El perro fuera de la perrera . Cump4rsit4 (2016), de Raúl Perrone

Juan Pablo Barbero 23 - Noviembre - 2016 Textos - Foco: 31 Festival Internacional de cine de Mar Del plata

 

(Ladrar cine)

Estoy con el perro no sólo porque me gusta escucharlo ladrar. Hay que saber leer los ladridos, sino sólo quedan en meros ruidos y no en una forma de hablar; hay que entender el ladrido como un dejarse llevar, como una invitación a que te acomodes en la butaca como en el asiento de un avión al aterrizar, no en un aeropuerto, sino en aquel aluvión que dijo el cuervo y lo entendí cuando lo comparé con un aeropuerto: tranquilo, seguro, en tierra firme; el aluvión es todo lo contrario, la turbulencia sigue por más de no estar en el cielo, lo que empezó siendo un P3ND3JO ahora sigue en la corriente que desemboca en un remolino, en algo mucho más grande y el perro navega su avión mejor que nadie, porque un perro feliz ladra pero sigue moviendo la cola. Perrone es todo lo contrario a un aeropuerto, Perrone es un avión que aterrizó en un río turbulento.

Estoy con el perro porque dicen que los perros no ven en colores y él me mostró la hierba colorida, ¿él la verá con colores? Estoy con el perro porque demuestra que la gente se equivoca, que mucho cine es sólo una farsa, son sólo nuevas ramas del cáncer publicitario. El perro, ahora como un lazarillo para el espectador ciego lo guía por un trayecto diferente, lejos de las convenciones narrativas cinematográficas del presente, lejos, abriendo puertas cerradas, oxidadas, brindándose de lo más antiguo para ser el más moderno, un camino donde el espectador no se puede distraer ya que al entrar a la sala tenemos que perder la vista, ser ciegos y dejarnos llevar, entrar o no entrar, pero si entrás… acomodate; porque cuando un director exige tal respeto, no queda nada por hacer como espectador que someternos a su juicio de las cosas. Si entrás… relajate y acomodate, pero si no entrás pensá que los que desconfían del perro, es porque no conocen su rabia y a perro rabioso no se lo puede encerrar en la perrera privándolo de su libertad. Ladrar cine.

CUMP4RSIT4 sigue la forma que adquirió el cine de Perrone, aquel alboroto de emociones que nos ponen en la situación de invertir el juego: primero la emoción, luego el entendimiento. No porque no se entienda, Perrone siempre cuenta una historia, pero enfatiza, entre soldados de juguete, nuevas reglas que contrarrestan todo lo pactado entre cine y espectador. Perrone mete las abejas dentro del frasco y agita fuertemente. Un pueblo oprimido que no grita palabras, sino que con la fuerza del cuerpo distorsiona los sonidos, dejando atrás la fávula de Joy Division para ahora pensar el misticismo de un tango. Pero el cine de Perrone no deja atrás en el olvido, sino que el mismo olvido es una abeja dentro del frasco, un elemento más de todos esos elementos que empiezan a aglutinarse, a enfurecerse, a zumbar, y cuando el frasco se abre las abejas salen y pican a los demás en la perrera y si el cine de Perrone cada vez es más potente, es porque el frasco es su cine y cada vez lo agita más fuerte.

Un grito mudo, quizás en esa imagen de esta nueva película se resume gran parte de la idea del perro, un grito que no produce sonidos, porque las cuerdas vocales ya se gastaron mucho antes después de tanto hablar, ahora los que narran son los cuerpos en unos encuadres totalmente enrarecidos para que podamos ver, como un perro, la textura de los rostros, la inmensidad de los gestos, la potencia del tiempo en un ojo que se funde en animales artificiales producto de un mundo artificial. Perrone sabe que los sueños, al igual que el cine, son una farsa y eso lo invita a jugar siendo él quien pone las reglas. Donde el relato muere, quedan las sombras y las sombras cuentan lo que las palabras no. Lo importante de Perrone es que dialoga con Perrone, ya que cierta inmovilidad campesina nos lleva a su Hierba y en el enojo con la policía vemos su alma de P3ND3JO5. CUMP4RSIT4 está llena de lecturas diferentes que uno puede empezar a hacer, pero es en vano, lo importante es perderse en el simbolismo y dejarse llevar, disfrutar de ese río turbulento y mirar el sol recién cuando estemos en tierra firme después de haber pasado la tormenta, porque lo importante es la reflexión que hacemos sobre el cine después de ver una película de Perrone, que nos agita todos los demás frascos. Un perro inquieto que no deja de romper los vidrios de los frascos y liberar las abejas. Contarnos siempre una fávula de Ituzaingó mientras nos dejamos picar.

Juan Pablo Barbero

juampabarbero@caligari.com.ar

Cump4rsit4