“Las dos Fridas”. Estiu 1993 (2017), de Carla Simón

Rocio Molina Biasone 25 - agosto - 2017 Textos Foco: SANFIC 2017 - Santiago Festival Internacional de Cine.

 

El mayor problema de hacer una película con una niña de protagonista posiblemente sea que la directora va a ser inevitablemente una adulta. Siempre que alguien se propone a escribir o dirigir una película sobre la experiencia de una persona en particular, tiene que tener presente cómo esa experiencia puede estar lejos de nuestro alcance en base a algunas diferencias: cultura, clase social, proveniencia, género, orientación sexual, etnia, etc. Pero lo mismo pasa de alguna manera con tomar la perspectiva desde la infancia. A veces esa experiencia es la propia, somos nosotros mismos, o fuimos nosotros mismos, pero a la vez, la mirada cambia. El mundo percibido a través de los sentidos de una niña de seis años no va a ser el mismo que perciba una mujer de treinta. Y las diferencias no radican en aquella construcción moderna de la infancia: inocencia, ingenuidad, incomprensión absoluta a los temas graves, incapacidad de darse cuenta de lo que pasa alrededor. Si hay diferencias entre niños y adultos, es que los primeros actúan más por pulsión que por razón, y por eso, a menudo, se ve más crueldad en la infancia que en la adultez. Perdón, equivoco, se ve otra crueldad.

Dicho esto, hay que reconocer que abarcar el recuerdo es otra elección llena de limitaciones: ¿cómo poner en imágenes y sonidos lo vivido hace décadas? ¿Cómo traer a cuenta algo cuya sustancia ya no existe, porque lo único que queda es la imagen de una percepción, imagen pensada desde una psicología que ha mutado forzosa e irreversiblemente? Carla Simón se encontraba entonces con un doble desafío, es decir, encarar el recuerdo y la infancia a la vez. El resultado, que a mi criterio es único y atinado, lo logró con la resignación a dos verdades: que ya no tiene seis años, y que sus recuerdos son sensaciones e imágenes que existen en la mente de una mujer treintañera. La película no va a ser lo que ella vivió. Es imposible recrear lo que ella vivió, y Simón hizo bien en aceptar que su recuerdo no puede ser más que el disparador y la estética que rodee su obra.

Así es como tenemos a Frida, una niña que atraviesa un proceso de duelo y de cambio, cambio en su vida y cambios en su forma de percibir lo que sucede. Ya es suficientemente grande como para entender la muerte, pero también suficientemente pequeña para no saber cómo ni donde canalizar lo que siente. Frida no llora, Frida se enoja. Frida se nos presenta como una “nena difícil” pero solo porque estamos muy mal acostumbrados a ver cómo los nenes pegan y las nenas lloran. El verano de 1993 de Frida, y de Carla, son diferentes, pero ambos conflictivos. El film acierta no solo en la representación de Frida, sino en la representación de Marga, la tía de Frida que en este proceso de cambio debe e intenta convertirse en madre adoptiva. Marga es la que más tiempo pasa con Frida, y por ello mismo, más conflictos debe tener con ella. No comparte su sangre, como si lo hace su marido Esteve, pero aún así las circunstancias le entregan de forma súbita una segunda hija, que nunca pidió, una segunda hija, que no es su hija.

Una Frida que no llora pero que se enoja, se pone celosa, se pone agresiva. Celosa de Anna, celosa de una familia, celosa de sentir que no tiene más a alguien que la quiera incondicionalmente, aunque no sea totalmente consciente de qué siente. “¿Por qué no llorás?” le pregunta un niño mientras juegan. Frida sabe que su madre ya no va a volver, pero aún no entiende del todo qué implica ese “no volver”. Frida sabe que su madre tenía una enfermedad, enfermedad que queda sin nombre, porque tanto el tabú como su estatus de niña le impiden conocer el nombre de esa enfermedad que arrasó en los 80 y que venía acompañada de la etiqueta de “puto” o “puta”.
Estiu 1993 es una película que trata y retrata personajes en un proceso de cambio, y más que cambio, de readaptación. Retrata personajes imperfectos y humanos, personajes que por lo general, no saben qué hacer, pero que sí saben cómo reír. Retrata a una niña que no llora pero lastima a su hermana adoptiva. Y también retrata a esa niña que mantiene un juego prolongado con esa misma hermana, juego de niñas que actúan e imaginan, en ese espacio invisible pero seguro donde no hay enfermedades ni muerte. Retrata a una madre, madre y media, que no eligió tener que dar más amor del que estaba dando, o producir dentro de sí más paciencia de la que ya tenía. Retrata los instantes de emoción y felicidad que pueden seguirse de gritos y enojo en tan solo dos segundos, pero lo hace con la naturalidad de una dirección expectante, que no se apura por controlar a los niños ni le limita el juego a los adultos.

Si hay algo en lo que esta película se destaca es en transmitir el fluir mismo de un verano y de un tiempo de ocio, y de lo ambiguo de un ocio cruzado por el duelo, un duelo sin lágrimas pero con berrinches. Se encuentra ese equilibrio perfecto entre la ligereza en la narración y la tristeza en el contenido, sin necesidad de acudir a momentos “fuertes” o a eventos trágicos. Es decir, ese equilibrio en el cine que más se acerca a eso que llamamos “la vida”.

Rocio Molina Biasone

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Estiu 1993