“La dependencia de las formas”. El encuentro de Guayaquil (2016) de Nicolas Capelli

Rocio Molina Biasone 11 - Julio - 2016 Textos

 

El sábado 9 de julio de 2016, se celebró en Argentina el bicentenario de nuestra Independencia de España. Sin embargo, desde las redes sociales hasta varias manifestaciones artísticas, se difundía el cuestionamiento de esta misma noción. ¿Independientes de qué? ¿De quién? ¿Qué nación puede hablar de Independencia en un mundo cuya economía y política dependen necesariamente de la voluntad de las naciones más poderosas?

Desde la década de los noventa, el cine de argumento histórico/épico no se realizaba con mucha frecuencia en Argentina. En los últimos años, el renovado interés por aquellos hitos que circundaron el nacimiento y la consolidación de nuestra nación se fue reflejando en la producción cinematográfica y televisiva.

Con El encuentro de Guayaquil, adaptación cinematográfica de la obra de Pacho O’Donnell, me pregunté si no era prudente extender aquel cuestionamiento sobre el verdadero alcance de nuestra independencia hacia el cine mismo.

No me interesa hacer “evaluaciones” o críticas negativas de películas, en cuanto creo que mi opinión es sólo eso, mi opinión, mi punto de vista, mi experiencia con la película y para nada pienso que allí donde yo veo puntos fallidos, todo el mundo los perciba de esta forma. El cine, como cualquier experiencia, arte, doctrina, es siempre, en parte, un experimento. Una película es un proyecto único, y a la vez no tanto, porque toda película establece un diálogo con aquellas hechas antes, y aquellas que se harán después, ya sea dentro de un género, de un argumento, o de una estética. Y es por eso que, lejos de lo que se cree, cuantos más aproximaciones ha habido respecto al personaje o tema que una película toma, más posibilidades tiene ésta de atinar en su tratamiento, pues el “a prueba y error” del cine anterior, sirve para llegar más lejos en el cine actual.

Creo que esta es una buena forma de explicar por qué ciertos aspectos de la película la hacen más sólida, y por qué otros la corroen. Por ejemplo, ya sea por calidad de interpretación como por los diálogos que les corresponden, Bolívar (Anderson Ballesteros) y San Martín (Pablo Echarri) son de los pocos personajes que mantienen su credibilidad e interés a lo largo del film. Y la razón de esto tal vez sea que ya han sido representados múltiples veces en el cine argentino. No se necesitan referencias de otras artes o de cines de otros países para construirlos.

Pero la película no logra “independizarse” en varios aspectos, como respecto al teatro: la película parece indecisa al intentar respetar esos diálogos tan típicos de la lógica teatral, pero tan antinaturales para el cine. Tampoco es algo raro en el cine argentino que los discursos de los personajes parezcan traducciones de los típicos monólogos inspiracionales y épicos del cine hollywoodense. En una adaptación hay que tener en cuenta que la fidelidad es imposible, porque el formato será radicalmente diferente, y por ello, a menos que lo que se busque es una especie de “teatro filmado”, en el pasaje del teatro al cine, diálogos, actuaciones, construcción de escenas, deben quedar sujetas a cambios.

Y sobre todo si tenemos en cuenta que a nivel de fotografía parece buscarse todo lo contrario: primeros planos y cámara en mano más que evidente, reflejan una voluntad de la película de gritarnos “¡soy cine, no teatro!”. En lo personal, presiento que una estética semejante que pretende dar naturalismo, más bien lo quita, pues se hace tremendamente difícil absorber una escena mientras la cámara salta sin necesidad alguna.

Por demás, hay un detalle que a me impacta personalmente, porque este tipo de elecciones de casting constituyen la gran hipocresía del cine que se basa en hechos y personajes históricos: hablo de poner a la actriz caucásica Eva De Dominici a hacer de la criada Jesusa, una mujer mulata que habría sido amante de San Martín. ¿De qué independencia podemos hablar si insistimos con pasarle una mano de blanqueador a la historia, cada vez que la mostramos en una pantalla? ¿De qué pueblos libres hablamos, si no nos podemos tomar la molestia de contratar a una actriz negra para interpretar a una mujer negra, para un rol que ni siquiera debería requiere un nombre notorio?

Cabe destacar, más allá de todo, el aspecto más interesante que tiene la película, aspecto que caracteriza el guión adaptado de la obra de O’Donnell: aquella manera en que el filtro de “heroicidad” con el que solemos representar a próceres, se destruye. Personajes defectuosos ya sea en su físico, como en sus costumbres. Personajes con debilidades, delirios de grandeza, e ideologías cuestionables. Personajes humanos, como todos aquellos que lograron y logran provocar los grandes quiebres en la historia nacional, así como mundial.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

El encuentro de Guayaquil