“Como pez fuera del agua”. Cetáceos (2017) de Florencia Percia

Rocio Molina Biasone 25 - Abril - 2017 Textos - Foco:19º BAFICI, Buenos Aires Festival Internacional Cine Independiente

 

Cetáceos o Cetacea: orden de mamíferos euterios completamente adaptados a la vida acuática. Los más representativos para nosotros, las ballenas. Animales enormes, magníficos, y complejos que, como todo lo que vive y mueve en el agua, transita a ritmo lento, envuelto de sonidos de baja frecuencia y en una atmósfera que no puede sino parecernos extremadamente relajada a quienes nos desplazamos sobre tierra firme. Esta palabra que constituye el título del primer largometraje de Florencia Percia no es mencionada hasta que ya nos encontramos cerca del fin de esta historia. Sin embargo, viendo al personaje de Clara en acción, no nos quedan dudas respecto a la conexión entre estos mamíferos acuáticos y lo que vemos en pantalla.


De pocas palabras, expresiones faciales monótonas, y una voz en registro más bien grave, Clara se nos presenta como alguien que aparenta estar desconectada del mundo que transita, en otro plano respecto a quienes la rodean, respecto a casa lugar y circunstancia. Un alienamiento, pero sin que venga desde una posición de superioridad, sino más bien desde una mirada curiosa y desentendida.
Comedia sin esfuerzo, clima frío y ritmo acuoso, son herramientas para enmarcar a Clara en un momento de plena transición, una mudanza con su pareja, que más que emoción le provoca inquietud interior. Como si se estuviera apagando su Modo Automático, ella empieza a procrastinar lo “importante” para hacerle lugar al ocio, a mentirle a sus colegas y a su novio para poder caminar, comer, o hacer clases de tai chi, disciplina de movimientos cetáceos.
Prueba mundos sin volverse parte de ellos, y vive experiencias sin terminar de formarse una identidad. Clara no quiere un compromiso, no quiere amistades, no quiere cambiar su filosofía de vida. Incorpora la miel orgánica y casera, pero sin dejar el pollo de la rotisería; sale a cenar con un turista con quien se besa, pero sin dejar de hablar con su pareja que está de viaje; es aceptada para una beca de investigación, pero se presenta solo en última instancia para registrarse por “no tener tiempo”.
Es casi como si estuviera cumpliendo una lista de todas las cosas que una revista de salud y bienestar te podría recomendar: tiempo sola, cambiar de espacios, desconectarte del trabajo, conocer gente nueva, salir con amigos, hacer amistades con los vecinos, hacer actividad física o viajar. Lo que causa estupor, extrañamiento o hasta comedia, es que las acciones del personaje no parecen tener, o tal vez no tengan, una motivación explícita y evidente. No sabemos qué busca. O, en realidad, no sabemos si busca.
Clara actúa como muchos de nosotros actuaríamos si de un momento a otro perdiéramos la capacidad de entender el significado cultural de conceptos como “responsabilidad”, “importancia” o “compromiso”. Como si pasado y futuro se anularan, y quedara solo presente y antojos, y decirle al resto lo que quiere escuchar. No es con maldad, ni con egoísmo consciente, es casi por acto reflejo, o más aún, por naturaleza. No es el fin buscarle críticas a un sistema, ni tampoco juzgar a los militantes de la vida natural y espiritual, sino más bien mostrar a una mujer terrícola que atraviesa grupos, espacios y situaciones con la misma austeridad con la que es captada por la cámara. Ocio sin pasión, viajes sin emoción, relaciones sin amor. Como si no fuera parte de la especie. Como si en la tierra ella transitara como turista; como si en su pasaporte dijera “Nacionalidad: Oceánica”.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

Cetáceos