Una visita guiada. El viento sabe que vuelvo a casa (2016), de José Luis Torres Leiva

Ivan Garcia 2 - Agost - 2016 Textos

 

 

La isla de Meulin atrae a los habitantes del continente por sus misterios, por el halo de incertidumbre que desprende y por las historias o rumores que llegan y que crecen o se mistifican con el tiempo. Este es el punto de partida, el motor de José Luis Torres Leiva para su documental “El viento sabe que vuelvo a casa”. Guiados por Ignacio Agüero asistimos a una visita a Meulin, que se extiende durante el transcurso de los días entre los recorridos del barco de transporte.

Si bien no se sabe con qué puede encontrarse, más allá de historias sobre suicidios, aislamiento y amores imposibles, el plan de Ignacio consiste en preguntarle a diversos habitantes de la isla sobre su pasado, buscar a los más ancianos, y hacer audiciones en la escuela para una supuesta película cuya trama giraría en torno al amor imposible entre una pareja de jóvenes. Esto le sirve de excusa para averiguar cómo se manejan las relaciones amorosas en la isla, y si las presiones y diferencias del pasado se reproducen en las generaciones más jóvenes.

La exploración lleva a amplias entrevistas, que se ponen algo tediosas y por momentos parecen no aportar mucho a la historia. La película basa su estética además en la tranquilidad de un paseo. Predominan los amplios planos fijos, de distintos sectores de la isla, con una decente preocupación por la composición. Todo esto contribuye al clima de parsimonia general. Las enrevistas a los jóvenes son breves y se acercan más a lo lúdico.

En términos generales la historia de Meulin no resulta ser demasiado extravagante: la isla se divide en dos sectores, y antiguamente esta separación respondía a diferencias raciales. Los mestizos pertenecían a un sector, y los aborígenes a otro, y los casamientos entre personas de distintos sectores estaban muy mal vistos. Si bien en el presente la situación parece haber cambiado y la gente es más abierta, existe cierta permanencia de las antiguas costumbres, y un velo de silencio autoimpuesto les impide contar todo aquello que pasa, o ver aquellas cosas que si bien suceden y son de público conocimiento, no se investigan ni generan curiosidad en los habitantes.

Y es que los silencios juegan un papel importante, del mismo modo que las historias de desapariciones y resucitaciones que parecen ser normales en la isla, generando un aire de retroceso, de que el aislamiento genera una mezcla de costumbres antiguas que se pierden superficialmente pero siguen siendo parte de la cultura de la isla y sus habitantes. A los niños se les cuentan historias fantásticas o mitológicas, y no tanto de la vida social de la isla o su pasado.
La obra de Torres Leiva es un interesante relato sobre cómo funciona una comunidad aislada con el paso del tiempo, desde la perspectiva de un viajero errante. Todos los elementos contribuyen al aire de misterio y curiosidad, de lo que es más que nada una visita apacible, una pesquisa de la vida de un lugar  que se ha aislado durante mucho tiempo y generado una separación con el resto de la cultura y el avance circundante.

Ivan Garcia

ivanggarcia22@gmail.com

El viento sabe que vuelvo a casa