“No nos pueden arrebatar la empatía”. El motoarrebatador (2018) de Agustín Toscano

Rocio Molina Biasone 9 - Junio - 2018 Textos

 

Las artes narrativas se construyen a partir de múltiples elementos, pero uno que no puede faltar es la empatía. Esté o no uno de acuerdo con las acciones y las ideologías de los personajes principales de una ficción cinematográfica —o literaria, o dramática—, la empatía debe estar, ese reconocimiento de uno mismo en otro, a través de los sentimientos compartidos, si no de las adversidades que enfrentan. Hasta un buen villano, en la narrativa moderna, tiende a generar cierta empatía. Y es por esto que la mayoría de los guiones, sean cual fueren sus temas, tienden a optar por personajes que —por más complejidad que ostenten— no le resulten “polémicos” al espectador, y así no arriesgarse a una pérdida de empatía por parte de esos.

La mayor parte de las películas, de esta forma, terminan teniendo un héroe y un antagonista, cuya categorización —por más defectos que posea el primero, o virtudes el segundo— termina actuándose sin dificultad alguna. Miguel, el protagonista de El motoarrebatador, no se deja atrapar tan fácil por estas definiciones. Agustín Toscano apostó a construir una historia en la cual el héroe, en su connotación de rol protagónico, pertenece a un grupo de individuos de la vida real que —si le preguntáramos al ciudadano promedio por la calle— posiblemente estén entre los más odiados de nuestra sociedad: el ladrón que roba con toda la velocidad que su motocicleta le permite.


En un arrebato casi filantrópico, esta película va en contra la tendencia natural y social contempóranea de pensar que los “motochorros” son poco más que demonios sin conciencia, hombres sin humanidad o piedad. Tendencia que nos hace olvidar de que, por más odio que genere, el que roba en moto no deja de ser otra consecuencia más de un país con profunda desigualdad económica, además de ser humano, demasiado humano. Miguel hace lo que hace por el beneficio económico, porque es más lo que puede conseguir así, o en saqueos, que en el tipo de trabajo promedio que podría llegar a conseguir. Porque tiene un hijo, a quien adora.
Pero el guión no cae jamás en la inocencia de verlo como una pura víctima, pues pese a todo, Miguel sigue siendo el victimario de un hecho en particular. De eso no puede escapar, no lo puede borrar, por más que intente compensarlo ayudando a quien lastimó. La lógica en El motoarrebatador no es una religiosa: nadie busca el perdón divino, no hay héroe que se eleve en su accionar, ni antagonista que sea vencido, y la víctima tampoco logra sernos enteramente simpática.
A medida que Miguel y Elena interactúan, generan un vínculo, y se muestran por quiénes son, qué los mueve, cómo actúan, las líneas entre el criminal y la inocente se borran, pues por momentos nuestra simpatía va hacia el primero, pero luego sentimos pena por ella. Si para lograr la empatía tuviéramos que valernos de que lxs protagonistas sean todxs “buenas personas”, quedarían pocas historias por contar que tuvieran algo que ver con este mundo en el que vivimos. No es necesario saber que en esta película haya perdón, o redención, o catarsis, porque esta película se trata de personas, y de cómo estas pueden ser capaces de causar tanto daño como bienestar, y de hacer lo impensable, para el mal, o para el bien.

Rocio Molina Biasone

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El motoarrebatador