Un glorioso caos psicodélico. Enter the void (2009), de Gaspar Noé

Fiamma Larreyna 2 - Agost - 2016 Textos

 

 

Podría inclinarme hacia el lado de la obviedad y decir que Enter the void es un film alucinante que te deja con ganas de más aun después de casi tres horas de metraje, donde uno puede presenciar cómo sus personajes pasan por todas, y si bien es cierto, también hay muchísimo mas por contar sobre el film de una de las revelaciones de los últimos tiempos. Sí, estoy hablando más precisamente de Gaspar Noé, cuya obra viene siendo más inolvidable que la de cualquier otro cineasta de su generación como quizás de otras que ni siendo tan lejanas pueden igualar al director francoargentino. Noé es por el momento el único cuyo cine tiene coherencia en cuanto a su identidad, ya que en toda su filmografía reutiliza los mismos patrones, esos que parecen ser sus predilectos; Sexo, drogas, prostitución, delincuencia, sadomasoquismo, homosexualidad. Si hay algo que se puede decir con total certeza sobre Gaspar Noé, es que su obra es por lejos la antítesis del tabú, no solo por carecer de pudor sino también por ser desprejuiciada al punto de despertar polémica por su enorme grado de irreverencia, desafiando todo precepto moral establecido (solo aquellos que vieron alguna de las películas del director sabrán a lo que me refiero).

 

Por todo lo ya mencionado es evidente que en Gaspar Noé los hechos son siempre tal y como suceden en la realidad. El realizador nunca maquilla ni disfraza nada, aunque Enter the void esté llena de efectos de principio a fin (muchos de ellos logrados gracias a la magia de la cibernética). Desde su modo de filmar recurriendo a un sin fin de planos cenitales que acaparan casi todo el metraje, hasta esas luces de neón que nos invitan a involucrarnos en toda esa experiencia psicodélica que el film propone. Si bien a simple vista Enter the void parece una obra con determinación por explorar en los procesos cerebrales de un drogadicto, es también un relato sobre hermandad que pone la lupa sobre Oscar (Nathaniel Brown) y Linda (Paz de la huerta), dos hermanos trazados por el trauma de haber perdido a sus padres en un accidente de tránsito, el cual ellos mismos presenciaron siendo muy pequeños, desde ese terrible acontecimiento ambos juran nunca separase, sin embargo la vida los sitúa en caminos radicalmente opuestos (ambos son adoptados por distintas familias), volviéndolos a reencontrar después de muchos años en Tokio, ciudad en la que Oscar se encuentra radicado mientras se dedica a la venta de DMT como así también siendo dealer de su amigo Victor (Olly Alexander) a quien más tarde se asocia para comenzar a repartirse las tareas y las ganancias de dicho negocio. Será entonces como entre la fusión de historias se construye el presente de ambos hermanos que empiezan a vivir juntos en el mismo departamento, donde sueñan y hasta rememoran los hechos más trascendentes de su infancia, así como también los más traumáticos como la ya mencionada muerte de sus padres y su respectiva separación. Siendo al unísono confidentes, aunque no transcurre demasiado tiempo hasta que comienzan a  distanciarse, no se sabe si por las luces de esa ciudad que parecen no querer cesar o porque está más que claro que aun juntos han tomado caminos dispares, aunque igual de marginales.

Rememorando el principio de ese reencuentro, Linda llega a la ciudad japonesa como un diamante en bruto; ingenua, aniñada y desconocedora del turbulento presente al que se encuentra condenado Oscar, lejos de desaprobarlo u emitir queja alguna, la joven se une a ese caos que a simple vista parece hipnotizarla, no solo siendo consumidora de lo que su hermano le vende a sus clientes, sino también aceptando trabajar como striper en un cabaret de un hombre que queda eclipsado con ella durante una noche en el mismo boliche al que Oscar la lleva. Se podría decir entonces que Linda ya no es la “niña” que había llegado de Estados Unidos, sino una mujer que es arrastrada por su hermano a un frenesí de excesos que los termina por succionar a ambos.

Vida y muerte son otros de los tópicos que el director decide llevar en su máxima expresión, esta vez como dos contrapuntos que se ven reflejados en las experiencias alucinógenas que transita el protagonista, quien gracias a su amigo Alex (Cyril Roy) comienza a leer un libro tibetano que este le presta, cuyo argumento se basa en la vida después de la muerte, tema que también es discutido en una charla que ambos amigos tienen al caminar por las calles de Tokio rumbo a The void, bar donde todas las imágenes comenzaran a tener sentido, cuando a Oscar le disparen en un intento desesperado por deshacerse de toda la droga que lleva consigo al encontrarse en un sanitario de escasas dimensiones. De ahí en más todas esas imágenes excesivamente desordenadas y esos (veloces) planos cenitales de los que hablaba al principio, comenzaran a tener significado para el espectador que muy probablemente pueda encontrarse desorientado. Esta vez la trama nos muestra como un incorpóreo Oscar comienza a rondar por todas partes mientras expecta desde lo más alto a cada uno de sus amigos, incluyendo a su hermana. Esa mirada sobrenatural que rosa lo metafísico y hasta lo cuántico es sin duda uno de los puntos más fuertes de la película. Una mirada que nos muestra como aun careciendo de ese embase que representa el cuerpo humano, el protagonista se encuentra de alguna forma vivo, algo que en un momento de la trama el personaje de Cyril Roy parece detectar al preguntar si él fue cremado.

Con un soundtrack compuesto por Thomas Bangalter (integrante de Daft Punk), fotografía de Benoît Debie y un elenco que funciona como un cóctel entre principiantes y actores experimentados, como les dije en líneas anteriores, hay mucho por decir sobre Enter the void, yo lo dejo acá creyendo tal vez haber dicho todo, pero no, fiel a su estilo, la obra de Gaspar Noé es tan compleja que parece quedar mucho más por seguir mencionando.

Enter the void