Encarnación de lo femenino. Elle (2016), de Paul Verhoeven

Carla Leonardi 22 - Diciembre - 2016 Textos

 

Introducción:
Diez años después de “El libro negro” (“ Zwartboek”, 2006), el drama bélico que tenía como heroína a Rachael Stein (Carice van Houten); alias Elis de Vries; aquella joven judía que se unía a la resistencia holandesa para vengarse de los nazis que habían asesinado a su familia; el director holandés Paul Verhoeven vuelve al ruedo con “Elle” (2016), su primera película filmada en Francia, que es brillante pero también es una película que desatará la polémica por el tema espinoso que trabaja y seguramente despertará más de una crítica o comentario viciado por la moral y el pudor intentando descalificarla.
El título “Elle” de tipografía en letras de color gris que resplandecen, sugiere varias cuestiones a tener en cuenta. Una primera cuestión es resaltar el papel de la protagonista, interpretado por la actriz francesa Isabelle Huppert. Ella en sí misma, merecería un texto aparte, pero sólo diré que es la actriz fetiche del director francés Claude Chabrol y que bajo su dirección* ha interpretado generalmente a mujeres seductoras y controladoras cuyas acciones atentan contra la familia tradicional burguesa. Por otro lado, “Elle” nos remite a la conocida revista francesa de modas y entretenimiento dirigida a mujeres, y aquí podemos leer una resonancia irónica que incluye el director. También encontramos el “Elle” en el nombre de la protagonista que es Michelle. Y a su vez, “Elle” implicaría un “Ella sola”, sin ataduras a un hombre, sin inscribirse en un discurso amoroso en relación a un hombre, evocando la figura de una mujer que no apunta a hacerse desear (posición de la histeria) sino que quiere gozar (posición femenina).


Ella:
Michelle (Isabelle Huppert) es una mujer madura, que comienza a pensar si aún es posible poder ser deseada por un hombre y a cuestionarse qué tan bien se ve para ellos. Es de carácter fuerte, y seductora, lo cual percibimos al ponerse en el porte y las botas de jefe ante sus empleados y en las reacciones que produce en ellos, generando pasiones de amor u odio.
Ella es una mujer controladora, lo cual vemos en su intromisión en la vida sexual de su madre (Judith Magre), cuestionándole lo ridículo de su idilio con una pareja mucho más joven que sólo quiere vivirla económicamente. También se entrometerá en la vida sexual de su ex –esposo, cuestionándole su relación con Helene, la joven profesora de yoga y estudiante de doctorado, bajo pretexto de protegerlo de una supuesta mujer que habiendo leído “El segundo sexo” (Simone De Beauvoir, 1949) lo manipularía a su antojo para luego dejarlo. En realidad es ella quien hace ese uso de su feminidad desde una posición denigratoria del hombre.
Michelle es una mujer egoísta, implacable y despiadada en sus formas, que no modera por la culpa ni el pudor: se burla abiertamente de su madre aún en su lecho de muerte, trama bromas vengativas contra Helene. Es una bruja, con todas las letras.
Además es directora de una empresa que desarrolla videojuegos. Con la introducción de los videojuegos, Verhoeven pone allí su posición respecto de esa industria. Los videojuegos son un entramado simbólico que ofrecería posibilidad de ver representados y darle tratamiento a los impulsos sexuales y agresivos que anidan en las fantasías. Pero también por efecto de realidad virtual, cada vez se vuelve más difícil la demarcación entre la realidad y la ficción, creando efectos de confusión entre los dos registros y de un aislamiento cada vez mayor en un mundo de puras imágenes sin cuerpo.


