Unir la historia. El susurro de un abedul (2016), de Diana Montenegro

Mercedes Orden 7 - Mayo - 2017 Textos - Foco: 7º FICIC, Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín

 


El sonido atento de la fauna, la vista puesta en la flora autóctona. La directora colombiana Diana Montenegro García emprende un viaje hasta Rusia por un motivo que su abuela Bertha, de ochenta y tres años, no lograría comprender y aunque así sea, el cortometraje está dedicado a ella, quien ni siquiera se figura en qué lugar del planisferio está ubicado el país escogido.
Postulado de modo epistolar, una voz en off nos narra un destino: Kurba. Hasta allí llega la cámara con el deseo de detenerse en las flores, las dachas (casas de campo rusas) de chapa y madera, sus habitantes y sobre todo, claro, los abedules. Elementos que desde el comienzo nos remontan hasta el cine de Andréi Tarkovski, como en un déjà vu, hasta que eso queda puesto en palabras: el motor de este desplazamiento espacial es el deseo de vivir en carne propia las experiencias y percepciones que tenía el hombre en su tierra natal.
En co-producción con la VGIK –primera escuela de cine del mundo y establecimiento donde el director se recibió con su cortometraje La aplanadora y el violín- Montenegro García pone en cuadro a niños similares a Iván de La infancia de Iván, Gossen de Sacrificio o Alekséi de El espejo, demostrando que quizá nada haya cambiado tanto allí.
Una foto de su abuela (babushka) es el único objeto que la mujer carga hasta el otro lado del océano para recordarla, pero también están las flores del campo, donde la nostalgia se dispara para unir su historia con la de Tarkovski, como si necesitara llegar hasta allá para decirle que ese sentimiento el cual él adjudicaba a los rusos, es algo que traspasa las fronteras y también a ella le aqueja.
Desde una vaca, hasta quien afirma haber conocido al hombre; desde una pareja que canta hasta la lluvia, el barro y la iglesia del pueblo, El susurro de un abedul filma todo lo que encuentra a su paso para hablarnos de la obra de un artista ruso, de la familia de una directora colombiana y de la historia de muchos de nosotros que, aunque ajenos, podemos vernos reflejados en el modo en que la voz recuerda y siente culpa por haber compartido con sus seres queridos menos tiempo del que le hubiese gustado.

Mercedes Orden

mercedesorden@caligari.com.ar

El susurro de un abedul