La dura lucha por sobrevivir. El invierno (2016), de Emiliano Torres

Carla Leonardi 23 - Octubre - 2016 Textos

 

Premiada en el Festival Internacional de San Sebastián y en el Festival Internacional de Biarritz (1) “El invierno” (2016) es una película fascinante que no defrauda y que realmente está a la altura de los premios obtenidos. La película está dirigida por el argentino Emiliano Torres, que tiene un interesante recorrido como asistente de dirección (2) que da cuenta de la madurez y solidez cinematográfica que ha logrado alcanzar en esta película, pese a ser su opera prima.
El director acierta al hibridar el drama social con el western y el suspenso. En su estructura narrativa, la película tiene un desarrollo en dos ciclos determinados por las estaciones del año y por los cambios en las posiciones de los personajes. En la primera parte se irá forjando la tensa relación que existirá en la pareja protagónica hasta que se bifurquen sus caminos y en la segunda parte se desarrollará el reencuentro entre ambos y las consecuencias del mismo.
La película comienza con un sonido mezcla de vendaval y aire siniestro que acompaña a los nombre de los actores. El título tiene una tipografía clásica en letras blancas sobre un fondo oscuro. Y en sí mismo posee una fuerte carga lírica y simbólica que puede remitir a la época del año concreta en que se desatará en la ficción la tragedia en cuestión, al momento del ocaso de una vida en tanto “invierno de la vida”, y a la desolación y el desamparo en que se encontrarán los personajes frente a los embates del capitalismo salvaje.
El comienzo de la película es rupturista, en tanto inicia con un plano detalle del tronco de un hombre de espaldas vestido con una campera de color verde, a la vez que la cámara en mano lo acompaña en su andar por el campo dirigiéndose hacia la cucha de los perros para alimentarlos. No se nos muestra de entrada de quién se trata, ni dónde se encuentra. Luego el plano general acompañado de un paneo, dará cuenta de que se trata de un hombre mayor que realiza sus tareas en el vasto campo de una estancia situada en un valle aledaño a la cordillera de la Patagonia argentina.
Este comienzo tiene la función de identificar a Evans (Alejandro Sieveking), el capataz y cuidador de la estancia, a quien veremos realizar sus tareas en soledad y aislamiento respecto de la sociedad, aunque acompañado de su perro, también viejo y cansado como él. Evans es un hombre a quien la dura vida de trabajo que realiza desde hace muchos años forjó con un carácter rudo y ríspido.
Llegada la temporada estival, arribará a la estancia un grupo de peones, provenientes de otras provincias del país, para realizar el arreo y esquila de las ovejas. De entre los peones, se destacará un joven proveniente de Corrientes cuya hermana realiza tareas de limpieza en la casa del patrón en Buenos Aires. Su nombre es Jara (Cristian Salguero) y llega sin traer un colchón, dispuesto a dormir en cualquier parte. Esto ya lo caracteriza con una actitud de desafío e irreverencia. La puesta en escena ya une desde el primer encuentro a Jara con Evans en un vínculo porque ambos usan una campera de color verde. Esta relación se irá construyendo sutilmente a partir del cruce de miradas recelosas que se irán dando entre ambos.
Las imágenes en sus planos generales destacan siempre por su bella fotografía. En la primera parte de la película las imágenes asumen una perspectiva realista o naturalista. Es que “El invierno” si bien es una ficción, por momentos se acerca al registro documental que pinta la estructura social estratificada en distintos estamentos y el interjuego de relaciones de poder que se da entre ellos en la vida del campo en la Patagonia. En esta línea de retrato social de los trabajadores temporarios precarizados de la Patagonia, la película puede ser puesta en relación con el documental argentino “Arreo” (Tato Moreno, 2015) que tiene como protagonista a una familia de arrieros de la provincia de Mendoza.
En la segunda parte, en cambio, las imágenes se cargarán de contenido lírico, recortando en ciertos planos detalle, símbolos que anticipan lo que vendrá, o bien infundiendo dramatismo a las escenas al brindar una atmósfera de desolación, aspereza y crueldad.
La lógica de la función de las imágenes en cada una de las partes se mantendrá con relación al sonido que las acompaña. El director trabaja el sonido, seleccionando del conjunto de voces, aquellas que se destacarán, mientras que otras permanecerán como murmullo ambiental. En la primera parte tendrá preponderancia un realismo sonoro determinado por los sonidos del ambiente laboral y natural; mientras que en la segunda parte predominará la música incidental que acompaña a las imágenes creando un clima perturbador y de suspenso.
Terminada la temporada laboral de la esquila, los peones regresarán a sus lugares de origen y cobrará un papel central el dueño de la estancia (Pablo Cedrón), quien desde el confort de su hogar, comunicará a Evans que prescindirá de sus servicios debido a su edad. Esta situación se preanunciaba en la conversación durante el fogón donde se mencionaba que el perro de Evans estaba muy viejo y que se temía que se quedara en el camino. La noticia significará un golpe duro para Evans. A su edad, tener que abandonar la humilde casa en la que durante tantos años habitó como casero y capataz del campo, implicará quedarse sin una razón de ser y sin un futuro posible.