Al inicio un gato:
La película abre con unos gritos fuera de campo, mezcla de dolor y placer del orgasmo, luego la mirada de un gato y seguido el plano general de un hombre encapuchado y vestido de negro echado encima de una mujer, rodeados por copas hechas trizas en el suelo. El hombre se levantará, se limpiará la sangre del pene y se irá. El desorden del lugar, la sangre, y el anonimato del hombre nos sitúan en una escena de violación. La mirada del gato introduce el elemento voyeur, ese placer de mirar que aparecerá reiteradamente a lo largo de la película en la propia protagonista espiando a sus vecinos. De este modo, quedarán igualados el gato y Michelle. Michelle en tanto mujer podríamos decir que es pasible de ser representada por un gato. El felino es una animal seductor y traicionero por naturaleza y ya Freud mencionaba que eran aptos para representar lo femenino. El gato no es un animal que pueda ser domesticado por el amo, sino que viene cuando quiere y se va cuando él quiere. Michelle es la encarnación de ese goce femenino que siempre está más allá del falo y que no puede ser apresado por él. En esta línea, en la escena en la cual un pájaro pega contra el ventanal resultando herido en su ala, mientras el gato se dispone a engullirlo, podemos leer por un lado, el lugar que tienen los hombres para Michelle, presentándose siempre como poco fálicos, o insuficientes en su potencia sexual (léase la resonancia “pajarito” por “pene”), mientras que en ese “matar al pajarito” del gato, podríamos leer la posición de una mujer que rechaza el falo, que denosta a lo masculino y lo usa para sus fines, que no busca tener un lazo al falo como significante de un límite en su goce. Otro detalle que refuerza la posición indomeñable de la protagonista está en la sangre que brota sobre la espuma formando un corazón cuando Michelle se da un baño de inmersión tras la violación. Ella lo esfumará rápidamente con un movimiento de manos. Claramente el amor no es uno de los intereses de esta mujer.
Un recurso utilizado por Verhoeven es que si bien ya desde el comienzo da a entrever fragmentariamente que estamos ante una escena de violación, más adelante nos contextuará la escena mediante el recurso del flashback a partir del maullido del gato, que nos mete en los recuerdos de Michelle de esa situación. El gato que se escapó y maúlla para entrar a la casa es la causa de la intrusión del violador. En la violación sexual estamos en presencia de la intrusión de un goce que no se encuentra amalgamado y moderado por las vías del amor y la reproducción, sino que es invasivo y toma a la mujer como objeto de posesión y como pura mercancía utilitaria.

Aquí entran en sintonía esos gritos ambiguos del comienzo y el tratamiento que le dará el director al tema de la violación. Verhoeven no tomará el camino del drama y los golpes bajos de las consecuencias psicológicas de la violación, ni el camino de la venganza de la víctima. Tras el acontecimiento, Michelle curará sus heridas, se limpiará, pedirá sushi y continuará con su vida como si nada hubiera ocurrido. No habrá lágrimas ni angustia. Comunicará a su ex pareja y a sus amigos lo ocurrido como si se tratara de un suceso banal. La dama de hierro se armará con gas pimienta y un hacha con miras a defenderse en un próximo ataque, pero no habrá venganza ni defensa. El registro en el que se moverá el director será el del thriller erótico, especialmente en la primera parte de la película. Michelle recibirá mensajes de texto anónimos, y un virus de animación con su cara en su computadora que se diseminará a toda la oficina. El director nos mantendrá en vilo en la pesquisa por tratar de deducir quién es el presunto violador. ¿Será acaso Kurt (Lucas Prisor), el empleado que la odia y la desafía? ¿O será Kevin (Arthur Mazet), el empleado sumiso que la adora?


El padre:
Lentamente se desplegará la trama de la relación de Michelle con su padre. Un padre que está en la cárcel desde hace 30 años y del cual Michelle no quiere saber nada ni tampoco volver a ver. El director pone en boca de la madre que el padre dentro de poco se presentará ante el juez para pedir la libertad condicional y que estaría muy enfermo. Verhoeven mantiene en la incógnita hasta bastante avanzada la película el motivo por el cuál este hombre está en la cárcel. Pero este pasado oscuro, aunque quiera enterrarse, retorna cada vez en insultos o escenas que le hacen en la vía pública, y vuelve a Michelle también una mujer oscura.
Un documental que Michelle mirará en la tv sobre los llamados “asesinatos de la calle Legave”, ocurridos en Nantes cuando ella tenía 10 años y que tiene a su padre como protagonista, deja abierta la pregunta sobre los crímenes inmotivados: ¿ que llevó a Georges Leblanc, un practicante católico, amado esposo y padre; a cometer tan insensibles actos? En la cuestión del padre de Michelle, Verhoeven toma posición respecto del tema de los asesinos: no son simples monstruos, lo cual los haría seres de ficción, sino hombres que cometen actos monstruosos, hombres cuya constitución subjetiva no se ordenaría por el Padre simbólico, es decir, por la encarnación de una ley que prohíbe el goce absoluto, (quedando como posible un goce limitado, que es el goce fálico) y que empujados por ciertas circunstancias desencadenantes pasan al acto homicida.
Que el director de cuenta de la infancia de Michelle, signada por los asesinatos que cometió su padre, quedando atrapada para la opinión pública en una foto que la muestra cubierta de hollín y con mirada terrorífica, mientras ayudaba a su padre a quemar el mobiliario de la casa, luego de los hechos cometidos; nos permite entender su presente y sus reacciones. Estamos ante una mujer con características particulares. En este sentido, es interesante cuando vemos a Michelle imaginarse la escena de violación donde mata a golpes de cenicero en la cabeza a su agresor. No se trata de una mujer que ante la agresión del otro se sostendría en la ley, sino de una mujer que podría estar dispuesta a todo. Que el color azul sea el que la identifique en esa escena, como en la gran mayoría de las escenas; color que se liga a la entrada en la locura y al extravío; la sitúa como una mujer no orientada por el límite fálico.


