Encontrar la manera de contarlo. El Presente (no existe) (2016), de Klaudia Kemper

Eduardo Savino 30 - Julio - 2016 Textos

 

Mientras veía la película, sin tener ningún tipo de información previa sobre la misma ni sobre su realizadora, estaba convencido de estar asistiendo al visionado de un tímido, primer acercamiento al cine por parte de una persona de mediana edad que se había dedicado toda su vida a otra cosa. En un principio, esto no me resultó necesariamente desagradable: hay que estar siempre felices de vivir en una época en la que, pese al continuo estiramiento interminable de la brecha que separa a los que acumulan los recursos y a los que luchan por sobrevivir, cualquiera puede agarrar una cámara –sea una réflex de baja categoría, una camcorder o cualquier cámara de un smartphone-, hacer una película y llegar a un público ilimitado. Tanto en el cine como en la música, la literatura o el arte visual, esto lleva también a una saturación de contenidos que muchas veces no llegan a ser lo suficientemente interesantes. Pero es importante que existan, mejor aún, que tengan la posibilidad de existir y de que alguien pueda percibir esas obras. Sin embargo, mientras pensaba todo esto y comenzaba a escribir, decidí indagar acerca de Klaudia Kemper, la directora de El presente (no existe) y todo lo que había pensado dejó de serme verdaderamente útil para redactar este texto. Descubrí que es una artista visual con una vasta trayectoria, obras exhibidas en el MoMA, estudios de Historia del Arte en La Sorbona y experiencia como docente en varios talleres y escuelas de audiovisual en Chile.

¿Qué sucede, entonces, con esta situación? ¿Debería volver a ver la película, ahora sabiendo que me encuentro frente al trabajo de una experimentada y consagrada artista y analizarla partiendo de esa caracterización? ¿No se perdería un poco el valor de verdad que continuamente intenta construir el film mismo, estando filtrado ese segundo visionado por un conocimiento que podría fácilmente comprometer la forma en que me posiciono frente a la obra? Teniendo eso en cuenta, creo que lo más sincero es tomar esa sorpresa y contrastarla con mis impresiones originales sobre la película: una suerte de retrato, de relato vagamente articulado sobre la fragilidad emocional que se desprende de la reflexión sobre el paso del tiempo, desde la perspectiva de una persona que parece agarrar una cámara digital por primera vez. Entre los personajes que aparecen, están las hijas y la madre de la realizadora, que parecen hastiarse de estar siendo obligadas a actuar maquinalmente frente a cámara, privadas de su naturalidad. Y cuando digo “parecen”, me refiero a que lo dicen. A cámara. Expresan directamente su descontento con la situación, que llama la atención viniendo de personas que deberían estar acostumbradas a convivir con alguien que se encuentra constantemente con una cámara en la mano.

La premisa, representada en el título y en algunas frases que se repiten en voice over (algo así como “Los astrónomos dicen que el tiempo no existe, que cuando lo percibimos ya es pasado”, haciendo referencia a lo relativo de la percepción que tenemos de la luz de las estrellas, donde la desincronización entre lo real y lo percibido tiene que ver con lo inconmensurable de la distancia entre un punto y otro), es sencilla y de fácil identificación con el espectador. Alrededor de la misma se articula un doble relato, el de la vida de Kemper en la actualidad, es decir, la descripción de la cotidianeidad que comparte con sus hijas y el de la correspondencia con su padre a lo largo de unos veinte años mientras este vivía en Brasil y ella, en Chile. La construcción de este relato, si bien de por sí interesante y altamente cargado de emotividad –las cartas son realmente bellas-, sufre de una monotonía que parecería querer anclarse en la premisa, aunque falla al apoyarse en un despliegue visual que no expresa realmente nada: planos cerrados de un minuto y pico de una pileta de cocina llena de platos sucios o tomas similares que recorren toda la extensión de las ramitas de una planta, juegos con la sobreimpresión de tomas de un mismo espacio con la cámara fija para describir el paso del tiempo, todos recursos que me remiten inevitablemente a esa primera percepción de ser un trabajo prematuro e improvisado. Esto último no tendría por qué ser un problema: muchas películas parten de una cosa recortada arbitrariamente para ir encontrando su camino a medida que se filman. Y aunque aquí existe una idea que se pretende abarcar desde lo filosófico, no pareciera que haya habido un plan previo de lo que se quería filmar –pese a que posiblemente lo hubiera-, ni parece haberlo del todo con respecto al montaje; técnicamente es prolijo, sí, pero da la sensación de que no hay una verdadera seguridad con respecto a lo que se quiere contar o transmitir.

No soy de la idea de que para hacer un buen documental autobiográfico –o un autorretrato, o un diario audiovisual- uno tenga que haber vivido una vida particularmente trágica o particularmente increíble y exponerla como tal; toda historia es válida como relato en tanto sea auténtica y genere cierta empatía o cierto efecto en especial, sea cual fuere. Indudablemente esa intención está en El presente (no existe), pero se ve opacada por la confusión que surge al intentar encontrar la manera de contarlo. Hay un encierro que se siente desde lo visual hasta la repetición de las mismas dos o tres frases en over a lo largo de toda la película que podría haber sido explotado muchísimo más, en el sentido en que la autora se coloca frente al pasado y al presente casi como una misma cosa. Y hay que rescatar la paradójica sinceridad que existe en haber colocado a los personajes diciendo que no eran actores ni querían serlo. Hay algo ahí sobre la aceptación de la vanidad y el narcisismo que encierra toda obra de arte que se hace evidente cuando se intenta inducir a otros a contribuir a contar la historia de uno. Si uno pretende aparecer en su propia individualidad como objeto de la creación artística, ¿por qué no irían a pretenderlo también los demás?

Me quedo con ganas de revisar otros trabajos en video de Klaudia Kemper para despejar la decepción de haber creído que me encontraba frente a un fenómeno que me parece importantísimo, el de una persona que decide colocar una cámara frente a sí para enfrentarse al mundo y a sí mismo, para terminar encontrándome con una artista de trayectoria que parece no haber hallado la forma de elaborar algo –no obstante- tan doloroso como la fuerza ambigua que ejercen el tiempo y la distancia sobre las relaciones humanas. Tal vez el afirmar de forma tan tajante que el presente no existe impide una reconstrucción sincera del pasado, entendiéndolo como un manto que se cierne ininterrumpidamente sobre nosotros, creciendo siempre el peso que nos coloca encima y creciendo, a la vez, la necesidad insuperable de reinterpretarlo todo el tiempo.


 

Eduardo Savino

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El presente (no existe)