El lugar al que pertenece cada corazón. Calabria (2016), de Sauter Pierre-François

Juan Cruz Bergondi 15 - Mayo - 2018 Textos -Foco: 5º Construir Cine: festival internacional de cine sobre el trabajo

 

Para el hombre moderno mejor no aferrarse a nada, no vaya a ser cosa que en un abrir y cerrar de ojos lo tenga que soltar. El trabajo, aquel ajedrecista que diseñó el nuevo mapa del mundo partir de la industrialización, obligó a muchos a mudarse. En Argentina, sin ir más lejos, quedan los restos del desarraigo: aquí llegaron todos con la promesa laboral bajo el brazo y las manos vacías. Cada uno arrastró consigo el pedacito de tradición que pudo conservar y muchos soñaron sin éxito el día en que al fin pegaran la vuelta para sus pagos. Para unos cuantos, el destino rioplatense no fue un deseo, sino una obligación.
La migración laboral tuvo más variantes que la transatlántica. Al interior de los países europeos o en las fronteras con sus vecinos, los trabajadores -muchas veces en tren, como demuestra el archivo con que empieza Calabria, la película de Pierre Francois Sauret- viajaron en busca de otra oportunidad. En el caso del sur de Italia, si bien algunos se subieron a los barcos otros prefirieron emprender la subida: el aluvión inundó las zonas industrializadas, ciudades como Milán, Turín o Génova; y también llegó a Suiza, país límitrofe al norte. A esta última estación arribó Franceso Spadea, a quien rinde homenaje el documental.


Jovan y José, también inmigrantes -uno es serbio, y el otro, portugués-, son empleados de una funeraria en Suiza. Tienen una misión -como parte de su trabajo remunerado, claro está-: devolver el cuerpo del calabrés Francesco Spadea a su ciudad natal, Gasperina. Los dos días que tardan en llegar son los dos días en que los tres, encerrados en el automóvil, cargan de sentido los planos de la película, mientras a la vera de la nieve, de las montañas y del mar, la línea que separa la vida de la muerte se vuelve más y más delgada. Entre canciones folclóricas llenas de melancolía, y anécdotas sobre la familia y el lenguaje, estos dos guardaspaldas de la muerte -que por momentos parecen personajes escritos por Beckett- le quitan todo el dramatismo a lo que en verdad es natural.
La puesta en escena sobria y distante no se ahoga en la monotonía. Con las cartas puestas sobre la mesa, podés pensar que nada guarda especial interés. Y sin embargo, la película va -del mismo modo que la nave de Fellini-, fatiga los caminos que conducen a Calabria sin apuro, casi como si se tratara de un paseo. Pareciera que hubiese una ley -que el hombre moderno desconoce o ya olvidó- que une los destinos a la tierra. Todo tiene un sentido que tanto a los dos protagonistas como a vos se te escapa. El único que quizá sepa algo es aquél que calla en la parte de atrás -cuya presencia a lo largo del documental se deja sentir, siempre en ese plano maravilloso que reencuadra, con la ayuda de las líneas en fuga del cajón, lo que la aventura a su paso abandona-. El saludo final al calabrés no suena a despedida, sino a un hasta luego. Quién sabe si del otro lado nos volveremos a ver -y Dios quiera que no haya ningún trabajo, porque en el trabajo no hay ni dignidad ni deseo, y puede que al obligarte a separarte de tu raíz te arranque el corazón.

Juan Cruz Bergondi

juancruzbergondi@caligari.com.ar

Calabria