El miedo de que los monstruos no existan. Die hände meiner mutter (Las manos de mi madre) (2016), de Florian Eichinger

Rocio Molina Biasone 27 - Septiembre - 2017 Textos

 

En una sociedad tan globalizada, conectada, y con un acceso potencial casi ilimitado a diferentes conocimientos, temas y debates, es difícil pensar que siga habiendo temas tabú. Sin embargo, los hay y en abundancia, y la pedofilia es uno de ellos. No solo es un tabú, sino que por momentos su condición misma de tabú, es a la vez, tabú. La realidad es que la pedofilia como fenómeno es misterioso, pues los estudios que logran hacerse al respecto sin despertar una indignación profunda en la sociedad son escasos. Y donde hay poco conocimiento sobre un problema, hay pocas chances de resolverlo.
Es más fácil ver al pedófilo como a un monstruo cuya atemorizante existencia es inevitable y solo se resuelve mediante el encierro. Es más fácil pensar que no puede ser humano, que se trata del mal radical y que no hay más nada que decir al respecto. Pero entender no es defender, cuando se pide de verlos como humanos lo que se pide no es piedad, sino una mirada crítica. Porque es muy fácil hacerse la imagen del lobo que se le acerca a la niña en medio de un bosque, y hasta es fácil, hoy en día, imaginarse al cura perverso aprovechándose de los niños de la comunidad. Pero, ¿qué pasa si ese depredador no toma una figura monstruosa, ni masculina, ni extraña? ¿Qué pasa si el pedófilo es… mamá?
Si la idea de una mujer abusando de un hombre resuena en nuestras mentes como un absurdo, la idea de una madre que viola a su hijo o a su hija es suficiente para hacer empalidecer en comparación cualquier historia de terror en cine o en literatura. Es impensable. Abominable. Y lo que no puede pensarse, no puede decirse. Y tal vez sea por eso que Markus, no sabiendo nombrar eso que su madre solía hacerle en una época de su infancia, no pudo decirlo, ni pensarlo, por décadas, hasta que el mismo peligro amenazó a su propio hijo. Los mecanismos de supervivencia que adoptó para vivir una vida normal, se rompen para asegurar el bienestar de su niño.


Florian Eichinger encaró un tema entre los más difíciles que pueden encontrarse en el cine, y encontró una forma original y efectiva de narrar lo que por razones obvias no puede narrarse, y es el acto de la pedofilia. La película parece estar gritándonos “¡Háblenlo!”, porque el silencio es lo peor que se le puede hacer a las víctimas, las de ayer, las de hoy y las de mañana. Nos dice que la pedofilia debe cortarse por lo sano, porque puede pasarnos como herencia. Sí, herencia, como aprendemos de Markus, de su madre, de su tía y de su hermana. Una herencia de imitar o de padecer el trauma, y al no poder hablarlo, la gangrena se expande hasta matarnos.
Las escenas que muestran el abuso de forma explícita — no en cuanto a lo físico, más si en cuanto a la duración y la negación de cortar y recurrir a una elipsis — son fuertes, es verdad. Fuertes en cuanto incómodas, fuertes en lo cinematográfico como en la carga de tensión, y algo raro pasa: la escena hace que el acto pierda su monstruosidad, y adquiera la impotencia de ese niño interpretado por un adulto, y la impotencia del público que debe quedarse sentado allí hasta que pase. Con las escenas de abuso, en particular de abuso sexual, el debate siempre se ha acalorado ante la pregunta “¿Es necesario?”. Yo diría, que inherentemente no, no es necesario, porque a menos que la escena cumpla una función que no sea el morbo, no hay nada que contar.
Las escenas de violación en Las manos de mi madre sí cumplen una función: desmitificar la pedofilia y obligar al espectador a ver, a indignarse, y a no poder decir nada mientras tiene que aguantar esa experiencia. Obliga al espectador a compartir una mínima fracción de qué es sentirse víctima de un acto indecible: indecible porque nadie te creería, indecible porque si te creen estás arruinando a la familia, indecible porque nadie quiere escuchar que el lobo no es un extraño que nos encontramos en el camino que mamá nos había prohibido; porque el lobo es mamá.
La película sorprende por su tratamiento del tema, por no caer en ningún punto bajo, y por negarse completamente a usar los recursos cinematográficos con fin de atemorizar. No hay iluminación expresionista, no hay música premonitoria, no hay manipulación de las sensaciones. Hasta se podría decir que cada escena es tan familiar que perturba, la naturalidad y la calidez tonal de cada escena, cuando por dentro los personajes sienten frío, y los espectadores también.
Markus va a hablar y de alguna forma nos pide que hablemos. El film entero, su construcción, se estructura desde la necesidad de crear una impotencia en el espectador. Markus supera esa impotencia y decide hablar. Prefiere que sea su voz la que se escuche y que lo que fue un ‘secreto de familia’ se convierta ahora en una responsabilidad de familia. A nosotros se nos deja con la impotencia de sus abusos, y la impotencia de terminar sin poder escucharlo, pero nada de esto es casual: se nos obligó a callarnos, para que cuando la pantalla se ponga en negro, y aparezcan los títulos, no nos quede otra que hablar.

Rocio Molina Biasone

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Die hände meiner mutter