Cuando las olas calman. Futatsume no mado (2014), de Naomi Kawase

Agustina Osorio 3 - Enero - 2018 Textos

 

“La ola surge del océano y, cuando observamos este fenómeno, vemos que tiene un principio y un final. (...) Distinguimos entre una ola y otra. Una puede ser más hermosa, más alta o más baja que otra. (…) y eso genera mucho sufrimiento. A una ola le es posible vivir su vida como ola y como agua al mismo tiempo. Como ola, pertenece al mundo de los fenómenos (…). Pero, si tiene tiempo para sentarse y entrar en contacto profundo con su naturaleza, se dará cuenta de que es agua. No sólo es una ola, también es agua. En el momento en que se da cuenta de esto, deja de sufrir por completo. Deja de tener miedo a subir y bajar, deja de preocuparse por el hecho de existir o de dejar de hacerlo.1

Futsasume no mado (Still the Water/Aguas tranquilas), estrenada en 2014 y dirigida por Naomi Kawase, nos aproxima a temas como el amor, la muerte y el crecimiento, usando recursos de la naturaleza y de la vida cotidiana en una pequeña isla japonesa, que parece lejana a la agitada vida de grandes ciudades como Tokio y, por el contrario, más cercana y en contacto con lo agreste.
Kaito (Nijirô Murakami) y Kyoko (Jun Yoshinaga) son dos adolescentes que transitan esta etapa como un paso hacia la adultez, acompañándose mutuamente en sus propias preocupaciones y padecimientos.
Ambos provienen de familias muy distintas. Kyoko es hija de un matrimonio amoroso, cuya madre es una “shamana” (o chamana), quien se encuentra en el borde entre los seres humanos y los dioses y cuya sabiduría transmite a su hermosa hija con pocas palabras.  Kaito es un joven proveniente de la ciudad, que pasa la mayor parte de sus horas solo, ya que su madre trabaja todo el día y su padre vive en Tokio, tras haberse separado de ella, hace años. 
El sufrimiento generado por el cambio y el devenir de la vida, la enfermedad y la muerte, atraviesa toda la película, desde la primera imagen. Este sufrir está ligado también a la pérdida de la inocencia, propia de la fase que están recorriendo los protagonistas, en la cual, para Kaito se irán desvaneciendo algunas representaciones perfectas que tenía, para pasar a lo más real del mundo adulto con todas sus manchas, preguntas sin respuesta y temores.
Kyoko hará de contraparte  para que pueda enfrentarse a sus miedos, atravesando los propios, con mayor valentía y decisión que su amigo o novio, Kaito.
La muerte merodea alrededor de las familias y el pueblo, durante toda la historia, de una forma orgánica, sin una irrupción abrupta, sino más bien como parte de la vida misma.
La escena de acompañamiento de la comunidad, durante la agonía de uno de los personajes es una de las más hermosas que se hayan retratado en el cine; obligándonos a preguntarnos acerca de nuestras propias costumbres occidentales ante este tipo de experiencias.
En el mundo de Kawase, los personajes conviven con una espiritualidad cotidiana y presente en casi todos los aspectos de la vida. Esto se ve, especialmente, en aquellos con fuerte arraigo en la isla, quienes tienen una relación de ida y vuelta con los fenómenos de la naturaleza, la cual no solo influye en sus vidas, sino que también se modifica mientras interpreta las emociones de las personas que cohabitan con ella.
El diálogo entre la persona y la naturaleza nos llega, con el estilo inestable, propio del clima de mar.
Con un ritmo pausado pero lleno de energía y emoción, Futsasume no mado, casi sin querer, transmite las mismas enseñanzas que el maestro budista Tich Nhat Hanh, quien explica que el sufrimiento cesa cuando descubrimos nuestra propia naturaleza y nos damos cuenta que todos somos agua, además de olas... cuando dejamos de preocuparnos por el hecho de existir o dejar de hacerlo.

Agustina Osorio

agustinaosorio@caligari.com.ar


1     Thich Nhat Hanh “La mente y el cuerpo de Buda” (2010), pg. 41-42

 

Futatsume no mado