El infierno de las drogas. Chappaqua (1966), de Conrad Rooks

Juan Pablo Barbero 1 - Marzo - 2018 Textos

 

Porque no hay peor error que buscar la lógica en una experiencia cinematográfica que justamente intenta perderla, Chappaqua es una película de drogas, a mí parecer una de las mejores películas que tiene que ver con las drogas que se han hecho en la historia del cine. Imaginate entrar en una clínica de rehabilitación y que su director sea justamente William Burroughs, entre tantas magnificas apariciones que tiene esta joya extraña del New American Cinema de los años 60: Allen Ginsberg, Ornette Coleman y Ravi Shankar, por nombrar algunas mas.
 Chappaqua desde sus inicios es una caída libre al infierno de las drogas. No se ata narrativamente a un ilo conductor que no sea la mismisima experiencia de la frustración de la abstinencia y el libre albredrío de la alucinación, donde el material fotosensible juega con las transparencias y los recuerdos son interpretaciones del espectador. La historia tiene una premisa sencilla: la recuperación; de ahí en adelante lo demás es el caos. Una cámara ligera con un montaje vertiginoso nos acerca a un estado subjetivo del personaje que se arrastra por los pasillos de la habitación, pero cuando se pone de pie, sólo es para bailar.

Su director es Conrad Rooks, conocido también por hacer una adaptación del libro Siddharta  de Herman Hesse. Pero la historia le adjudica esta película un poco más a quien fue su camarógrafo, Robert Frank. El New American Cinema  está plagado de estas extrañezas perdidas, pero Chappaqua es la más extraña de todas, sin llegar al abismo experimental de Stan Brakhage, mezcla diferentes texturas para brindar la victoria de la forma sobre la historia que se cuenta. Del blanco y negro al color en sólo un parpadeo, de la saturación al vacío en un latido que estruenda como una bomba pero es un corazón, Chappaqua es una ola de confusión para quien no entra en el viaje, pero para los viajeros, es una nave al espacio más austero de la imaginación. Chappaqua incomoda a la razón porque esta en una película así no tiene participación, pero no se la necesita si se observa todo lo demás, desde escenas vampirezcas hasta rituales africanos en los pasillos de una clínica mental. Nadie sabe muy bien lo que está pasando y ahí es cuando la empezás a entender.
 Un párrafo aparte necesita su sonido, porque como se nombró en el principio, el free jazz se mezcla con la música hindú con sólo cambiar el color. La nota más aguda de un saxofón reemplaza cualquier grito, mientras que las cuerdas de algún instrumento indio genera una atmósfera de levitación mientras el espectador pierde conciencia de donde está parado, porque el sonido juega a ser un sueño siempre amenazado de entrar en una pesadilla.
 Por último Chappaqua es el exceso de todo, no sólo reina el peyote, la cocaína, el alcohol o cualquier sustancia; es el exceso de elementos cinematográficos dispuestos a narrar cualquiera de los efectos. Romper las cadenas del entendimiento para que sea más placentera la velocidad de la transición entre el llanto y la risa; mientras que la cordura sea la mejor vecina de la demencia. Para eso se necesita, más que ver la película, consumirla.

Juan Pablo Barbero

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