“Quiero ser igual a los demás”. Dancing arabs (2014), de Eran Riklis.

Carla Leonardi 22 - Febrero - 2016 Textos

 

Mis hijos (2014), del director israelí Eran Riklis, está basada en una novela de Sayed Kashua, que habría sido un best seller en ese país. La película vuelve a tomar la cuestión del conflicto de medio oriente entre Israel y Palestina. Este conflicto se originó en el año 1947 cuando la Asamblea de las Naciones Unidas aprueba la partición de Palestina en dos estados: uno judío y otro árabe. Los judíos aceptaron el Plan, pero los árabes lo rechazaron y desde entonces se produjo una guerra civil, y una brecha, que hasta el día de hoy no parece poder hallar  una solución.

En el inicio del film, el director nos hace saber, por medio de un epígrafe, que el 20% de la población israelí es árabe. Y es este el eje alrededor del cual girará la película: el conflicto de identidad que se suscita en el protagonista quien siendo de origen árabe intenta vivir en un estado judío.  De ahí que sea más apropiado el título en inglés: “Dancing Arabs”, que en palabras del director apunta metafóricamente a la encrucijada de estar con un pie en cada lado, de danzar entre dos identidades, y al momento en la danza en que hay que decidir qué paso se va a dar, si se va a dar un paso adelante o atrás.

La película inicia con un joven fumando en la baranda de un balcón y seguidamente nos lleva a su infancia en el pueblo de Tira, donde era considerado un niño prodigio por su inteligencia, tras haber dado con la solución a una adivinanza de un popular programa de televisión. Su padre había estudiado en la universidad de Jerusalén, pero debido a militar en política en defensa de la causa árabe, fue expulsado y debió dedicarse a la recolección de frutas. De ahí que cuando Eyad logre entrar en la Universidad  judía de Jerusalén, los ideales no realizados del padre, sean depositados por éste y su familia, en él.

Durante su paso por la universidad se irán marcando las profundas desigualdades entre israelíes y árabes. Desde las vestimentas,  las comidas, la música escuchada, marcadamente occidentalizada en los judíos, debido a la alianza de Israel con Estados unidos. Y asimismo a nivel económico, dado que los árabes al no poder acceder a la universidad, salvo situaciones muy especiales como es el caso de Eyad, quedan confinados a trabajos ligados a los oficios, sin poder acceder a puestos de jerarquía.

Eyad iniciará un noviazgo con Naomi, que es judía, y aquí desplegará el director todos los prejuicios que, de ambos lados, se dan sobre estas relaciones, las cuales funcionarán como obstáculo para la unión de los amantes. Los árabes son vistos por la mayoría judía como seres primitivos, animales, bárbaros; representan para ellos lo Otro, lo hétero; que suscita angustia.

Por ello, los padres de Naomi, que por supuesto pertenecen a una clase acomodada, no aceptarán la relación y la obligarán a abandonar la universidad. En este punto Eyad, dará muestra de su amor en acto, renunciando a lo más preciado (la universidad), para que Naomi pueda volver a estudiar. El acto de Eyad hace eco con una de las definiciones lacanianas del amor: “El amor es dar lo que no se tiene”, es decir, que se trataría de dar no un bien, sino la propia falta, la propia castración. Implicaría una desposesión del goce fálico, del goce del propietario; a los fines de poder entrar en relación con una mujer.

Este acto de amor, no encontrará su contrapartida en Naomi, quien cuando encuentre la posibilidad de ingresar al Cuerpo de Inteligencia del Ejército, donde se requiere no tener vínculos con árabes, planteará la separación.

Paralelamente a su relación con Naomi, Eyad establecerá a través del Programa de voluntariado de la universidad, una amistad con Jonatan, un joven estudiante judío que padece una enfermedad neurológica degenerativa (Distrofia muscular), la cual se irá agravando a medida que avance la película.

Por dejar la universidad, Eyad quedará sin el apoyo económico de su familia y deberá buscar un trabajo para alquilar un lugar para vivir. La vida en Jerusalén para el joven Eyad, será difícil por las constantes discriminaciones que sufre y por la falta de oportunidades laborales. Eyad verá que la vida en Jerusalén es más fácil siendo judío, ya que solo así se puede ascender laboral y personalmente. Y es en este punto que se plantea para Eyad una decisión ética al verse cuestionado el significante que lo representa en tanto árabe (ya que como árabe queda coagulado en el lugar del resto, del desecho de la sociedad). Entonces Eyad, debido a cierto parecido físico con Jonatan, decidirá sustraerle la identidad y de este modo trabajará, estudiará y vivirá como judío.

Aquí la película entra en relación con las recientes “Mr. Kaplan” (2014) de Álvaro Brechner (donde un judío para sobrevivir al exterminio del Holocausto, adopta un identidad alemana) o “Remenber” (2015) de Atom Egoyan (donde un nazi para escapar de los juicios, se camufla bajo una identidad judía). Si bien se trata de tres películas muy diferentes en su sesgo, estilo y género, las tres abordan la cuestión judía. También hay que señalar que no es lo mismo una decisión en situación donde está en juego la vida o la segregación (el caso de “Mr. Kaplan” o “Mis hijos”), que en una situación donde de lo que se trata es eludir la Ley (el caso de “Remenber”). Pero se ven unidas en el punto en que la sustracción de identidad sea el modo de respuesta en tanto intento de solución.
En el caso particular que nos ocupa, se trata claramente de una mirada occidentalizada de la idiosincrasia árabe. Y en este punto, es donde pierde fuerza el conflicto de identidad que pretende plantear, el cual queda taponado por la elección del melodrama en tanto como marco narrativo.

Por otro lado, la película muestra patentemente hacia el final, un signo de nuestra época: el borramiento de las diferencias bajo la égida del discurso capitalista: todos iguales en tanto consumidores. Esto se hará evidente en la transformación que veremos en Eyad al final, tanto en su vestimenta occidental, como en la vida que lleva radicado en Berlín desde donde trae música electrónica. El sistema capitalista muestra así, su perversidad, empuja al goce absoluto sin castración, y para poder sobrevivir, para poder vivir dignamente, hay que asimilarse a la mayoría  occidentalizada, hay que ser igual a los demás.

Carla Leonardi

carlaleonardi@caligari.com.ar

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