La caída del Padre. Force Majeure (2014), de Ruben Östlund

Rocio Molina Biasone 3 - Mayo - 2015 Textos

 

¿Qué es la familia? ¿En qué consiste ese clan específico dentro del cual nos agrupamos? ¿Cuál es su unidad mínima e indivisible? Corre el año 2016 d.C., y se podría decir que la “familia” es un concepto que está atravesando cambios de forma continua. Hoy discutimos que familia no tiene por qué reducirse a la fórmula “hombre, mujer, hijo(s)”, que bien podría ser “mujer, mujer, hijo(s)”, “hombre, hombre, hijo(s)”; o que incluso hay padres y madres solteros/as con uno o más hijos, y eso también constituiría una familia; o vamos más allá para decir que no es necesario que una pareja tenga prole para ser familia; o más aún, que no tiene porqué ser una pareja, que puede ser un vínculo de tres o más adultos.

En fin, hoy, para muchos de nosotros, las configuraciones diferentes que pueden constituir lo que llamamos “familia”, bien podrían ser infinitas.

Sin embargo, Force Majeure nos trae a conciencia una verdad: la familia “tipo” burguesa sigue viva, y sigue siendo el modelo que, impreso en nuestras mentes, condiciona la forma en que construimos los vínculos, y la forma en que seguimos enseñando a las nuevas generaciones a construirlos. Es un modelo destinado a colapsar, sobre todo en una época a la que no pertenece. Desde su nacimiento fue inestable, pero, al igual que las avalanchas de un resort de esquí, fue “controlado”. Más era sólo cuestión de tiempo antes de que pierda el control.

Lo que en términos generales llamamos “familia”, históricamente, siempre requirió de un hombre, y de una mujer. No en cuanto a agentes físicos, sino en cuanto a roles. Es decir, no un hombre, sino un Padre. No una mujer, sino una Madre.

Padre: el protector, el proveedor, el fuerte, el jefe, la autoridad máxima, el sostén económico, el orden, el poder.

Madre: la cuidadora, la que nutre, la autoridad dentro del hogar, el sostén emocional, el amor, el afecto.

Más que entes concretos, son roles abstractos. Y tan aprendidos están, que en algún momento u otro, queramos o no, aparecen como filtros con los cuales juzgamos la realidad. De ahí que podamos llegar a aceptar que dos hombres sean pareja y padres, pero no sin dar por sentado que uno “hace de” Padre, y el otro “hace de” Madre. O que ante una mujer que gana salario mayor que un hombre, o que toma decisiones por el resto de la familia, alguno suelte el típico “Ya sabemos quién lleva los pantalones en la familia”. O que para ser mujer y madre — seas o no ama de casa, ganes o no lo mismo que tu pareja-hombre — debas sí o sí constituirte como Madre, y ser el sostén emocional, la que tiene el vínculo directo con los hijos, porque ese es el rol por el cual se te evaluará.

No concebimos que los roles se repartan, que se contaminen entre sí, si lo hacen, lo ignoramos. Aún hoy, 2016, queremos un Padre, y queremos una Madre.

 

Individuo mata familia
Ruben Östlund hace una película que parece preguntarse: ¿qué pasa cuando uno de los individuos que llevan adelante esos roles, se escinde de este? ¿Sobre todo, qué pasa si el Padre se desintegra? Ante un peligro inminente, el fuerte, el héroe, el protector, instintivamente huye con pavor, dejando atrás a toda su familia. Mientras tanto, ante el mismo peligro, el instinto de la mujer la hace proteger a sus dos hijos.

El conflicto disparado por este evento no se hace presente de forma instantánea, pero no tiene chance de pasar desapercibido: él sabe lo que hizo, y sabe que es algo que no debería haber hecho; ella sabe lo que él hizo, y no puede obviar el agujero que eso crea en su perfecta familia. Sin embargo, en más de la primera mitad del film, el problema parece ser una simple imposibilidad de reconciliar ambos puntos de vista. Él, Tomas, no reconoce haber huido ante el alud. Ella, Ebba, intenta con todas sus energías hacer que asuma lo que hizo, buscando testigos y opiniones ajenas en dos otras parejas. A modo de juicio, incluso trae a evidencia un video del acontecimiento.

Cuando Tomas ya no puede esconder sus acciones, simplemente pasa a justificarlo con la impredecibilidad de la reacción propia ante una fuerza mayor. Es a este punto donde se hace más y más evidente el verdadero motivo del conflicto: no que no admita los hechos como son, sino que tales hechos evidencian el poco compromiso de Tomas para con su rol, para con esa familia que debe proteger.

