Encerrarse para salir. Diamante mandarín (2015), de Juan Martín Hsu

Eduardo Savino 7 - Junio - 2016 Textos

 

¿Hay alguna forma de evitar que lo está afuera llegue a permear de manera más o menos honda en lo que consideramos un círculo cerrado propio? ¿Qué límite se establece entre lo interno y lo externo? En Diamante mandarín (2015) se plantea esta pregunta en el contexto de una ola de saqueos a supermercados –con el antecedente más cercano en diciembre de 2013, donde la provincia de Córdoba fue la más afectada-. Pero en los escasos minutos de película nunca estamos afuera: la acción se desarrolla en su integridad al interior de un supermercado administrado por una familia de origen oriental. Los saqueos están sugeridos principalmente por el uso del sonido y a través del diálogo; también, los lentos, pesados travellings presentes en casi cada plano de la película están como si anticiparan algo que está todo el tiempo amenazando con reventar.

El diamante mandarín es un pájaro que habita principalmente zonas de Asia y de Oceanía y que se caracteriza por ser sumamente sociable al interior de su comunidad, convirtiéndose en un férreo defensor de su nido frente a la presencia extraña. Probablemente, el uso simbólico del pájaro aparece en relación a la situación de las diversas comunidades extranjeras en Argentina y a su integración (o no) con el resto de la sociedad. Juan Martín Hsu –director de La Salada (2014)- se agarra de pequeñas situaciones para establecer el vínculo entre un espacio y otro: aún en las conversaciones más triviales se siente el peso del encierro, casi como una condena. Se plantea una imposibilidad –al menos, por momentos- de un intercambio claro; el miedo al encontrarse en una situación claramente adversa y de relativa limitación es palpable tanto en las conversaciones puntuales sobre los saqueos como en los minutos de soledad que encuentran los personajes antes de ir a dormir.

El hecho de que la acción se desarrolle en los espacios “ocultos” de un lugar tan común como un supermercado, y diría que hasta por una compartida noción estética en general, la película recuerda por momentos a Goodbye, Dragon Inn (Tsai Ming-liang, 2003). En ese caso se trata de la última función de un cine histórico a punto de ser demolido y lo que toma protagonismo son los encuentros casuales entre los espectadores que empiezan a vagar por el lugar. Pero está, también, esa sensación de algo que anticipan todos los personajes, algo que tienen inevitablemente en sus cabezas y que no abandonan aún en la más nimia de las charlas.

Destaca también el acotadísimo uso del español en la película. Está en su totalidad hablada en chino salvo en dos momentos: uno establece un contacto directo con el afuera, en el momento en que la presencia de un grupo iracundo pareciera querer entrar al supermercado; en otro momento, se utiliza para nombrar una práctica que se realiza a escondidas –tan inocente como fumar un cigarrillo-, casi como una alternativa al encierro, un intento desesperado de salir de ese lugar de alguna manera.

Con una precisión estética y técnica asombrosa –me reservo el uso de esta palabra, “precisión”, porque se trata de un trabajo cuidado, prolijo en todo sentido-, Hsu consigue esbozar con delicadeza algunas preguntas sobre la pertenencia y sobre la otredad. Sin caer en estereotipos, estilizaciones o clichés, se ubica en el corazón de lo cotidiano para encarar un problema de complicado abordaje en el siglo de la globalización y la convivencia de diversas culturas en una sociedad cada vez más heterogénea. Tal vez no importe realmente el límite entre el afuera y el adentro, entre lo propio y lo ajeno. Quizás se trate, más bien, de descubrir el límite de los propios miedos, los propios temores frente a la dificultad a la que nos introduce lo desconocido, lo que está fuera de nuestra plena comprensión.

 

Eduardo Savino

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Diamante mandarín