“La mentira como forma de supervivencia”. Frantz (2016), de François Ozon

Rocio Molina Biasone 20 - Abril - 2017 Textos

 

Sin importar cuántas décadas pasen, el cine parece regresar una y otra vez a esos dos eventos que marcaron, o diagnosticaron, la realidad de una humanidad que estaba iniciando su camino hacia la autodestrucción: las dos guerras mundiales. Acaso ya menos frecuentes que aquellas sobre el nazismo y el Holocausto, las películas, las historias y las reflexiones sobre esa primera Gran Guerra no están cerca de agotarse.
Una guerra, más allá de sus particularidades, no deja de ser una experiencia, una configuración social en la cual, por más muertes que haya, también hay vida, y donde hay vida, ya sabemos, hay puntos de vista, hay dolor, hay alegría y hasta puede haber amor. Frantz es una historia de amor, y a la vez, no: el amor es más un disparador, un hilo que une los eventos y da lugar a preguntas universales sobre la naturaleza humana y cómo lidiar con los ineludibles horrores que nos rodean en tiempos de conflicto mundial. El amor en este film es más algo a lo cual aferrarse, no para ser salvados, pero sí para creer que lo estamos.
Posguerra, el odio mutuo entre alemanes y franceses sigue vivo, pero sin fuerzas para seguir. Los primeros, además, cargan con la conciencia de haber perdido, con la vergüenza y el dolor de la derrota, por lo que no les queda nada que los aleje de la realidad de todos los jóvenes que han perdido, todos los hijos que no volverán, vidas desperdiciadas por una causa inútil. Los cimientos de lo que le permitirá a Hitler llegar al poder menos de dos décadas después, ya se encuentran allí.
A primera vista, la película de Ozon podría parecer una mera historia de amor imposible y algo extraño, el amor por el enemigo. Un enemigo que lo es a nivel ideológico, patriótico, pero también, más tarde, a nivel personal. Pero lo que está en juego aquí no son tanto los sentimientos románticos. El primer problema aquí, es Frantz. Frantz es la muerte que Alemania llora, y que Francia no puede olvidar. Frantz representa aquel quiebre en la humanidad, el momento en el que nos dimos cuenta de que, si las circunstancias nos lo demandan, o sugieren, somos capaces de matar, por matar.
Frantz no es un personaje, pero sí es una fuerza, un símbolo; es la vergüenza del francés Adrien, y el dolor de la mujer alemana que hubiera sido su esposa, Anna. Una verdad que no puede olvidarse es develada, tanto en cuanto al melodrama de esta historia, como respecto a la historia de la humanidad, y Anna es quien debe llevar ambos pesos sobre sus hombros. Algunas preguntas se encuentran camufladas en el argumento de esta película, en sus poéticos y breves pasajes desde el blanco y negro hacia el color, en instantes llenos de recuerdo y alegría: ¿qué puede hacerse frente al descubrimiento de lo poco que vale la vida, y de lo sencillo que se esfuma? ¿Cómo salir adelante sabiendo que los responsables de las muertes de los nuestros no son, al fin y al cabo, nuestros enemigos, sino nosotros mismos y nuestra voluntad de ir a la guerra? ¿Qué puede hacer una mujer que ha visto, escuchado, y comprendido una dolorosa verdad, que de ser replicada para los oídos de otros, no traerá más que dolor?

Anna necesita decidir entre abandonar el absurdo en el que se encuentra, es decir, la vida misma, o encontrar la forma de seguir, y de permitirle a otros seguir. Anna representa ese carácter humano, que ante la opción de morir, y la comprensión de que no se puede simplemente vivir en paz con una verdad tan absurda, la única salida es la ficción. No es por nada que Ozon lleva a nuestra protagonista a un confesionario para reafirmarse que está haciendo lo correcto: Anna necesita crear una ficción tanto para Adrien como para los padres de Frantz, una ficción que les dé tranquilidad y felicidad a todos, y para ello va a buscar la aprobación de aquella institución líder en crear ficciones y prometerle la dicha eterna a toda persona que prefiera creer historias antes que aceptar que su propio dolor no tiene un propósito. No se puede vivir sin tranquilidad, y no se puede vivir sin ficción.
Aunque como bien dice Anna, “ya es muy tarde”. Es muy tarde para ese romance, pero más aún, es muy tarde para el amor. La humanidad pasó un umbral del cual no hay vuelta atrás, el amor franco-alemán no es posible, porque la paz ya no es posible. El blanco y negro vuelve al color durante los últimos segundos de la película, no es un final feliz, pero no se puede vivir en grises. Vivimos en color, o morimos en el negro.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

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