Y de esto podemos dar cuenta por una de las primeras reacciones de Ebba, la de “ojo por ojo”: si Tomas puede salirse de su rol, ella puede tomarse un día de ir a esquiar sola, de no ser la Madre atada a sus crías, sino de ser sólo Ebba.

Lo interesante es que no lo logra. Ella querría “vengarse”, pero su rol lo tiene demasiado asumido, ella es Madre, y está enojada y herida ante Tomas, porque su instinto natural no es ser Padre.

Lo que eventualmente se revela es que Tomas es plenamente consciente de sus acciones, de su incapacidad para llenar ese rol: llora desconsoladamente y en terreno público, grita, se vuelve débil, tan débil. No se siente Padre, no se siente Hombre. Una  larga escena ilustra esta confusión de Tomas, poniéndolo asustado, diminuto, con su vestimenta de esquí, entre una multitud de hombres jóvenes, semidesnudos y borrachos que bailan, gritan y se golpean en un boliche. Los más machos de los machos. Todo eso que Tomas debería ser y no es.

 

The show must go on
No hay negociación posible. Ebba se encuentra en conflicto en ese matrimonio con un hombre que no salta a protegerla a ella y a sus hijos de un alud. Tomas tampoco se siente cómodo no siendo ese hombre.

La pelea entre Ebba y Tomas choca también a una pareja amiga, creando una pelea espejo. Mats es un viejo amigo de Tomas, y Fanni su nueva novia, mucho más joven. Pero incluso con variaciones, diferencia de edad y escaso tiempo de relación, el futuro de esa pareja es la familia “tipo” de Tomas y Ebba. Son parte de la misma configuración de roles, porque otra no parece posible.

Entre personajes secundarios y terciarios, tenemos dos que presentan una posición de choque respecto a esos roles tan inflexibles y venidos abajo.

Primero tenemos al encargado de mantenimiento del hotel. Un personaje misterioso, sin un sólo diálogo. Se mantiene tranquilo, observando el conflicto de Tomas y Ebba desde un piso superior. Misterioso, porque su mirada, su persona misma, carga con un gran potencial de connotaciones: puede bien ser una mirada de clase, de una clase económica más baja, que trabaja para ellos, pero que aún así se coloca, no casualmente, en un punto de vista superior; puede también representar al público, a todos nosotros que somos espectadores de ese conflicto, que los creemos patéticos, y nos creemos mejores; o puede bien ser un punto de vista de director, que observa y filma esa pelea, imperturbable incluso ante el enojo de Ebba y Tomas.

 

Por otro lado está Charlotte, que también es madre, que también es esposa, pero que no entra en ninguno de los roles predispuestos para una mujer que tiene hijos y esposo. Primero, está sola de vacaciones. Segundo, tiene relaciones sexuales con un hombre más joven que conoció en el hotel. Pero no es una infidelidad, porque su matrimonio es abierto. Quiere a sus hijos, pero trabaja por fuera de su casa, y se declara una buena madre, a pesar de que es capaz de distanciarse de ellos por el mero placer de hacerlo. Ella es un individuo, y Ebba hace prácticamente cortocircuito al escuchar esto.

¿Cómo podés ser madre en un matrimonio abierto? ¿Cómo le podés hacer eso a tus hijos? ¿Cómo podés ser una buena madre si los dejás solos con tu esposo, sólo para tomarte vacaciones? ¿Cómo no sentís celos de que tu esposo esté con otras mujeres?
¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo?

Ebba en esa escena representa a la gran mayoría de nosotros, incluso en la actualidad. Si lo desintegramos, estos supuestos sobre cómo deberían ser las relaciones familiares no tienen soporte alguno, no tienen un motivo que los haga mejores que otras posibilidades. Pero así las pensamos, así seguimos pensándolas.

Tanto así, que Ebba decide que no puede dejar que sus hijos no tengan un Padre. Esa figura no puede faltar. Si es necesario actuarlo, lo actuará. Todo sea para que ese héroe exista, incluso cuando tanto ella como Tomas sepan la verdad.

 

¿Y al final qué queda? Todos esos turistas varados, pero en conjunto. Cerrados en una forma, pero sintiéndose más seguros por ello. Infelices e insatisfechos, pero al menos sin arriesgarse a lo desconocido y peligroso como la loca de Charlotte.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

Force Majeure