“Sagrado Divorcio”. Gett, the Trial of Viviane Amsalem (2014) de Ronit Elkabetz, Shlomi Elkabetz

Rocio Molina Biasone 27 - Febrero - 2016 Textos

 

Occidente ha visto, a lo largo del último siglo, una progresiva (aunque no completa) separación de religión y Estado. Las distintas Iglesias dejaron de ser las responsables de regular la vida civil, de manera que sólo sus adscriptos y “fieles” pasaron a acudir a éstas para eventos como nacimientos o matrimonios. Mientras, en gran parte de Oriente las respectivas instituciones religiosas aún tienen control parcial, cuando no absoluto, de asuntos estatales y civiles.

Y sin embargo, el escenario de esta película no es uno de aquellos países más habitualmente asociados al extremismo religioso, sino una de las naciones orientales más “occidentalizadas” (o con más simpatía hacia los Estados Unidos): Israel.

En su argumento general, Gett tiene parecidos con La separación de Asghar Farhadi: un divorcio es imposibilitado por una ley que lo examina desde una perspectiva tradicional y religiosa. Pero mientras que el film de Farhadi explora la vida de una pareja más allá del divorcio, de una pareja que incluso tiene dudas al respecto, o que parece tener una chance de reconciliación, el simple objetivo de Gett parece ser el dejar en evidencia lo absurdo que hay en una burocracia “sagrada”.

La propuesta es simple, y por eso este film no se enreda con más tensión de la necesaria. Viviane quiere divorciarse. Para hacerlo, llega a tener que esperar años, sólo por el requisito de tener que argumentar su decisión, o dar una razón para hacer lo que desea. No hay nada más efectivo que ver este tipo de burocracia en acción (y en reiteración) para evidenciar su absurdidad: ¿se necesita un motivo específico para no querer estar en pareja con alguien?

No hubo violencia física, ni psicológica. No hubo adulterio. No hubo nada que no se encuentre en un caso cualquiera de matrimonio venido abajo: sencillamente, no tolerarse más el uno al otro, no ser compatibles, no estar enamorados.

En ese sentido, es un guión inteligente. No se sirve de más elementos que los precisos, porque no necesita hacer de ninguno de los dos una víctima, en el sentido más burdo del término. En este caso, es la Justicia la que victimiza a Viviane, más que su marido, un típico hombre tradicional, machista y religioso, pero no particularmente peligroso. Los testimonios de amigos, familiares, vecinos y demás no nos dicen nada de sorprendente, de indignante, de fuera de lo común.

No hay un sólo enemigo, ni tampoco “demonios” (otro rasgo laico de este film), sino un esposo caprichoso, que no quiere perder lo que le “pertenece”; y, más frustrante todavía, el obstáculo que representan los jueces-rabinos y la ley israelí.

Una ley que, teniendo una base ideológica judeocristiana, no puede ser sino patriarcal. Para que una mujer como Viviane quiera divorciarse de un hombre que cumple con todos los requisitos tradicionales de un “buen marido”, tiene de estar loca. ¿Qué mayor honor? ¿Qué mayor felicidad que la de tener a un buen judío, que no te golpea y que se lava sus platos, como marido? ¡Si hasta te deja salir sola! No se puede pedir más.

Y no hay que olvidar, que no estamos hablando de nada exótico ni remoto a al caso del Código Civil en Argentina: no hace tanto, también en nuestro país era necesario el consentimiento de ambas partes a la hora de divorciarse, además de la determinación de un motivo. Tal vez no tendríamos curas por jueces, pero eso es sólo un detalle cuando las leyes mismas están pensadas desde la tradición judeocristiana, que ve en el matrimonio una institución “sagrada”.

A mi criterio, dentro de las películas que exploran esta temática, ésta se destaca por su decisión de limitar la trama a un único espacio: el de la corte. No sabemos qué les sucede a Viviane (Ronit Elkabetz) y a su marido por fuera de ese lugar. Jamás presenciamos nosotros los conflictos o peleas que mencionan frente a los rabinos, ni tampoco el trato de convivencia entre ellos dos. De forma casi teatral, toda la película se desarrolla dentro de esos tribunales, haciendo elipsis de todo lo que pasa fuera de allí, ya sean de 2 semanas o de 6 meses.

Definitivamente, Gett no sería el mismo film si incluyera escenas por fuera del ámbito de la corte. Por más que sea extremadamente difícil construir un guión de largometraje cuya historia se desarrolle en un sólo espacio, con un único e invariable conflicto, y que igualmente consiga no estancarse ni volverse monótona, no podía darse de otra forma con esta película. Esas repeticiones y estancamientos en la trama son lo que necesita esta pareja de directores para que el espectador comprenda y se compenetre en un relato cinematográfico sobre lo absurdo de una justicia y de una legislación concebidas desde las Sagradas Escrituras.

Probablemente, para Viviane, la libertad aún no sea una opción, pero sí la lucha ininterrumpida por conseguirla.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

Gett, the Trial of Viviane Amsalem