Volver a hablar (ladrar cine). Cínicos (2017), de Raúl Perrone

Juan Pablo Barbero 26 - Abril - 2017 Textos - Foco:19º BAFICI, Buenos Aires Festival Internacional Cine Independiente

 

Otro ladrido, este un poco más pervertido y no por las tetas, sino por la animalidad con que se presenta cada acción, lo apocalíptico del cuerpo, lo apocalíptico del pozo de una narración nueva en la filmografía de Raúl Perrone, una vez más sigue viajando desde Ituzaingó y esta vez recupera la palabra que desde P3ND3JO5 calló, pero cuando era un pendejo su cine no dejaba de parlotear, en la esquina o en un bar sus personajes hablaban y hablaban; pero un día todo calló y empezó otro tipo de experimentación, experimentar contar una fábula de otra manera, una fávula quizás, donde Japón sea un garaje o la inmovilidad se mueva. El perro muestra los dientes otra vez haciendo algo diferente, otra vez. La teatralidad, la corporeidad, la suciedad, el simbolismo, la locura todo en un único escenario, lo que parece una fábrica abandonada, donde siempre vivió el abandono y ahora parece haberse marchado, como si no hubiera mundo, no hay mundo, no hay valores, sino sólo aquel primerísimo primer plano de Perrone, aquel que se rompe difuminado, que se sale de foco, pero todo en Perrone se sale de foco y en todos los sentidos, ya que a un cineasta atrevido lo que menos podés hacerle es ponerle la correa en el cuello y menos a un perro que estuvo alegre, enojado, molesto, desilusionado, rabioso y ahora no deja de mostrar los colmillos, el foco no importa, sino la textura, las acciones corren el foco riendo como locos y se detienen para el parlamento, a veces mirando a la cámara, distanciándose del resto y mirándote a vos: otra película de Perrone.

Volver a hablar pero ladrando, volver a usar la lengua pero no para la charla de bar sino para pasarla por el metal. “¿Acaso no es cada palabra tuya un contundente aforismo?” repite uno de los personajes y si la desesperación desespera te falta ser un poco más perro para leer los ladridos, porque si entrás y estás inquieto te muerde y la mordida puede ser insoportable, pero si entrás sin problema, el sonido te envuelve en un clima lleno de hierro que te mete aún más y te llenás de espinas entre el humo y por si fuera poco se huele un aroma a muerte. Porque Perrone es un constructor de mundos prefabricados en pesadillas, donde las imágenes toman poder y las palabras no hacen falta, por eso cuando una imagen habla, los perros callan, ninguno ladra, sino que la pesadilla se hace humo y estamos entre cuerpos que por poco se arrastran y van dejando por el pasillo un poquito más de vida, lo más apocalíptico de Perrone, la palabra simbólica, el ladrido.

Perrone renueva pero sin dejar atrás sus elementos, porque lo que tiene Cínicos de P3ND3JO5 lo tiene también de Ragazzi, hablar al revés para que no te entiendan porque no importa lo que digo sino cómo lo digo, entre el caos podemos leer algo distinto. Termina la película y si entraste, no saliste, te rodea un sentimiento claustrofóbico y decrépito como todo personaje arrastrado, te cuesta salir afuera de la sala porque no te imaginás lo que puede haber afuera de ese encierro apagado y se sigue escuchando el sonido del agua estancada, en el metal de las hoyas, en el río de cemento, en las bocas sin saliva.

Juan Pablo Barbero

juampabarbero@caligari.com.ar

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