Confortablemente adormecidos. Deux jours, une nuit (Dos días, una noche) (2014), de Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne

Carla Leonardi 28 - Octubre - 2015 Textos

 

Descendientes del neorrealismo:
La última película de los hermanos Dardenne “Dos días, una noche” (2014) es descendiente  del neorrealismo, aquel movimiento cinematográfico italiano de posguerra que se iniciara con “Roma Ciudad Abierta” de Roberto Rossellini. Aquí los Dardenne narran, mediante una ficción, la realidad de la desocupación europea como efecto de las condiciones que impone la fase contemporánea del capitalismo. De este modo, denuncian y critican la faceta inhumana del mismo, a la vez que proponen como alternativa una moral de corte humanista.

Se sabe que los niveles alcanzados por la desocupación en ciertos países de Europa es una preocupación en los países centrales y que la misma es efecto de las leyes de una sistema que se rige por la ley del mercado, que solo contempla la acumulación cada vez mayor del capital, pasando las personas y la fuerza de trabajo en sí mismas, a ser consideradas como mercancías. Es hacia esta lógica que dirigen su cuestionamiento los Dardenne, del mismo modo que lo hace el director francés Stephane Brizé en su última película “El precio de un hombre” (en francés el título es más adecuado: “La loi du marché” que significa “La ley del mercado”)

 

 

Marion Cotilliard y un  mal de la época contemporánea:
Se trata de la historia de Sandra, una joven mujer de clase media baja, casada, y con dos hijos;  quien durante 4 meses atravesó una depresión que la mantuvo con licencia laboral, y al momento de reintegrarse se entera de que el dueño  de la empresa (Sr. Dumont) propuso a los empleados una votación para elegir entre el bono o su reincorporación.  La primera votación se realizó bajo la influencia del capataz (Jean Marc) quien utilizando la estrategia del miedo, logró que la mayoría votara por el bono. (el capataz alegaba que el dueño quería la reducción del personal y que si no se iba Sandra, iba a despedir a alguno de ellos). Junto a una compañera (Juliette) logran convencer al dueño de realizar una segunda votación, sin la influencia de Jean Marc. A partir de allí, la tarea de Sandra será  persuadir, yendo timbre por timbre, a cada uno de sus compañeros, para que voten a su favor. La película va siguiendo a Sandra a lo largo de este periplo, de esta labor de conversión, y nos va haciendo participes de los momentos de alegría y desánimo que sufrirá, según cómo decida votar cada compañero a quien enfrente.

El papel de Sandra, lo interpreta Marion Cotilliard (actriz en “Medianoche en Paris” de Allen, “El origen” de Nolan o “La vida en rosa”, entre otras) que es la única estrella de la película y pese a ello, realiza una actuación sumamente convincente, luciendo como una mujer común, sencilla y vulnerable.

Una cuestión es que no se nos dice en ningún momento el motivo de la depresión que atraviesa Sandra; esto queda fuera de campo. Pero siendo un film que denuncia las perversidades del capitalismo, podríamos pensar al imperativo al trabajo según estándares de eficiencia de acuerdo a las leyes del mercado (más trabajo a menor costo) como productor de síntomas contemporáneos como ser el estrés o la depresión, como en este caso.

De entrada vemos, lo que será una de las constantes a lo largo de la película, la fragilidad de Sandra frente a las situaciones adversas que se le van presentando, encontrándose siempre al borde, realizando esfuerzos por aguantar el llanto y taponando la angustia mediante el consumo de ansiolíticos, que visualiza la excesiva medicalización que es signo de la época.

Otra constante es el consumo de agua por parte de Sandra, que podemos leer en la línea de un trabajo de purificación, de curación que irá realizando en su transformación a lo largo de la narración.

Por otro lado su esposo, aparece como aquel que la sostiene y la contiene, manteniendo una distancia justa. Cumple el papel de un cierto acompañante terapéutico.

Ante la dificultad, Sandra se desanima en lugar de reaccionar y enfrentar la situación, porque siente que si votaron en primera instancia por el bono, no tiene lugar en sus compañeros ni en el Otro social, representado por la empresa. Siente que la dejan caer, que es un desecho, que no existe para el Otro. Y cada vez que se derrumbe, la respuesta de Sandra será la pastilla y evadirse de la escena, retirándose a dormir a su habitación, cuyas paredes y sábanas son de color azul, el cual está asociado a la melancolía y la locura.

En toda esta primera parte de la película donde entramos a la situación de Sandra, ella viste un jean y una musculosa de color verde. Este color que se asocia a la calma sedante que atraviesa por su depresión, pero a la vez a la esperanza de una vida renovada que vendrá.

Pequeñas delicias del capitalismo:


Su recorrida en su tarea de conversión, la realiza vestida con una musculosa de color rosa y una remera roja. El rojo es la pasión, en un doble sentido del empuje, la lucha, lo pulsional y a la vez del pathos, lo que se padece. Y es precisamente esa  “pasión” de Sandra, la que iremos acompañando como espectadores. En cuanto al rosa, se asocia con los aspectos femeninos de la delicadeza, la suavidad, ternura. Y es precisamente desde estos aspectos desde donde Sandra se vinculará con sus colegas, intentando lograr su objetivo.

El primer compañero que abre la serie de aquellos a quienes debe convencer y convertir es Kader. No lo vemos, pues la conversación se lleva a cabo por teléfono,  pero su nombre es de origen árabe. De este modo los Dardenne, nos introducen en la cuestión de aquellos que son los restos marginales del sistema capitalista y buscan una vida mejor en los países centrales de Europa.

