“Me pongo el vestido, me saco el disfraz”. Casa Roshell (2017) de Camila José Donoso

Rocio Molina Biasone 5 -Noviembre - 2017 Textos - Foco: 4to Asterisco Festival Internacional de Cine LGBTIQ.

 

Todos nos disfrazamos: cuando niños o siendo adultos, como juego o como supervivencia, con vestimenta o con un simple máscara de personalidad. El disfraz puede ser la excepción, o la regla. Puede ser aquello que usamos para liberar algo que no se nos deja mostrar en la cotidianidad, o puede ser una prisión en la que nos encontramos para no ponernos en peligro.
El Club Roshell es un lugar en Ciudad de México fundado para disfrazarse, pero también, y por sobre todo, para sacarse el disfraz. En este edén hecho para quienes se ven obligadas a mantener oculta una parte o el total de su identidad durante el día, conviven el compañerismo, la alegría, la seducción y la libertad de desear y ser deseadas. En las penumbras, en la iluminación carmesí, mientras suena una canción que nos apela diciendo “Soy lo prohibido”, allí nos reciben Roshell Terranova y Liliana Alba, abriendo sus puertas y aportando su conocimiento y sabiduría sobre reconocerse como mujer en un mundo que en su capricho aún insiste en llamarte “hombre”.
“¿Qué es eso de cambiar la voz?” pregunta Liliana durante un monólogo de comedia dirigido a sus clientas y a sus clientes. Allí no se va a ocultarse, sino a mostrarse, y sus voces no deberían ser motivo de vergüenza. Dicha vergüenza ya se les ha sido impuesta, y se les intenta seguir imponiendo, sin hartazgo. Pero las pelucas, los vestidos de lentejuela y los zapatos de tacón, son para estas mujeres símbolo y sensación de libertad. No se trata de cambiar su personalidad, sino de dejar surgir sus auténticas voluntades y humores, y todo aquello que durante el día le deben ocultar a familia, a amigos y a colegas.
Mujeres trans, varones que las desean, y hombres que deciden cuestionarse qué tiene que ver el reconocerse como varón, o el sentirse atraído hacia las mujeres, con la prohibición de ponerse encaje y maquillaje; ellos confluyen en ese espacio, se abren al amor y a la diversión, charlan del “afuera”. Se construye un paralelismo, entre el universo de esta narración colectiva, este Club que representa un mundo propio, y aquel que se encuentra del otro lado de la puerta. Para muchos de ellos, esa división es inevitable, su presencia es un peso constante. Para Roshell y para Liliana, esa división ya no existe. Ellas son las mismas, afuera y adentro.
Así como los límites entre “varón” y “mujer” se ponen en duda, también la diversidad embiste contra la forma tradicional de relacionarse. No hay celos, no hay pretendientes únicos, no hay obligación de contacto sexual, pero sí existe el “cuarto oscuro” para quienes sientan el deseo, y para quienes no les tiente, las conversaciones y caricias son bienvenidas, así como la música y la comedia.
Hay diversidad en las identidades, diversidad en las voluntades, y diversidad en las historias de quienes se encuentran allí, algunas ya habituées, y otras recién llegadas. Particularmente emocionantes son los encuentros que se dan, como por ejemplo el de dos mujeres que se conocen del “afuera”. Al igual que el resto de los personajes, sus nombres en esa realidad paralela nunca se mencionan, pero sí hablan de la felicidad que ambas sienten por haber llegado a aquel rincón, a aquella casa.
Como bien indica el título de este documental que no es documental, ficción que no es ficción, evadiendo y burlando las etiquetas al igual que los personajes que retrata, lo de Roshell no es solo un club, es una casa. Tal vez, incluso, la única verdadera casa y hogar que muchas de esas mujeres hayan conocido jamás.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

Casa Roshell