Evans hará una visita a su hija Laura (Mara Bestelli) y su familia en el pueblo. La situación económica de la familia de Laura es endeble, pues trabajan a temporada en la mina o embarcados en la pesca. Habrá tensión entre Evans y su hija. Se deduce que no se ven desde hace tiempo. El encuentro será afectivamente distante. No habrá un acogimiento cálido de Laura hacia su padre, se nota que abriga rencores para con él. Llegado a un punto muerto en su vida, como ese barco oxidado encallado al que se aferrará en la playa en estado de embriaguez, Evans sentirá que ya nada tiene valor y que no tiene nada que perder.
Mientras tanto, Jara ocupará el puesto de capataz de la estancia y ocultará que tiene una familia con una mujer embarazada y un hijo de edad escolar, de la cual quedará desarraigado.
Poco a poco la atmosfera irá enrareciéndose cada vez más, a la vez que irá aumentando el suspenso. Habrá detalles que comenzarán a cargar el ambiente de un aire siniestro: el caballito de madera que Jara talló para su hijo, aparecerá en el suelo con una pata rota; o los planos de Jara detrás de ventanas de vidrio repartido donde se marca la cruz; como señales de una tragedia inminente.
La entrada en la segunda parte está puntuada por la llegada del invierno. Así vemos a Jara tomado de espaldas con cámara en mano. Viste una campera de color verde y camina con paso cansado hacia la cucha de los perros para alimentarlos, como al comienzo habíamos visto a Evans. Esta escena puntúa el comienzo de un nuevo ciclo estacional y de un nuevo ciclo laboral. Ahora queda claramente identificado Jara con la figura del capataz, y en cierto modo se plantea una mímesis con Evans. Por la naturaleza misma de su función de cuidador, llevada además a cabo en condiciones de soledad y aislamiento, Jara se irá transformando en un hombre rudo y desconfiado como lo era Evans. Estará dispuesto a defender con uñas y dientes ese puesto que supone la posibilidad de brindarle una mejor situación económica a su familia.
En adelante veremos a Jara llevar un impermeable de color azul, y la noche en la estancia teñirse con un filtro color azul. Estos signos en color azul puntúan lo que podemos leer como la entrada en la locura del personaje de Jara. Se le cortará la luz, desaparecerán los perros, irrumpirán en su vivienda destruyendo casi todo, encontrará herido un caballo, y su paranoia irá en aumento. En este punto, la película puede relacionarse con “El resplandor” (The shining”, 1980, Stanley Kubrick), donde Jack Torrance (Jack Nicholson) en tanto cuidador durante el invierno del hotel del alta montaña, se veía psíquicamente afectado a partir de las condiciones de aislamiento social.
Finalmente se dará un enfrentamiento cuerpo a cuerpo entre Evans y Jara, en el contexto de un plano general donde ellos se verán pequeños y aislados frente a la crudeza de la blancura de la nieve invernal del paisaje. Esta lucha tiene distintas resonancias. Puede leerse como lucha generacional; o como el triunfo de la ley del más fuerte en la despiadada lucha por la supervivencia que instala el sistema capitalista en tanto hay dos hombres para un solo puesto. También puede leerse en clave edípica. En esta última lectura, el atravesamiento de la rivalidad con el padre en el complejo de Edipo supondría matar simbólicamente al padre y adoptar sus insignias para poder acceder a una mujer y labrarse el propio camino. Pero cuando el padre no está dispuesto a ceder su lugar e insiste en permanecer en tanto vivo, retornará como un muerto vivo, o como un espectro como el Padre de Hamlet; y el hijo se verá conducido a esa suerte de encerrona trágica donde el único camino posible es la muerte real de alguno de los dos.
“El invierno” es una película que tiene la virtud de visibilizar la problemática de precarización laboral de los peones rurales de nuestro país y de hacerlo con sutileza, sin caer en subrayados ni en alegatos morales. Se destaca además por la solvencia de su elenco actoral, capaz de transmitir el sentir de los personajes mediante tenues gestos o acciones. Y también por su fotografía, que es muy bella por cierto, pero que no está utilizada solamente con fines estéticos, sino que esta estética, aportando el clima despiadado y cruel del invierno, hace que el paisaje cobre un matiz simbólico y que se vuelva un protagonista en sí mismo. En suma, “El invierno” es una película que deja vibrando múltiples resonancias y sitúa a Emiliano Torres como un director al cual tener en cuenta y no perderle pisada en sus próximos trabajos.

•1 Festival internacional de San Sebastián: Mejor Fotografía y Premio especial del jurado.
Festival Internacional de Biarritz: Mejor actor (Alejandro Sieveking)

•2 Asistente de dirección en: “Moebius” (1996), “Garage Olimpo” (1999), “Whisky romeo zulu”, (2004), “Verdades verdaderas, la vida de Estela” (2011), entre otras.

Carla Leonardi

carlaleonardi@caligari.com.ar

El invierno