Esta problemática volverá a aparecer con Hicham, que además trabaja los fines de semana en un supermercado de manera clandestina; y con Alfhonse, que es inmigrante de África y tiene un contrato temporario que podría no serle renovado.

Cada vez que Sandra enfrente a sus compañeros, en general la pantalla dividirá a cada uno mediante algún objeto que se interpone entre ellos, o bien los unirá en el mismo plano; anticipando de algún modo lo que van terminar decidiendo, si por optarán por el bono de 1000 euros o por la permanencia de ella.

Lo que iremos viendo en cada uno de aquellos que optan por conservar su bono, es que el motivo es alguna clase de bien u objeto-mercancía que tienen que comprar: educación de sus hijos, amueblamiento para el hogar, algunos necesarios, pero muchos otros superfluos o artículos de lujo.
El imperativo que impone en los sujetos el discurso sistema es “Consumime” en la ilusión de que obteniendo esa mercancía accederán a un goce absoluto, sin castración.  Y lo interesante es que los Dardenne echan luz respecto de cómo ese imperativo, toma cuerpo en los empleados, (sin  ellos estar advertidos de esto), respondiendo a una ley de mercado, que en ese mismo punto los anula en tanto sujetos perdiendo libertad. Cada vez que compramos algo, creemos que lo elegimos nosotros, pero en verdad ya eligió el imperativo del mercado por nosotros, y  respondemos  a él en tanto “consumidores”.

Entre quienes votan por la permanencia de Sandra, es interesante detenernos en la posición del personaje de Timo, quien le pide perdón y dice que siente vergüenza, por haber elegido antes el bono. Y la vergüenza no es un dato menor, sino un signo de que ahí está concernido el sujeto, de que hay un valor que lo marcó y lo representa, como en este caso puede ser la lealtad.

Otro punto que se plasma es la diferencia de generaciones, que se expresa con Yvon y su hijo, y vemos como en la nueva generación el trabajo, el compañerismo y el respeto, ya no son valores; y lo que importa son los bienes materiales (el hijo se dirige a Sandra de manera agresiva, golpea a su padre y luego se retira en un auto ultimo modelo y tuneado).

 

Epílogo: Una ética humanitaria


Durante la ausencia de Sandra por su licencia por enfermedad, el dueño capitalista, pesca que con un empleado menos, éstos pueden realizar la misma cantidad de trabajo, realizando tres horas extras. De ahí que les proponga la votación por el bono o por la reincorporación de Sandra; porque por la crisis económica y la competencia asiática la empresa no podría afrontar financieramente ambas cosas.

La ética del capitalista es meramente utilitaria, está fundada en el servicio de los bienes; es decir, en que los bienes (en este caso la fuerza de trabajo de los empleados en tanto mercancía) rindan de manera eficiente y al menor costo posible. Al discurso capitalista no le interesa la subjetividad de nadie, no le importa si alguien padece por trabajar de más, ni tiene en cuenta tampoco al despedir a un empleado de qué modo lo afectará en su vida; ni siquiera si esa decisión puede empujarlo a un pasaje al acto, como en el caso de Sandra al tomar todas las pastillas de Xanax. (el pasaje al acto implica la identificación al objeto en tanto desecho que cae del Otro social y una dirección a salirse de la escena a través de un acto) Se trata entonces de una ética que “no tiene corazón” (como le dice Sandra al capataz),  y que se apoya en la Ley de Mercado orientada a que el capital produzca cada vez más capital.

Esta ética es sostenida también por el capataz, quien claramente se pone del lado del patrón y busca influenciarlos en su decisión, a través del miedo para que así opten por el bono. Pero lo impactante es cómo esta ética utilitarista es sostenida por los propios trabajadores que aceptan trabajar más horas con menos empleados, para ganar más; y así confortablemente adormecidos, como autómatas consumidores, sostienen al sistema capitalista.

Otra cuestión  que es signo de la época contemporánea y se visualiza en la película, es que la lucha es individual. No hay intervención de algún organismo del Estado, ni de sindicatos, ni posibilidad alguna de lucha colectiva en la cual los empleados se asocien para defender sus derechos frente a la patronal. Sin modelos claros a seguir porque el líder o el padre, ya no es un ordenador social en esta época; cada uno debe encontrar su propia solución a su manera.

La votación resulta en un empate, y el dueño de la empresa anuncia a Sandra que otorgará el bono y la reincorporará para que no haya rencores entre los empleados, pero que durante su licencia se dieron cuenta de que 16 empleados eran suficientes para el trabajo en vez de 17, por lo cual la reintegrará en septiembre cuando no renueve un contrato temporario (el de Alfhonse). Es decir que Dumont le plantea a Sandra un dilema ético: podrá permanecer en su puesto de trabajo, a condición del despido de un compañero.

El final de la película no es precisamente esperanzador. Sandra decidirá no reincorporarse al trabajo, pero saldrá fortalecida en su lucha y al no someterse al imperativo del capitalismo, recuperará su dignidad en tanto sujeto.

Claramente los Dardenne a lo largo de “Dos días, una noche” apuntan a convocar a un despertar de conciencia respecto a cuan alienados estamos, sin saberlo, al imperativo capitalista, y proponen una ética alternativa. Se trata de una ética del bien, apoyada en una moral humanitaria, que tenga en cuenta al semejante y sea solidaria con él.

Carla Leonardi

carlaleonardi@caligari.com.ar

Deux jours, une nuit