“El purgatorio de la nostalgia”. Chacabuco (2015) de Florencia Tolchinsky y Lucía Rongo

Rocio Molina Biasone 15 - Mayo - 2017 Textos 3º FCCH, Festival de Cine de Chascomús.

 

Todos tenemos, tuvimos, o tendremos algún lugar en el mundo que relacionamos con el concepto de “hogar”. Palabra particular, pues nos remite a una casa, mas puede no ser una; nos remite a la infancia, mas puede que en la infancia no hayamos tenido un hogar; y nos remite a una familia, mas puede que el hogar se asocie a la soledad, o a una sola persona. Sea como fuere, todos tenemos en mente un lugar en el mundo — más o menos delimitado, en cual que pasamos años, o tal vez apenas unos meses — que percibimos como un “hogar”.
La importancia que este tiene radica en que inevitablemente se vuelve parte constitutiva de nuestro ser, mientras que a la vez la selección de ese lugar implica que hay ahí una parte de nosotros que ya se veía reflejada. Cuando sos joven, tarde o temprano te encontrás en una conversación con alguien que ya ha vivido unas cuántas décadas más que vos — ya sea tu padre, tu madre, tu abuelo, tu abuela, tu tío, tu tía, o tal vez un/a vecino/a — en la cual dicha persona entra en la melancolía de hablar de su primer hogar. Mientras en nuestros espíritus de adolescentes tardíos hacemos un esfuerzo por entender a qué se debe tanto sentimiento por el recuerdo de un jardín, o de una biblioteca, o de una persona escuchando la radio cada mañana sin falta, nuestro/a interlocutor/a está adentrándose en una parte de sí mismx. Es muy posible que esta conversación la tengamos mientras estamos en el mismo lugar del que se habla: un viejo y perdido edén para unx, un misterio incomprensible para otrx.
Eso sucede en Chacabuco, entre Claudia, una adolescente, y su padre Marcelo. Las asperezas de esta relación, forzosamente distante tras la separación de Marcelo y la madre de Claudia, se ven finamente retratadas durante un verano en el cual padre e hija deben convivir en ese lugar que es para Marcelo un primer hogar, y para Claudia, un recuerdo distante y borroso de instantes felices y pasajeros de su infancia. Por si la relación entre una adolescente y su padre no fuese suficientemente tormentosa de por sí misma, esta en particular está atravesada por resentimiento de un lado, y por culpa del otro. Ni Claudia sabe cómo ser hija de Marcelo, ni éste sabe cómo ni qué hacer con ella.

Un hombre en su cuarta década, autoconsciente de lo fallido en su rol de paternidad, no puede evitar encontrar en su propio padre, y en el que solía ser su lugar en el mundo, un sitio de respuestas, una posibilidad para sanar lo roto, o para crear lo que nunca llegó a existir. Mientras, Claudia está en pleno despertar sexual, pleno momento de rebeldía, de esa dualidad entre ser una niña pero estar iniciando la adultez, entre aún pertenecerle a tus padres, pero ser una persona autónoma. Las relaciones poco ortodoxas entre ellos dos, Pipo, el novio de Claudia, y Sara, la ex cuidadora del padre recientemente fallecido de Marcelo, constituyen la riqueza de cada escena, riqueza estética y narrativa.
En esa enorme casa, alejada de la capital, una casa que no le pertenece del todo a nadie, esos cuatro personajes pasan un verano de transiciones: el duelo por un vínculo perdido, la recomposición de otro; la preservación de la memoria y el espíritu de un padre partido, y la reconstitución de un padre ausente; el despertar sexual de una mujer joven, la libido aún persistente de una mujer de tercera edad; las líneas borrosas entre autoridad y preocupación parental, y el cuestionamiento de cómo es que se hace, al fin y al cabo, una familia. Chacabuco es tanto el infierno, como el purgatorio y el paraíso: se podría decir, que todo hogar lo es.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

Chacabuco