“Muerte de un viajante”. Gabriel e a montanha (2017) de Fellipe Barbosa

Rocío Molina Biasone 13 - abril - 2018 Textos- Foco: 20º BAFICI, Buenos Aires Festival Internacional Cine Independiente

 

 

Cuando se piensa en una tragedia, se piensa en algo horrible, o triste, algo producto de una fuerza mayor, que le pasa a una o más personas. En este sentido más cotidiano y familiar, la historia de Gabriel Buchmann —un joven brasilero que partió de su tierra natal para viajar a mochila por un año, viaje que culmina con una visita anti-turista a Kenya, Zambia y Malawi— tiene un final trágico. Pero lo que hace que esta historia, este filme, sea realmente interesante, es que Gabriel e a montanha toma la trágica historia verdadera de un joven que no sobrevive al viaje de sus sueños, y la convierte en una verdadera tragedia, entendido como ese género narrativo cuyo canon nos remite a la Antigua Grecia.
¿Por qué digo que estamos frente a una tragedia cinematográfica? Antes que nada, la certeza de que el héroe tendrá un final letal. Tal como sucede en Macbeth de Shakespeare, o en Edipo Rey de Sófocles, tenemos un narrador omnisciente o un oráculo que, desde la escena inicial (Prólogo), nos revela qué destino ineludible le aguarda a Gabriel: la montaña será su muerte. Las tragedias, tradicionalmente, no tienen el objetivo de sorprenderte. Al contrario, las tragedias funcionan en cuanto se tiene un héroe trágico que se encamina hacia el final esperado. También, como toda buena tragedia, el filme de Fellipe Barbosa está dividido en actos, cada uno correspondiente a un sitio diferente del viaje de nuestro héroe, cada uno nos acerca al momento de su fatal destino.
El elemento sustancial de este género es la caracterización del protagonista. Las tragedias refieren a las historias de gente ‘noble’, de aquellos en el estrato social más elevado: Gabriel es un joven estudiante de clase alta, con el nivel educativo y económico suficiente para intentar entrar a Harvard. A la vez, no existe la tragedia sin un héroe que incurra en hamartia, es decir, que cometa un error fatal, resultado de la hibris de este: un mortal no puede pretender mayor conocimiento que los dioses.
Es en este sentido que la historia de Gabriel, así como él mismo, se constituyen como una tragedia cinematográfica del siglo veintiuno: el muchacho burgués y blanco, por más buenas que sean sus intenciones, comete el error de creerse más experto en el terreno africano que los mismos locales. Desafía las recomendaciones de todos para imponer su voluntad, hace oídos sordos a la verdad porque no quiere ni escuchar que está equivocado o que “no puede”. Tal como Romeo y Julieta, el amor entre Gabriel y la montaña tendrá un final dignamente trágico: el espíritu turista que Gabriel rechazó y condenó durante todo su viaje, es el que termina por apoderarse de él, maldito defecto trágico.
La película de Fellipe Barbosa demuestra que lo arquetípico no tiene por qué ser antiguo, y que una historia puede inscribirse dentro de un género concebido por una civilización hace dos mil quinientos años, y aún así ser actual: los vínculos humanos que se representan en Gabriel e la montanha tienen una naturalidad raramente vista en el cine. Novio y novia, anfitrión y huésped, extranjero y local, todos los intercambios están trazados de manera orgánica, y como espectadores nos hace sentir como si nosotros mismos estuviéramos en ese viaje, como si nosotros mismos estuviéramos peleando con nuestra pareja, o haciendo amistades en un tour.
En esta era de spoiler-paranoia, crear una narración que nos muestra de entrada, sin rodeos, hacia dónde va, puede parecer un acto suicida. O muy ambicioso. Me quedo pensando: tal vez sea cierto que una película que necesita contar con el comodín de un final ignoto para hacerse valer, al fin y al cabo, no debe tener tanto valor.

Rocío Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

Gabriel e a montanha