El diálogo sobre la mesa. El azote (2017), de José Celestino Campusano

Juan Pablo Barbero 5 - Julio - 2018 Textos

 

Campusano toma la precaución de estar siempre presente en los festivales más importantes del país, ya se ganó su lugar definitivo tanto en Mar del Plata como en Bafici, donde estrenó su coproducción brasilera llamada Cícero impune demostrando que el cine bruto no es cosa de idiomas y mucho menos de banderas. Su segundo estreno de este año se llama El Azote, película que inmediatamente nos conduce a otros títulos de su filmografía, por un lado, Al sacrificio de Nehuén Puyelli por ser filmada en la Patagonia argentina. En menos de un año podemos trazar una línea en el mapa que recorre de punta a punta los escenarios de sus películas. Por otro lado también nos lleva a sus primeras películas porque el protagonista nos recuerda mucho a los personajes que suele utilizar el director para sus historias, como si varias de estas estén contando al mismo personaje, pero en otros cuerpos. Lo narrado en el conurbano bonaerense como en Vikingo o en Fango, se parece a lo que enfrenta  Puyelli o Carlos; los conflictos sociales son fuertes en todos lados y los personajes de su filmografía intentan combatirlos desde el lugar en el que se encuentran, ya sea un centro de atención o una motocicleta. Esto es algo que los acerca, su ojo solidario, pero también el heavy metal siempre está presente, aunque de esta se intenta escapar… pero no puede.
 El azote tiene como protagonista esta vez a un asistente social que trabaja en un centro donde el mayor conflicto no son sólo los que residen ahí en necesidad de ayuda; sino el entorno que finge estar para ayudar pero la mentira se desmantela a la hora de trabajar: la policía que usa su fuerza física para accionar, mientras que sus colegas ejercen hipocresía en vez de profesión. Los personajes de Campusano siempre están rodeados de un enemigo mucho más grande que los amenaza constantemente y son las instituciones. En “El azote” esto se vuelve mucho más radical. Los enfrentamientos ya no son una cuestión barrial, sino una eterna lucha de clases donde el marginado no es solamente discriminado, sino también utilizado para conveniencias de un sistema que los excede. La burocracia es un problema más violento que un tiroteo porque morís lento.
 La película tiene un par de temas que se empiezan a vincular. El misticismo es algo que también está presente, Carlos tiene una lucha interna con su creencia que va para un lado pero la realidad para otra. Su madre está enferma y ve los fantasmas de la sociedad, Carlos es un hombre racional pero se da cuenta que de todo en la vida se debe desconfiar. A Campusano le gusta trazar estas líneas entre las cuestiones para meter todo en la misma bolsa, hacer dialogar a la corrupción burocrática en la misma escala que preguntas sobre la fe. Los personajes están puestos donde deben estar para generar nuevos interrogantes, está la madre por un lado que habla de presencias en la casa, mientras también está una chica muy religiosa que llega para colaborar en el centro. Las posturas se ponen en diálogo y el espectador se queda con cada una y su choque en charlas de mesa. Campusano no da respuestas, sino que hace de cada personaje un dibujo de una postura y la película está llena de elementos que se pueden utilizar para debatir.
 El ojo siempre está puesto en la denuncia, de eso se encarga el cine bruto, ver una sola película de Campusano no te hace entender la maquinaria. Es de esos directores contemporáneos que es necesario hacerlos debatir con el resto del cine que se está haciendo, pero con su filmografía completa, ver cómo Campusano se dispuso a tratar varios temas de la actualidad sin entrar en ensayos teóricos, sino utilizar la ficción como arma de la realidad.

Juan Pablo Barbero

juampabarbero@caligari.com.ar

El azote