Cimientos sin cemento. Chemi bebia (1929), de Kote Miqaberidze

Juan Pablo Barbero 13 - Octubre - 2017 Textos- Foco: Al Este del Plata 2017, IV festival de cine de Europa central y oriental.

 

Admito que no sabía absolutamente nada acerca de la película, sólo que era muda. También admito que no sabía nada del director, nunca había visto nada, ni tampoco había escuchado hablar de él. Admito que terminó la película hace rato y no me la puedo sacar de la cabeza por más de todas las continuas imágenes que se me cruzaron, lo intentaron y no lo lograron. La película es a eso que se le puede llamar una joya extraña, primero porque estamos en el año 2017 y que una película de 1929 pueda ser contemporánea es para resaltar. Segundo porque tiene una violencia interna en su procedimiento que es ideal para combatir a cualquier medio de comunicación del presente.

De su director, Kote Mikaberidze, no había escuchado hablar porque tampoco tanto se habló, hizo esta película y sus otros dos proyectos son inconseguibles. Película de la vanguardia soviética, pero aun así poco aceptada por esta, ya que el director con sangre de Georgia pero tapado con la bandera roja no se veían las manchas de la sangre y varios años antes de la separación con Rusia, ya estaba gritando su liberación cuestionando los laberintos burocráticos del régimen soviético. Por eso esta película es mejor pensarla como uno de los primeros acercamientos a lo que la cinematografía de Georgia iba a empezar a asomarse a lo que recién ahora, está tomando forma. Todos estos años de resistencia y de lucha tienen que transpirar su poesía.

 Mi abuela es una película de lo más vanguardista, experimenta con todas las formas posibles que en ese momento podías acercarte, desde el stop motion para conseguir un surrealismo kafkiano donde una hoja de un documento se mueve sola por toda la mesa mientras los burócratas duermen y sueñan estar viviendo lo mismo. El laberinto burocrático no te da la oportunidad de soñar con algo distinto. A todo esto, la sátira, porque ni la peor pesadilla deja de ser divertida con tanta vertiginosidad del artificio cinematográfico. Un montaje que toma la inteligencia política soviética para usarla en su contra e instaurar el anarquismo de la forma. La película cuestiona haciendo de su castillo con tantos laberintos una destrucción inacabada donde sólo hay que sentarse a reírse, porque lo demás es en vano. Dicen que Kafka cuando tenía que leer sus relatos frenaba a cada rato muerto de la risa y luego ves las fotos de Kafka y no lo podes imaginar riendo porque lo que lees son esas escenas de pesadillas de la modernidad, ¿De qué se reirá este tipo? Entonces esta película te acerca un poco a eso, a entender la lógica del absurdo. Una lógica, ilógica, por eso cuando los ladrillos están puestos sin cemento, están en continuo movimiento pero nunca se caen. Sólo se alborotan las habitaciones que hay adentro y se cae todo al suelo, se arma un caos pero la cáscara sigue igual.

Juan Pablo Barbero

juampabarbero@caligari.com.ar

Chemi bebia