Cuota de injusticia. Crime + Punishment (2018), de Stephen T. Maing

Ian Quintana 30 - Septiembre - 2018 Textos

 

Que el mundo es absurdo lo sabemos todos. De qué otra forma, si no, se puede explicar la ley —su función, su importancia, quienes la construyen y quienes velan por hacerla cumplir—. A cambio de tu libertad, el Estado te garantiza seguridad —porque de otra manera, la libertad de cualquier otro loco puede terminar con tu vida—. La policía está para eso: el brazo del Estado que hace cumplir al resto de la población civil sus instrucciones. Lo bueno del absurdo es que expone crudo la violenta humanidad.
Al parecer, los 29 de cada mes los policías del departamento de New York no comen ñoquis: deben cumplir con la cuota de arrestos y citaciones que sus autoridades les exigen. No importa si sucedió o no un crimen, si tuvieron o no que intervenir para impartir el orden, a fin de mes se hacen las cuentas y cada uno debe tener en su haber un número mínimo de arrestos. A continuación, los resultados: los policías buscan entre los jóvenes de los barrios marginados —aquellos que tienen menos herramientas para defenderse y aquellos que, en caso de querer defenderse, gozan de menos visibilidad que otros jóvenes no pertenecientes a la minoría— sus victimarios hipotéticos. Puede que no porten armas y estén tranquilos en la vereda junto con amigos, pero nada de eso se tendrá en cuenta a la hora de inventar un crimen.
Stephen Maing firma este impecable documental que sigue el rastro de las víctimas —detenidos inocentes a la espera de un juicio que los devuelva adonde pertenecen, pero que de ninguna manera les devolverá el tiempo que le robaron, y policías castigados por negarse a cumplir las cuotas—. La narración inicia con los castigos ya impartidos. Los policías que no tienen al menos un arresto al mes se ven forzados a cumplir las peores tareas —como el estar parado junto a un poste todo el día sin poder moverse—, y son sometidos a evaluaciones de desempeño adulteradas. Los procesos que la película sigue de cerca son, por un lado, la liberación de Pedro Hernández —un joven inculpado sin razón en un crimen con arma de fuego—, y la ayuda enorme de ex policía devenido detective privado, que, como aquel Travis que viajaba en taxi, ronda por la ciudad en busca de justicia, y la denuncia que los doce de New York —así se los conoce a estos policías— levantan contra la corrupción y el racismo de la fuerza a la que pertenecen.
La libertad formal del documental permite que en la misma obra convivan imágenes registradas con cámaras de video, así como con celulares —filmaciones callejeras en las escenas del crimen, testimonios de las personas en su intimidad—, cámaras ocultas en la punta de lapiceras o en la pantalla de un reloj de pulsera, y grabaciones de audio de conversaciones telefónicas o pertenecientes a la privacidad de los precintos. El conjunto es un entramado sólido, que desnuda la ciudad de New York, su costado más perverso y salvaje, justo el lado donde el sentido común no suele depositar sospechas. La corrupción no es propiedad de nadie: mediante estos falsos arrestos y citaciones el departamento de policía se hace con una suma de dinero desorbitante. A simple vista, parece que la policía, si detiene, actúa. Y como para las minorías la policía está mal vista, los policías que se rebelan tienen que hacer un esfuerzo doble, porque siguen siendo policías. El absurdo expone una verdad en medio del infierno.

Ian Quintana

ianquintana@caligari.com.ar

Crime + Punishment