Me subo a un tren. El padre (2016), de Mariana Arruti

Rocio Molina Biasone 22 - Septiembre - 2016 Textos

 

Mariana nos da la espalda. Su rostro escapa nuestra percepción, se esconde de nosotros. ¿Será que así se percibe, en parte, a ella misma? ¿Oculta?

La identidad de una misma es el Santo Grial que toda persona pensante, reflexiva, consciente de sí, y que haya vivido durante el último medio siglo, ha salido, tarde o temprano, a buscar sin descanso. Es posible que no sea un interés inmediato para muchos, que las preguntas sobre nuestros orígenes no surjan hasta que algo llega para agrietar aquello que creíamos saber.

Para Mariana, la muerte de su padre, y su padre mismo, fueron enigmas que la acompañaron de forma fantasmal a lo largo de su vida. Enigmas que se acompañan de mil preguntas sin responder, o siquiera formuladas hasta su edad adulta: ¿cómo murió papá? ¿Fue un accidente? ¿Fue un suicidio? ¿Fue algo más? Como tantos cineastas han hecho ya, Mariana recurre a su arte para contestar esto, arte que presupone espectadores y testigos, para que así tal vez su identidad ya no quede en la sombra, para ya no pueda dársele la espalda a quién fue Juan Arruti.
Si vemos la película sin información mayor sobre su caso particular, si no conocemos la historia de antemano, se puede apreciar el nivel de tensión y suspenso que Mariana va construyendo desde un principio. Cómo espectadores, nos da la bienvenida dentro del mismo grado de saber que ella manejaba de niña, para luego ir arrojando informaciones, pistas, datos, inconsistencias, como aquellos que la directora fue recibiendo a lo largo de su vida, hasta que la pregunta se hizo inevitable: ¿quiénes mataron a mi padre y por qué?

Puede sorprender, que tanto tiempo se haya callado la verdad de una muerte sucedida en un contexto que, a nuestro inocente parecer, habría desaparecido con la vuelta de la democracia en Argentina. Pero el relato de Arruti muestra con claridad cómo y qué tan fácil es deconstruir un hecho, un evento, o una identidad misma. Enseña que no se requiere mucho más que miedo, intimidación y respuestas confusas para suspender el conocimiento de verdades por un tiempo largo.

La confusión de su tío, la mano manipuladora de los colegas ingenieros de su madre, el ciego dolor de esta misma, el miedo de la trabajadora doméstica que cuidó a Mariana, el alejamiento familiar de todas las relaciones de militancia que habían hecho de Juan un indeseable para las autoridades, y una innumerable cantidad de factores más hicieron posible que nadie en el entorno de Juan saliera a cuestionar lo absurdo de que un hombre  como él muriera atropellado por un tren… por “distracción”.

La atmósfera siniestra que se construye desde el inicio del film — siniestra en cuanto lo familiar, lo cercano a uno, es mirado con un velo de distorsión, es sacado de contexto y mirado con ojos que perciben un horror escondido allí — se desvanece hacia el final para dar lugar a otra cara de la reconstrucción de quién fue Juan Arruti. Un hijo entre diez criados por una madre sola en condiciones de pobreza, un militante comunista, un personaje querido por todo su entorno, este fue el padre que Mariana nunca llegó a conocer verdaderamente. Ella decide romper la distancia que la muerte de Juan generó entre ella y los Arruti, para que no todo sea investigación de una muerte, sino también homenaje y reconocimiento de una vida.

Mariana se sube a un tren. Imaginamos que ha estado postergando subirse desde hace tiempo, pero es un viaje que se merece y que no puede ser evitado. Ese tren puede presentarse como muerte, pero también como una conexión, entre informaciones y verdades; o una reunión, que hace mucho debería haber sucedido, para reparar un vínculo, que nadie tenía el derecho de romper.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

El padre