La amiga:
Su amiga Anna (Anne Consigny) es su socia en la empresa. Michelle mantiene un affaire con Robert (Christian Berkel), la pareja de su amiga, al cual quiere ponerle fin. Michelle y Anna se conocieron en la unidad de maternidad porque ambas daban a luz a sus hijos el mismo día. Entre ellas habrá una relación ambigua. Anna sentirá hacia Michelle una mezcla de admiración y atracción. Es que Michelle se presenta para Anna como una mujer tan desenvuelta con su sexualidad, que representa para ella esa Otra Mujer tan presente en la histeria, que encarnaría el misterio de lo femenino y tendría una respuesta acerca de la pregunta por excelencia acerca de qué es ser una mujer.


¿Qué es ser una Madre?
Entre Anna y Vincent se forjó desde el día de su nacimiento un lazo especial, de mucha unión, mientras que no ha sido así con Michelle. Michelle cuida de su hijo: le ayuda con el alquiler del departamento, trata de abrirle los ojos con respecto a las intenciones de su novia Josie, le aconsejará cuando Josie lo eche del departamento y lo admitirá en su hogar, pero sin embargo hay algo del orden del amor que no circula entre ellos. Michelle le dice a la enfermera que: “Miro a Vincent, el gran tonto que salió de mi barriga y tengo que admitir que no lo conozco”. Esto instala la pregunta acerca de qué es ser una madre. No alcanza para ser madre con estar biológicamente embarazada, ni con prodigar al niño de cuidados, sino que lo que importa es desde qué posición subjetiva se deseó a ese hijo. Porque un hijo no se “tiene”, sino que se recibe como producto del amor. En este sentido, Vincent en tanto hijo es para Michelle una posesión que le garantiza su no castración, como tantas otras mercancías, más que el símbolo del lazo amoroso a un hombre.


El gran tonto:
Michelle tiene un hijo, Vincent (Jonas Bloquet), a quien trata de proteger de las manipulaciones de su pareja Josie, que está embarazada. Josie aparece para Michelle como una mujer que está dispuesta a arrebatarle a ese hijo que está en el lugar ser el falo insuficiente para ella y pero que aún así es “su pequeño falo”, que quiere conservar bajo su dominio.
Vincent está identificado al falo que le falta a la madre, es el “salame de mamá”. Y no podía ser de otro modo con un padre como el que tiene. Richard (Charles Berling); ex pareja de Michelle y padre de Vincent; es escritor, tiene escasos recursos económicos, y trata de conseguir un empleo a través de su mujer en la empresa de videojuegos. Claramente no es él quien hace la ley, ni quien tiene el falo; sino Michelle. Richard a los ojos de Michelle no es el hombre con brillo fálico que sostiene su deseo. Por ello no puede encarnar para Vincent a ese padre real que se presenta como el padre potente que detenta el falo que desea la madre, y lo habilitaría así a la exogamia. Vincent lo intenta, pero sigue siendo un niño de mamá, incapaz de sostener una familia tanto desde lo económico como desde lo simbólico.


La sagrada familia:
Otros personajes interesantes son los vecinos de Michelle. Rebecca (Virginie Efira) es una mujer católica practicante, comprometida en el vecindario en la lucha por mejorar la calidad del medio ambiente, que se muestra en apariencia con cierta ingenuidad y preocupada por la seguridad de Michelle. Patrick (Laurent Lafitte) es un joven vecino, seductor, de apariencia amable, atenta y servicial para con Michelle. Michelle comenzará a fantasear sexualmente con él, lo cual se hace patente en la escena en la cual mientras sus vecinos estén armando el pesebre de navidad en el jardín, ella lo espíe con sus prismáticos mientras se masturba. Se trata de una escena de irreverencia del director, al atentar contra la familia tradicional burguesa (“la sagrada familia”) y contra la religión católica. La puesta en escena conectará de manera especial a Michelle y Patrick en la cena de navidad, donde ella lleva puesto un vestido rojo y él una polera del mismo color. El rojo que expresa la seducción y la pasión, anticipa lo que vendrá.


