Los penitentes del fin del mundo. El club (2015) de Pablo Larraín

Francisco Caparros 22 - Marzo - 2016 Textos

 

"El Club" de Pablo Larrain es una película sobre la culpa y remordimiento y como estas influyen en nuestras vidas. Centradas en la historia de un grupo de curas que habitan una casa en la costa chilena, el film comienza de manera lenta y fría. Aunque actúen con normalidad y parezca un destino de descanso en realidad estamos viendo una casa de retiro. Una cárcel en donde sus habitantes deben purgar por distintos delitos y que por ello la Iglesia chilena decide esconderlos. En un contexto internacional con tantos trabajos centrados en los crímenes de la Iglesia alrededor del mundo, Larrain cambia el foco y lo adelanta temporalmente a lo que sucede mucho después, en el momento en que la institución elude entregar a sus pecadores a la justicia mundana. Lo vital es adivinar los engranajes por los que la Iglesia esconde sus fallas en pos de su supervivencia. 

Todo comienza con la pantalla negra. De pronto una frase de Génesis aparece tímidamente en un costado "Y de pronto vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas" La frase no es arbitraria porque de inmediato se traza una línea clara entre el bien y el mal. Dos fuerzas opuestas que nunca se cruzan y que se encuentran en abierta pelea. Pero si debe elegir una de ellas el director se decanta claramente por las tinieblas. El Club es un relato sobre las tinieblas como hábitat del mal, sobre la oscuridad de las personas que han cometido un pecado imperdonable y no encuentran la tranquilidad y el perdón.

Esas tinieblas también son exteriores empezando por la imagen en donde predomina una bruma constante que obstaculiza la visión clara de la película. Nos cuesta ver lo que sucede y todo es presentado como a través de múltiples lentes que distorsionan la realidad. Las escenas están ubicadas en mayor medida en el atardecer o la noche mostrando personajes constantemente en sombras. Entre la oscuridad de los contraluces adivinamos pequeños gestos de personajes que se ocultan en sus miedos y sus vergüenzas.

Desde las primeras escenas sabemos que ellos deben comportarse como si no existieran. El precio de su pecado se paga con la invisibilidad. No deben salir al pueblo, no deben comunicarse con el exterior, no deben divertirse. Las prohibiciones constantes como la única forma de vivir a la espera de que tras el paso por la tierra llegue la verdadera justicia, la eterna. Estar sin ser detectados, viviendo con la constante espera de que Dios los absuelva de sus errores.

Porque lo que El Club muestra no son hombres aferrados a la Fe sino hombres normales dominados por el miedo. Su forma de vida y su supervivencia son amenazadas y existe la sombra latente de un futuro aún más negro. Es así que los protagonistas reaccionan de la peor manera posible exhibiendo lo más bajo de la naturaleza humana, la "mierda" que uno de los curas ve constantemente los lleva a actuar como animales heridos. Actúan sin medir las consecuencias y luchan de la manera más ruin por su forma de vida. No son hombres puros regidos por las enseñanzas de la Biblia sino seres mezquinos y oscuros capaces de lo peor para cumplir sus objetivos.

El camino fácil en este tipo de películas hubiera sido un guion moralizante y lleno de golpes bajos pero "El Club" por otra parte transita en el sentido opuesto. Los crímenes son casi esbozados en pocas escenas y son contados más como una forma de descripción de los personajes que como una denuncia social. Sorprende también que en el guion abunden pinceladas de humor negro y corrosivo entre tanta asepsia, pero es quizás la única forma de soportar para estos protagonistas tanta podredumbre y miseria de un ambiente tan hostil. 

Por ultimo ese ambiente es también central en la creación del carácter de la película ya que la naturaleza es también uno de los grandes protagonistas de manera no intencional. Es así que la casa, ubicada en algún lugar del litoral patagónico chileno, se muestra aislada por un entorno caprichoso y adverso. Mares revueltos, vientos fuertes, playas desiertas, un frío glaciar que traspasa las imágenes y las nubes presentes en casi todos los planos crean un ambiente distante y gélido que influye a los prisioneros. Es así que la Patagonia aumenta esa sensación de penitencia que los personajes están condenados a soportar.

Lo que nos deje Larrain en su película no es solo la sensación de soledad sino el pesimismo de saber que el mal no se ve en formas absolutas. El villano no es un monstruo sino también un hombre común y corriente como cualquier vecino. Ellos son tan pobres que en ningún momento comprenden y aceptan sus crímenes y creen en cierta forma perversa que existe una justificación a sus actos. Encerrados en una rutina mínima han tenido el tiempo suficiente de practicar una y otra vez sus mentiras para quien quiera escucharla y allí radica lo perverso ya que ningún momento se cae en la caricatura del villano. Porque lo más triste es que lo que vemos son solo pecadores encerrados en el limbo en espera de pagar por los errores que nunca creyeron cometer.

Francisco Caparros

francaparros@caligari.com.ar

El club