Una cuestión de pieles. Eastern Boys (2013), de Robin Campillo

Juan Pablo Barbero 3 - Noviembre - 2017 Textos Foco: 4to Asterisco Festival Internacional de Cine LGBTIQ.

 

Algo que aprendimos gracias al cine y no al noticiero, es aquella fuerte impronta en la división de la sociedad francesa. Mientras se siembra la idea siempre del otro en los actos cotidianos del día a través de una discriminación que pasa desapercibida, hay muchas películas francesas que remarcan esta idea de la mirada occidental sobre el oriente, algunas de Bruno Dumont, por ejemplo, quien se encargó de contar aquella fría tensión contemporánea haciendo una denuncia con el arma de la ficción que es la realidad. Pero en esta película, Eastern Boys, es algo diferente geográficamente, porque se achica un poco más el mapa, sin salir tema de la inmigración. Los chicos del Este vienen de todos lados, el protagonista de la pandilla es ucraniano pero muchos otros son rusos. Es la parte de Europa oriental en occidente; el énfasis en el otro es más leve porque no hay discriminación en cuanto a temas raciales o religiosos, que son los planteados por Dumont. Acá Robin Campillo, en esta película desmantela que la eterna diferencia de uno y otro es una cuestión capitalista donde los objetos y los cuerpos parecen tener la misma importancia y el mismo destino.

 Los chicos del Este vagan por la estación de trenes mientras lo sigue una cámara que imita a la de vigilancia. Los chicos deambulan y se entremezclan entre la gente y miran a los ojos firmemente, no para intimidar, sino más bien para conquistar. Se mueven de a muchos, como una pequeña masa política donde los puntos están perfectamente distribuidos en escalas de poder. Ellos no tienen la ley de un país, por eso tienen sus leyes propias. Se respetan por miedo entre ellos y el enfrentamiento con el otro es un cliente al que hay que engañar, para dominar, aunque sea por una pequeña fiesta y demostrar como las escalas sociales se reinvierten de acuerdo al espacio. En cualquier momento los que eran pocos pueden pasar a ser muchos y viceversa. Las historias van pasando en distintos espacios y cuando se regresa parecen no ser los mismos: la casa pasa de estar llena a vacía, para luego irla llenando otra vez; el hotel está lleno de gente y lleno de cosas porque las cosas y la gente vienen en el mismo paquete; en la estación todo se pierde y es como la jungla que hay que sobrevivir, hablando bajo escaleras, buscando trincheras como en una guerra que cada uno pelea a su manera. Lo interesante es cómo se manejan los personajes en los distintos espacios, cómo manejan el idioma y cómo todo puede ser un entramado para que cualquier desvío del destino pueda ayudar a escapar de lo que se tiene. Como si un inmigrante estuviera todo el tiempo en peligro y tiene que escapar ya que hay una eterna denuncia social.

 Las relaciones se empiezan a entremezclar y dos partes heterogéneas empiezan a entrecruzarse, uno de los jóvenes con un hombre de cincuenta años, al principio es una relación de clientela, donde el hombre le paga por sus servicios. Le da cincuenta euros por visita y después hasta lo quiere poner a trabajar en blanco ofreciéndole un salario por mes. Lo que parece una charla de oficina, es arriba de una cama, pero ambas partes del poder económico están presentes también en el sexo. Lo que parece una cuestión de pieles, es una cuestión de poderes, pero el muro no permanece intacto en lo que puede redundarse en prostitución; sino que las grietas empiezan a darle lugar a que las cosas se mezclen y lo que empezó con sexo muy frío pasó a recibir el calor de un abrazo familiar. La relación entre ambos personajes se vuelve algo más de paternidad y la figura mayor desea oír lo que le está pasando al menor, sin casa, sin patria, sin nada y poder ayudarlo mientras el fuera de campo les recuerda que hay una guerra siempre del otro lado.

Juan Pablo Barbero

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Eastern Boys