Nada es lo que parece:
En la segunda parte de la película, habrá un viraje porque descubriremos quién es el violador. Que a poco más de la mitad de la película, Verhoeven nos devele la incógnita con la cual sostuvo el interés del espectador, es un recurso que nos evoca a “Psicosis” de Hitchcock donde a poco de comenzada, perdemos nuestro principal punto de apoyo identificatorio con el asesinato de Marion, la protagonista. Y si lo devela, es porque quiere mostrarnos otro punto vista. Como ya mencioné, al director no le interesa indagar en las consecuencias psicológicas de la víctima de violación, sino que apunta a poner evidencia la esencia perversa del deseo humano, que justamente no se dirige a un objeto que podría resultar armónico y pacificador. El deseo no se dirige hacia el bien, de ahí que descubierto ya que Patrick es el violador, la puesta en escena seguirá conectando a Michelle y a Patrick, esta vez por sus vendajes: el de él en la mano donde lo hirió para defenderse, el de ella en la pierna tras el accidente automovilístico al retornar de la cárcel con la noticia del suicidio de su padre.
A Patrick podríamos encuadrarlo como un hombre con rasgos perversos de tipo fetichista. El fetiche funciona como aquel elemento que es condición necesaria que esté presente en la escena para sostener el deseo. Es por eso que cuando Michelle le pregunte porqué lo hizo, él responderá: “Era necesario”. Este rasgo fetichista para Patrick es el de la mujer sometida y sumisa. De ahí que no pueda avanzar en el encuentro sexual con Michelle en la escena del cierre de los postigos de las ventanas, donde se trataría de un encuentro sexual consensuado, o en la escena del sótano de su casa, cuando ella le pida que le haga el amor sin la violencia que la deja sometida bajo su dominio de macho.
Por otro lado, Patrick es banquero, de modo que es un representante del discurso capitalista. De ahí que la mujer entre en su vida bajo una lógica utilitaria: es una mercancía de la cual se cree con derecho a gozar cuando él quiera y como él quiera. El atropello de Patrick sobre Michelle es una alegoría del avallasamiento de las subjetividades y las singularidades en el discurso capitalista contemporáneo.
Michelle por su parte, seguirá frecuentando a Patrick aunque sepa que es el hombre que la violó. Este saber no producirá en ella un efecto de alejamiento o rechazo, sino que por el contrario, incrementará su deseo hacia él. Y sabiendo que el sojuzgamiento que es condición necesaria de la fantasía del hombre que desea, se prestará a ser el objeto degradado de su fantasía (juega a ser ese objeto pero no se cree que es el objeto) y lo utilizará para acceder a su propio goce. De ahí que se trate de un posición femenina, y no de una posición histérica, la cual buscaría consistir en ser el objeto que le falta al hombre.


Algunos destellos de comedia:
En la segunda parte, la película se teñirá de comedia haciendo pivote en el personaje de Vincent. Por un lado, tendremos la cuestión de la ceguera y torpeza de Vincent, que quiere jugar a hacerse el padre de familia, cuando no tiene recursos simbólicos para ejercer ese rol y desconociendo que claramente el hijo de Josie no es suyo en términos biológicos. No sólo su color de piel lo evidencia, sino también el plano detalle de la teta de Josie donde al amamantarlo por primera vez, se lee el tatuaje con el nombre de otro hombre: “Eric”. En este punto no se trata solamente de la rivalidad de Michelle respecto de otra vividora de hombres como ella, que sería Josie, sino de la pregunta acerca de qué es un padre. El padre no es la persona concreta del padre, ni el padre biológico en tanto dador de semen, sino del padre simbólico, que instaura la separación entre la madre y el hijo. Poco importa que Vincent no sea el padre biológico del pequeño, sabiéndolo o no, no está mal que quiera hacerse cargo de ese hijo, de hecho todos debemos ser adoptados por el amor de un padre y una madre. No alcanza solamente con que cumplan con la función biológica. En este sentido, lo que vacila es que Vincent pueda estar a la altura de ejercer la función simbólica paterna, y esto es porque aún ocupa el lugar de hijo mimado de su madre.
Llegará la fiesta de lanzamiento del nuevo videojuego de la empresa de Michelle. Ahí estará Ella, disfrutando de ser el centro de la mirada deseable de todos sus hombres y de su amiga. Esta fiesta me evoca la película “Teorema” (1968) de Pasolini, donde la llegada del extranjero despierta el deseo en todos los integrantes de la familia. Aquí Michelle en tanto mujer, encarna lo extranjero y enigmático para cada uno de los hombres de su vida y para su amiga.
Esta fiesta por otra parte, será para Michelle un modo de pagar algo del mal que le ha hecho a cada uno realizando una buena acción: a Vincent lo ubicará como organizador de la fiesta, conectará a Richard con Kurt para que le presente su idea y se sincerará con su amiga Anna diciéndole que era ella la que se acostaba con su pareja.
El otro momento en el cual Vincent encarna el elemento cómico, más bien habría que decir tragi-cómico, es aquel en que irrumpe en la casa y encuentra a su madre en medio de un acto sexual violento sobre la alfombra del living. La escena se compone al modo de lo que podríamos denominar como “escena primaria” freudiana, donde sobre los restos de lo visto y oído se interpreta el coito entre los padres como un acto de violencia por parte del padre. En este contexto, Vincent la juega a ser el hijo maravilloso que rescata a su madre, pero en realidad es un aguafiestas. El plano secuencia de la subjetiva del ingreso de Vincent donde los descubre, deja al espectador identificado en el lugar de Vincent. En este punto, Vincent pegándole a Patrick encarna la suma de los prejuicios morales burgueses desde los cuales se juzga y sanciona como malo y traumático, una práctica sexual que no se liga al amor o la reproducción.


