Ochocientas personas. Durak (2014) de Yuri Bykov

Ayelen Boffelli 26 - Junio - 2017 - Textos

 

Podemos reconocer la realidad cuando es la misma en todos lados, y es por eso que la historia que se cuenta en Durak, el tercer film del joven directo ruso, Yury Bykov, nos resulta conocida.
El sistema corrupto profundiza las diferencias sociales para obtener su beneficio. El poder del Estado es usado para fines que no son comunitarios. La clase política envenenada, corrompida, dispuesta a luchar contra sus pares y pasar por encima a sus representados, actuando corruptamente en una crisis inminente, que podría haberse evitado: un edificio, en el que viven 800 personas, está a punto de derrumbarse.

Dima Nikitin es el protagonista de esta historia. Un hombre normal, padre de familia, que debe continuar viviendo con sus padres y su esposa e hijo, para poder pagarse la universidad. Dima trabaja como plomero para el gobierno municipal, una noche lo llaman por una emergencia en una zona que no es la suya, y debe dirigirse a uno de los departamentos donde ha ocurrido una explosión en una cañería. Sin embargo, al llegar al lugar se encuentra con un problema mucho más grande: el edifico está a punto de derrumbarse por las grietas y los movimientos en sus cimientos. La gente que habita el edificio, en una mayoría familias vulnerables, una microsociedad dentro de la inmensidad de Rusia, que representa a los más desfavorecidos y olvidados.


La realidad de personas que viven en pésimas condiciones, que “arreglan” sus casas como parches, para poder continuar (sobre)viviendo. Edificios gigantes construidos hace años pero que no poseen ningún tipo de mantenimiento, porque eso implica dinero. Parece ser una constante fija en los países del tercer mundo, o subdesarrollados. Donde la corrupción es la moneda corriente del poder. Donde un trabajador, que gana su salario ínfimo, pero paga sus impuestos, no puede acceder a una casa digna.
Ante esto, Dima se transforma en un héroe moderno, quien enfrenta un problema con el afán de resolverlo, prevaleciendo sus valores ante la adversidad.
Nikitin es la conciencia, es la moral de una sociedad que lucha a la deriva, y donde el individuo sólo busca su beneficio personal, aunque este, tan sólo, represente la superviviencia e implique pasar por encima de los iguales. El miedo los dejó ciegos, el miedo los paralizó. La violencia se naturaliza a raíz de su institucionalización.
¿Cómo la vida cotidiana de esas personas no va a desembarcar en violencia, si su realidad es esa?, ¿Cómo un adolescente no va a preferir drogarse hasta perder la conciencia en el pasillo de un edificio abandonado, si su realidad es ver el sacrificio de sus padres para apenas lograr sobrevivir?
Pero por encima de todas estas adversidades, nuestro héroe se enfrenta contra la corriente. Tiene la capacidad de decidir y ser fiel a sus ideales. La destrucción es quizás la consecuencia de esa lucha, pero tan sólo la destrucción física. Su conciencia y la nuestra también, al ser él nuestro lugar de identificación, prevalecerán y permanecerán intactas ante las injusticias que verán. El cinismo será constante en todo el film. La indignación del espectador, y la sensibilidad del mismo es lo que busca el director. Quien quiere mostrar que los de arriba no son quienes irán a ayudarnos, sino que cada individuo será el que logre romper la barrera. Pero que en soledad es imposible.
La historia de Durak, podría situarse en cualquier otro país, con sus características particulares. Y eso es lo que debe alarmarnos, y es ahí donde tenemos que darle más importancia a los miles de Dima Nikitin que deben estar luchando por pequeños casos perdidos.

Ayelen Boffelli

ayelenboffelli@caligari.com.ar

 

Durak