“Una historia mestiza”. White God (Fehér isten, 2014) de Kornél Mundruczó

Rocio Molina Biasone 16 - Febrero - 2016 Textos

 

Storyline: Lili, una niña cuyos padres están separados, se ve obligada a vivir unos meses con su, al parecer, ausente padre, quien la conoce poco y siente profundo rechazo hacia Hagen, el perro y mejor amigo de Lili. Resumido de esta forma, parecería una trama cualquiera de una película de Hollywood “para toda la familia”.

Pero White God no es apta para todo público. No fue hecha en Hollywood, y no es una comedia. De hecho, la historia sobre la relación de una niña con su perro, y las desventuras de éste, es sólo una excusa para tratar un tema más amplio, y de forma algo indirecta: nuestro mundo, un mundo blanco, que rechaza lo mixto, lo “impuro”, lo callejero, lo que no es “de raza”.

 

Sorpréndame

Una escena onírica abre este film. Digo onírica porque es imposible no tomarla, instantánea e ingenuamente, como algo que pertenece al orden de los sueños o, más precisamente, al de las pesadillas. Es una película que cumple con aquello que, pienso yo, es esencial en la constitución de un buen relato cinematográfico: sorprender al espectador. No una sorpresa como la que se da en una fiesta secreta de cumpleaños, cuando todos saltan de sus escondites para darle un infarto al homenajeado. No un sobresalto, sino una sorpresa progresiva y constante, a lo largo de un relato que va tomando rumbos que no esperábamos que tome.

En un sentido general, eso me hizo experimentar White God: sorpresa, mientras me iba dando cuenta de que la historia marchaba en sentidos que no me eran obvios o predecibles. Me dio eso que, últimamente, pido con desesperación y ansias cada vez que entro a una sala de cine, o que me siento en pijamas frente a la tele: “Sorpréndanme”.

Y es que este film húngaro cumple un recorrido cíclico, mas no circular: empieza como una historia sobre amor y amistad, en un sentido más obvio y convencional; luego pasa a la tragedia y a la perdición, y de ahí, al terror, la venganza, lo apocalíptico; y todo convergiendo en un final que vuelve a llenarse de amor, pero esta vez en un sentido nuevo y universal. El amor como energía, como actitud, y como forma de acercarse al “otro”. El amor que faltaba al inicio.

 

El nazismo cotidiano

Un conflicto humano, demasiado humano, es el que tiñe esta película. Y sin embargo, inteligentemente, el guión se sirve aquí no sólo de humanos, sino de perros. Esta elección cumple, simultáneamente, un par de funciones. Por un lado, las discriminaciones, los conflictos y los enfrentamientos que ya son conocidos para todos nosotros, los de humano vs. humano, muestran ser correspondientes a aquellos de humano vs. perro. Es una actitud de humano, y particularmente, de humano blanco y “civilizado”, la de imponer su dominio sobre otros, el asumirse como superior, como quien tiene derecho a decir quién vive dónde y cómo.

Los perros, animales, seres que habitan este mundo tanto como nosotros, tienen que seguir las reglas que los humanos urbanos imponemos. Nos apropiamos de los espacios y les decimos si pueden o no estar allí. En un departamento no, en la vía pública tampoco. En el refugio, si alguien te quiere sí, y sino, te vas a dormir. ¿Quién nos autoriza a hacer esto? ¿Quién nos hizo dueños de todo y de todos? El Dios Blanco, por supuesto.

Por otro lado, nos marca que la visión de lo blanco como lo bueno, lo puro, lo elevado, lo trasladamos más allá de nuestra especie. El conflicto con los perros, no es siquiera con todos los perros por igual, sino con los mestizos, con los “bastardos”. Los que no son puros, los que no son de raza. Como sociedad superamos el nazismo, pero permitiéndonos descargarlo en todo lo que nos circunda. Pretendemos haber entendido lo perverso de un pensamiento que intenta configurar la humanidad dividiéndola en “razas”; que quiere a cada quién con su “tipo”. O peor aún, que planea la exterminación de una etnia, en cuanto ésta pertenece a lo “impuro”.

Pretendemos entender, pero todo lo que hemos hecho ha sido pasar esa configuración hacia el resto del mundo no humano. Los animales, la vegetación, los frutos, todo bajo la matriz de lo blanco como ideal. Y de lo mixto como impuro, bajo e inferior.

Y aún más, la elección de los caninos como protagonistas, es también la elección de ese animal históricamente privilegiado por el humano occidental: “el mejor amigo del hombre”. Como animal, es el que más simpatía y pena genera. Pero a la vez, el perro de la calle es la representación perfecta de la marginalidad “civilizada”. Es un animal que no es doméstico, pero tampoco llega a ser salvaje. Es propiedad pero no mascota, es potencialmente peligroso pero indefenso ante los humanos. Y esa falta de categoría hace los perros callejeros sean víctimas de maltrato, o esclavos para pelear, entrenados para matar.

 

Octubre canino

Más allá de la síntesis argumentativa inicial, las características del guión y de la evolución de la historia, así como de la fotografía, del tipo de encuadres, y cómo van, a lo largo de la película, cambiando desde un particular hacia un colectivo, hacen que White God tenga poco y nada que ver con films sobre perros como Marley & Me, y se acerque mucho más a la mentalidad detrás de El acorazado Potemkin. Puede parecer que digo idioteces, y tal vez así sea, pero el factor común del cine de vanguardia soviética era la aproximación a una fórmula como esta:

1- Estado inicial desigual, con sometimiento de unos privilegiados a una mayoría, pero en sí, sin cuestionamientos;

2- Evidencia de la violencia hacia los sometidos, “la gota que rebalsa el vaso”, la conciencia se genera;

3- La toma de armas, la revolución, la venganza o más bien enfrentamiento de los agentes opresores. Con violencia, porque es la reacción inevitable que se tiene a la violencia anterior, una fuerza que responde de manera igual a la anterior fuerza ejercida;

4- Un nuevo estado de cosas (no siempre), donde los oprimidos ganaron autonomía y se hicieron respetar en cuanto iguales.

Aquí la masa, los sometidos, son los perros callejeros; entre los cuales, y no por casualidad, predominan pelajes negros, marrones, mixtos, y razas no identificables. Perros que ante la una situación de desigualdad, y la violencia ejercida por los humanos, tomaron conciencia (sí, conciencia), y llevaron a cabo una revolución. Una revolución que requiere de humanos que la reconozcan y la entiendan, que se igualen a ellos, compartiendo aquello que los une, como en este caso, el placer por la música.

Podría, y me gustaría afirmar que White God es una película mestiza: no pertenece a un determinado género cinematográfico, no tiene una estructura narrativa rígida; no tiene un sólo protagonista, ni un sólo tipo de protagonistas. No es comedia, no es drama, ni tampoco es terror.

 

En resumen: como película, es el miedo de todo espectador blanco, puro y civilizado.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

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