente enigma. Cae un poco en lo que él mismo no quiere del cine, que las cosas tengan su explicación y que uno, por más deprimente y oscuro que sea el asunto, se pueda ir tranquilo a casa, porque el cine no dio una respuesta. Sí, el espectador tiene que estar activo, pero no tanto para completar agujeros existenciales, sino más bien para reconstruir la trama o los nexos entre los personajes.  De todas maneras no es una película convencional, complaciente. Hay una gran preocupación de Haneke por las nuevas tecnologías, las redes sociales. Algunos de los personajes expresan lo que no pueden expresar humanamente a través de las máquinas. O son quizás las máquinas las que generan esos pensamientos, con la enajenación. A la pantalla le dicen sus secretos. Hay algo de “Benny’s video” (1992), algo de “La Cinta Blanca” (2009), algo de “La profesora de piano” (2001). Hay mucho de Haneke, pero es tanto que se aleja de sí mismo.

Santiago Fava

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Happy End