Bonus Track:
No se trata en esta película de que Verhoeven sea un misógino, que plantee estar a favor de la violencia sexual contra las mujeres, ni de que sostenga que a las mujeres les gusta ser violadas. El director propone más bien un caso particular que se sale de lo convencional, para que nos interroguemos acerca de las misteriosas vías del deseo. Más que caer en una dimensión moralizante, se trata de pensar qué función cumple o qué tentativa de solución supone esa práctica para cada sujeto. Y de que cada quien pueda pensar, en qué las vías de su deseo no se orientan necesariamente hacia lo placentero y armónico. Para Patrick, el encuentro con Michelle, tal vez podría significar cierta solución porque ella está dispuesta a encarnar la función de ese objeto degradado, que para él es condición necesaria en la escena para sostener su deseo. Y recíprocamente, para Michelle, a la luz de su historia infantil, no resulta sorprende que su deseo esté perversamente orientado y se prenda de Patrick.
A lo largo de la película predominarán los planos medios y generales. Verhoeven procederá con cierto distanciamiento respecto de Michelle, como si se tratara de un científico que disecciona y revela, a partir de tomar el caso de una mujer particular con la cual resulta difícil empatizar, la naturaleza estructuralmente perversa del deseo en el ser hablante. En este punto, “Elle” se emparienta directamente con la filmografía del director polaco Roman Polanski. (*1)
Por otro lado, sobrevuela todo el tiempo en la película una fuerte crítica de Verhoeven hacia la religión católica. Los acontecimientos que vemos suceden en las vísperas y días posteriores a la Navidad, al asesino Georges Leblanc se lo describe como un “practicante católico” y la vecina Rebecca es una católica ferviente y devota. El cuestionamiento apunta más específicamente a la hipocresía de la religión católica, en cuyo nombre se han cometido los más atroces crímenes y que funciona muchas veces como fachada y cómplice de los actos más crueles. Esto se hace evidente en el personaje de Rebecca. Hacia el final, nos enteraremos de que ella sabía de las oscuras inclinaciones sexuales de su esposo y que nunca ha hecho nada al respecto, ya sea denunciándolo, buscándole algún tipo de ayuda psicológica o psiquiátrica, o poniendo en aviso a otras mujeres.
En estos tiempos de slogans o imágenes vacías, en que el cine tiende mayormente a no sorprender ni arriesgar, porque se mantiene aferrado y apegado a aquellas fórmulas que funcionan para la taquilla; es un hecho que Paul Verhoeven con su última película se destaca. “Elle” es un thriller erótico, un drama intimista, una comedia negra, pero por sobre todo es una película políticamente incorrecta, que no se queda en medias tintas y va hasta el fondo cuestionando directamente a la familia tradicional burguesa y a la doble moral del discurso religioso. En este sentido, Paul Verhoeven sube la apuesta y la vara del cine, proponiendo un cine más irreverente que sería deseable que pudiéramos ver con mayor frecuencia.

Carla Leonardi

carlaleonardi@caligari.com.ar

 

Notas:
*Bajo la dirección de Chabrol actuó en “Un asunto de mujeres” (1988), “La ceremonia” (1995), “Gracias por el chocolate” (2000) por mencionar las más reconocidas.
*1 En esta línea podemos mencionar: “Chinatown” (1974), “Lunas de hiel” (1992), “La venus de las pieles” (2013)

Elle