Niñas insurrectas. Chasse royale (2015), de Lise Akoka y Romane Gueret

Azul Aizenberg 1 - Febrero - 2018 Textos - Foco: VIII festival online MyFrenchFilmFestival

 

Hay una categoría subterránea en la historia del cine que narra adolescencias malditas. De allí surgen personajes conmovedores y complejos que le han puesto el cuerpo a realidades marginales. Desde la vanguardista Cero en conducta hasta el debut de Jean Pierre Lèau en Los 400 golpes, desde El niño de la bicicleta de los Dardenne hasta Incomprensa de Asia Argento, pasando por la épica faviense Crónica de un niño solo hasta Luna de Papel de Bogdanovich y la inolvidable y reciente Juana a los 12 de Martín Shanly. Lo que todas éstas películas, de tiempos y espacios tan distintos entre sí, tienen en común es la puesta en escena de la opresión que ejerce el sistema sobre niñxs y adolescentes. En Alemania, las ruinas de la guerra; En Francia de la mano de Truffaut y Vigo, la opresión de las institución escolar y la familiar; En el seno de una familia italiana de la alta burguesía, el desamor de una niña punk que se escapa de su casa a descubrir el mundo con su gato; En argentina, la búsqueda de una vida posible entre la villa y el reformatorio; en EEUU, la intrepidez que nace con la orfandad y un roadtrip por tierras adultas, alcohólicas y peligrosas.
Todos estos muchachitos y muchachitas rompen, bajo la dirección de sus directorxs, con la infantilización de los niñxs y adolescentes asumida en la vida cotidiana en el mundo entero y muestran la potencia auto-determinativa que se revela en su interior durante el pasaje de la pérdida de la inocencia al advenimiento de un mundo hostil, seriado y reglamentado a la medida del Capital bajo el sello de la Responsabilidad. Todxs comparten el destino de quien a fuerza de las circunstancias debe convertirse en adulto para sobrevivir, y su resistencia frente a ello a fuerza de una rebeldía que dicho mundo juzgará inmadura.
La protagonista de Chasse Royale está quizás basada en esta tradición infanto-juvenil; su cuerpo y la expresividad de su rostro están elegidos y dirigidos en base a estas referencias posibles; Angèlique vive en un barrio proletario, con una gran cantidad de hermanos y hermanas de las cuales ella es la mayor; su madre aparece lateralmente y su padre brilla por su ausencia.
Este contexto está mediado por la búsqueda de dos chicas cuya existencia sólo se muestra a través de las voces detrás de cámara, que buscan a una joven sin experiencia actoral para que actúe en su película. Así, la narración se decide por el metalenguaje para construir su punto de vista. La miran de lejos, a través de una pequeña cámara de video, como a una presa de caza. De chasse. Se establece así, una distancia crítica entre el sujeto de la narración, Angèlique, y sus cazadoras anónimas, las directoras del film dentro del film.
Si bien esta es una decisión clara para la puesta en escena, la película parece precipitarse en contar un sinfín de situaciones en torno a la dudosa motivación de su protagonista por aparecer en la película. Las directoras deciden mostrar las ansias de su hermanito menor, brillante actor, por el posible éxito cinematográfico de su hermana y una vida que los aleje de su barrio para llevarlos a París, y la ambigüedad de Angèlique frente a esto, siempre violenta, siempre enojada, sin mostrar simpatía ni deseos por nada ni nadie. La película hace un recorrido lineal desde que las directoras la “encuentran”, puteando desenfrenada a una institutriz, hasta que luego de un casting Angèlique practica su performance mirandose al espejo. Durante la media hora que dura la película, veremos que el punto de vista se traslada desde la subjetiva de las directoras hasta la “objetividad” de unas secuencias al interior de la casa de Angèlique y en el exterior de su colegio. Esta decisión de puesta en escena y de montaje, mediada por cortes videocliperos y música extra-diegética se imponen por encima del particular desempeño actoral de la protagonista opacando toda posibilidad de profundización y particularización de su devenir. Las directoras se inclinan por el argumento y la fluidez del relato quedando presas ellas mismas de su propia creación. A nosotras, espectadoras, nos queda gusto a poco.


Existe también una historia subterránea, literalmente extraviada o incinerada, de mujeres que hicieron cine con mujeres, sobre mujeres. El cine no nos permita reducirnos a binarismos: en las películas como en la vida, hay mujeres que actúan de hombres y hombres que actúan de mujeres; como infinitos devenires. No está de más señalar que de la minoría de mujeres que hacen cine o cuanto menos logran ser exhibidas, hay una buena parte que ocupa un lugar masculino en lo que a la historia del cine respecta. Lo que parece un tras-vestimiento no lo es: en la práctica, diría que son mujeres que filman a mujeres como lo harían los hombres. Es necesario hacer evidente desde la escritura crítica que toda mujer es capaz de ocupar ese lugar de poder continuando un mandato masculino, como es necesario mostrar la contracara, de tantas otras mujeres cineastas que liberaron a sus imágenes y a sus mujeres de los condicionamientos del mercado: Desde Asta Nielsen haciendo un provocativo Hamlet en 1921 hasta los cuerpos de las mujeres de Agnès Varda hay un largo trecho recorrido que es menester descubrir y relanzar al mundo. Se trata de un cine anárquico, impreciso, inorgánico, de mostrar un mundo, el mundo, los mundos posibles. No tiene que ver estrictamente con la Mujer si no con algo del orden de lo femenino entendido como disgregante, ambiguo, inorgánico, fuerte en su debilidad; en oposición a un estado de cosas uniformes, estables, coherentes. La elección de qué película llevar a cabo reside en la decisión de otorgar o denegar la posibilidad a sus personajes de ser algo más que la mera imagen de sí mismos, la posibilidad de ser muchxs. Es en esas películas en donde el cine se vuelve una herramienta peligrosa, en donde se despliegan las potencias hasta alcanzar al espectador que, movido por la incomodidad, saldrá de la sala de cine siendo muchxs también. No es el caso de Chasse Royale, en donde el dúo de directoras elige construir a una chica: sí, enojada, sí molesta para el sistema en el que está inscripta, pero filmada igual que cualquier otra chica, con un cuerpo que se mueve en función del caprichoso argumento de hacer una película que ella podría llegar a protagonizar, y dejando a su vez el resto de los cuerpos a merced de su paso. Es una pena que a las potenciales habitantes del cuerpo de Angèlique no se les permita ir más allá de lo esperable, de lo que cierra, del sentido unilateral acabado en chica-de-barrio; es una pena asimismo que las directoras no hayan indagado más en la relación entre quienes miran (ellas) y quien es mirada. Asumir esa complejidad sería lanzarse al vacío, asumir la impotencia de conocer, reconocerse débil ante el mundo. Lise Akoka y Romane Gueret carecen de esa valentía. Chasse Royale termina siendo una buena idea, con una buena factura técnica, y es por eso quizás que triunfa en Cannes. Algunas todavía exigimos del cine otro tipo de riesgos.

Azul Aizenberg

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Chasse royale