Sobre las formas de jugar. Cuestión de té (2013), de María Monserrat Echevarría

Geraldine Salles Kobilanski 2 - Julio - 2016 Textos

 

 

Nacemos liliputienses, como pequeños seres frágiles, sensibles y permeables a los actos y gestos de otros seres, sean éstos crueles o afables, hasta pisar unos años más tarde como un gigante, al igual que el doctor Lemuel Gulliver cuando llega a la isla Lilliput. A veces cuando estamos en el papel de Gulliver, olvidamos que alguna vez fuimos indefensos, que pertenecíamos a otra isla; y en ese descuido, aplastamos casitas, árboles, rutas, granjas, transportes, huertas. La pequeña isla pudo haber sido maltratada o haber sufrido algunos cambios desafortunados, pero se reconstruye. La pequeña isla permanecerá acompañada de sus cicatrices. Gulliver no necesariamente pisa con maldad, pero a veces sus actos o sus gestos se vuelven belicosos o insensibles sin pasar desapercibidos por los seres minúsculos. En este movimiento constante chico-grande grande-chico, entre arañazos, heridas y abrazos, el liliputiense Gulliver aprende a vincularse con los otros.

El plano inicial de Cuestión de Té presenta dos mundos: la niñez y la adultez. Ambos mundos están conectados por el universo familiar. En un bello y nítido primer plano, Mateo cierra las puertas de su autito amarillo y lo hace andar por la mesa y por los peligrosos caminos de las zanahorias. El intrépido auto sobrevive y continúa su paseo. Sin embargo, un instante después Mateo lo deja caer deliberadamente al suelo; acontece una interrupción. Fuera de foco, en el espacio brumoso y no tan lejano de la mesa, sus padres discuten con una vehemencia aguda. La realidad familiar fractura el juego de Mateo, mientras que la música se desvanece y las voces de sus padres se introducen en sus oídos como una melodía lacerante.

Una familia nueva se muda al barrio. La hija del matrimonio biempensante, Macarena, quien probablemente tenga la misma edad que Mateo, le gusta vestirse coqueta para jugar a tomar el té. Con o sin invitados, cada tarde prepara una elegante mesa con su diminuta vajilla de color rosa. Su ritual juguetón se ve amablemente interrumpido por la llegada de Mateo. Ella lo invita a sentarse y le sirve una taza de té. Un tanto perplejo, Mateo no comprende porqué las palabras dichas por su nueva amiga son incongruentes a sus acciones. ¿Qué sentido tiene tomar el té si no hay líquido servido en la taza? ¿Qué implica entonces jugar con los otros? Una respuesta posible es la que profieren los jóvenes labios de Macarena: jugar a ser grandes. Ser adulto en el mundo de Mateo implicaría aparentar u ocultar una situación dañina. En otras palabras, jugar quizá sea sinónimo de mentir y no de construir potenciales mundos fantásticos. 

A través de esta forma de jugar de a dos, Mateo observa que en el mundo de los grandes sirven el té más de la cuenta. Durante la cena familiar, la mirada del querido aventurero hechiza su entorno y lo vuelve ficcional: los padres se convierten en dos muñecos llenos de brillantina dibujando una sonrisa en sus bocas y una mirada apacible, las porciones de comida son casi tan abundantes como las que come Peter Pan con su tripulación en el barco pirata y los diálogos se nutren de mariposas, arcoíris y flores silvestres. Una escena perfecta para el deleite de los rostros infantiles del corto Ten Minutes Older, fascinados ante las historias provistas por las imágenes en movimiento. Pero el rostro lozano de Mateo se esculpe entre miradas trémulas, silencios verborrágicos y un deseo inagotable por jugar.

¿Mateo logra poder tomar el té jugando a ser adulto? ¿O alcanza a tomar el té como un adulto que intenta no perder su capacidad de asombro y su voluntad de seguir siendo niño? En este movimiento circular chico-grande grande-chico, Mateo no deja de ser tan solo un liliputiense en busca del cobijo de sus Gullivers familiares

Ivan Garcia

Cuestión de té