Adiós a Marx. El capital (2018), de Alejandro Gamio

Eduardo Savino 16 - Mayo - 2018 -Foco: 5º Construir Cine: festival internacional de cine sobre el trabajo.

 

El capitalismo está probablemente en su mejor momento. Los cuestionamientos al sistema establecido son cada vez más gradualistas; de alguna forma, todo movimiento progresista encierra secretamente la misma premisa: hay que aceptar el capitalismo y la imposibilidad de transformarlo de raíz. Hay que tratar de cambiarlo tomándolo como regla del juego. Hasta la izquierda argentina, que se para discursivamente en un lugar aparentemente más revolucionario, tiene que salir a pelear por su lugar en el terreno de la democracia burguesa.
            Cuando pensamos cine y marxismo, se vienen inmediatamente a la cabeza nombres como Godard, Eisenstein, Glauber Rocha: cineastas que buscaban integrar procedimientos formales y contenido ideológico en una especie de síntesis superadora que se enfrentara a la cultura dominante. Una búsqueda similar era la de Brecht con el teatro épico. La idea de generar un espectador consciente de los artificios del artista era el objetivo de aquellas estéticas. El Capital (2018), de Martín Alejandro Gamio, se inserta en la serie de cine sobre marxismo a nivel del argumento, pero mantiene una mirada clásica en cuanto al abordaje formal.
            El director elige trabajar el marxismo dentro de una estructura de género y esto, sin dudas, es un movimiento interesante: los géneros funcionan como la expresión cultural del autoritarismo del mercado. Definen una determinada estructura, una limitada gama de recursos y un espectador específico. Pero trabajar con un género supone un doble problema: por un lado, conocer sus recursos y utilizarlos con precisión para no caer en el mal gusto y, por otro, encontrar dentro de la armazón genérica una vía para imponer un estilo propio. Gamio logra perfectamente lo primero. Selecciona motivos visuales y sonoros -el gato dorado del barrio chino, los libros y el dinero como acumulación, una sopa Maruchan- para ir construyendo de a poquito, desde el principio, un hilo que se enciende como una mecha y que termina por explotar cuando el protagonista, un profesor de Filosofía en Puan que se obsesiona con una nueva edición de El Capital, toma un paseo onírico por un supermercado que tiene todo lo que hierve en su cabeza: libros, ofertas, gatos chinos, la inalcanzable edición importada de la obra en la que se especializa.
            La forma en que se construye esta escena recuerda a la de The Tenant (Roman Polanski, 1976) en donde el personaje, completamente paranoico, mira por la ventana una pelota que sube y baja y que, por medio del corte, se transforma en su propia cabeza. Acá no se utiliza corte, sino un suave movimiento de cámara: el personaje agarra una sopa instantánea, la cámara sube un poco y deja solo la cara del personaje en cuadro. Cuando la cámara vuelve a bajar, lo que tiene en sus manos es Ética, la obra de Aristóteles. Un gesto simbólico que habla sobre el conflicto del protagonista, que siente celos de un alumno mejor posicionado económicamente a quien le regalaron los codiciados tres tomos de la edición importada de El Capital. La película trabaja irónicamente el problema del valor mostrando cómo la filosofía deviene también objeto de consumo. La materialidad del texto de Marx pasa a un segundo plano mientras que el libro que el profesor no puede comprar toma protagonismo. Todo lo contrario a lo que sucedía, por ejemplo, en La chinoise (Jean-Luc Godard, 1967), donde los militantes tenían incontables copias del libro rojo de Mao para repartir a quien fuera. En ese caso, el libro era un vehículo para transmitir el pensamiento maoísta y no un objeto con valor económico.
            Hay algunas cuestiones de representación con respecto a cómo es una clase en la universidad que son un poco inverosímiles (ningún profesor hace cuadros sinópticos en el pizarrón antes de que lleguen los alumnos y, mucho menos, se queda después de clase pasando el borrador), pero son perdonables en función de la trama y, como mencionamos, la elección del género.
            Definitivamente, la representación de las ideologías revolucionarias del siglo XX cambió mucho. Esta película es un buen ejemplo de eso. La obra cumbre de Marx queda posicionada como objeto de colección y, al mismo tiempo, su contenido parece estar condenado a habitar el espacio que corresponde a la utopías. El capitalismo y la industria cultural, como hacen con todo lo que nace como oposición al sistema, terminaron por adoptarlo y transformarlo en una mercancía inofensiva.

Eduardo Savino

eduardosavino@caligari.com.ar

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