Bailarina, matadora, besada. Blancanieves (2012), de Pablo Berger

Rocio Molina Biasone 14 - Septiembre - 2015 Textos

 

En los últimos años, las películas que llegan a las salas cinematográficas son, cada vez más, predominantemente adaptaciones, remakes y secuelas. Y en los primeros dos casos, no se hace más que adaptar las historias originales a una demostración exagerada de lo avanzada que está la tecnología en materia de efectos visuales. Tal vez algún cambio en los personajes, darle un giro moderno a la trama, pero hasta ahí llegan. Nada que justifique su producción.

Es entonces un alivio encontrar que se sigan haciendo películas como la española Blancanieves (2012), de Pablo Berger, una ejemplar adaptación que logra diferenciarse completamente de otras hechas sobre el homónimo relato de los hermanos Grimm.

Ambientada en la Sevilla de 1920, entre toreros y bailarinas de flamenco, Blancanieves es un film en blanco y negro, y mudo. La estética de esos primeros largometrajes, una atmósfera y enunciación de fábula, momentos de misterio que parecen homenajear a Rebecca (1940) y a Psicosis (1960), y varios gags sexualmente sugestivos, se juntan en una adaptación que, guste o no, es definitivamente diferente de cualquier otra que hayan visto.

 

Baile en la sangre, sangre en el baile

La película puede ser analizada es dos partes, separadas por el intento de asesinato fallido a nuestra protagonista. En la primera, la trama en sí no varía mucho de la del relato original. Carmen Villalta, una bailarina de flamenco, está casada con Antonio Villalta, el matador más reconocido de Sevilla. Está embarazada. En una corrida, Antonio tiene un accidente y el toro lo embiste, dejándolo cuadripléjico. Simultáneamente, por el estrés del accidente, Carmen empieza el trabajo de parto, pero muere dando a luz a su hija. Rechazada por su padre, que no tolera la pérdida de su esposa y de su movilidad, la pequeña Carmen va a vivir con su abuela (interpretada por la multifacética Ángela Molina), quien la introduce al mundo del flamenco. Se nos hace presumir, falsamente, que el rumbo de Carmen va a estar marcado por esta herencia de su madre.

Durante su infancia, el contacto de Carmen con su padre es mediante intermediarios: él es su fantasma, una presencia misteriosa de la cual poco sabe. Es como si su madre estuviera viva en la música, pero Antonio apenas en un regalo ocasional. A la muerte de su abuela, Carmen debe ir necesariamente donde su padre.

Es aquí que se introduce del todo la otra figura central, arquetipo infaltable en una versión de Blancanieves: la madrastra. Encarna es una ambiciosa y manipuladora enfermera que, como ya se había mostrado, atendió a Antonio en su estadía en el hospital. Encarna lo seduce y lo convence de casarse, tentada por la riqueza del ex-matador.

Carmen es llevada a una mansión enorme y alejada de todo, y recibida por la cruel Encarna, quien le prohíbe terminantemente visitar la parte Oeste del piso superior de la casa. En esto último, y en las condiciones de encierro y servidumbre que Encarna la obliga a padecer, se nos asemeja atmosféricamente, y en la puesta en escena, a una trama hitchcockiana, y narrativamente a otros relatos como La Bella y la Bestia.

En la caracterización de Encarna, en las sutilezas que le dan profundidad a un personaje tan repetido en la historia del cine, reside gran parte de la fortaleza de esta película. Esta mujer, interpretada por Maribel Verdú, es una psicópata, sádica, y hasta una practicante de sadomasoquismo. Es atemorizante, siempre odiosa, pero a menudo también un personaje cómico, a los ojos de la misma pequeña Carmen, que espía los juegos sexuales de su madrastra y el lacayo. Además, su crueldad no es exclusiva o particular a Carmen, no la resiente, y menos aún por algo tan superfluo como “¿quién es la más bonita?”. Lo que Encarna ambiciona es poder: a partir del dinero, de la fama, de su renombre. Es simplemente una perversa, y Carmen es sólo un obstáculo por ser heredera de Antonio.

Determinante para Carmen es la relación con su padre. En el primer tiempo de su estadía en la casa, su presencia fantasmal crece: aún no lo ve, pero sabe que está en ese mismo lugar. Su cómica mascota, el gallo Pepe, como por un deus ex machina, la dirige hacia Antonio. Ambos prisioneros y maltratados por Encarna, se vuelven cómplices, amigos, padre e hija, finalmente. Es entonces que Antonio transmite a Carmen sus conocimientos de toreador, le enseña su tipo de “danza masculina”. Esta es la herencia que reemplazará a la de su madre. Una Carmen de pelo corto, género corrompido, que quiere ser toreadora.

 

La séptima enanita

Carmen crece, ya casi una adulta. Encarna se decide finalmente a ponerle fin a la vida de su marido. Carmen devastada, Encarna posa para las fotos al lado del cadáver de Antonio, que viste su traje de torero. Similarmente al cuento, Encarna manda muy lejos a Carmen a recoger flores. Su lacayo la sigue (aquí no habrá cazador arrepentido), la ahoga en el agua y la da por muerta.

Aquí es donde la película parte con una mirada fresca y aún más alejada de su relato original. Carmen “despierta con el beso de su príncipe”: un muchacho le da respiración boca a boca y le salva la vida. Carmen es acogida por un grupo de enanos circenses, su “príncipe” siendo uno de ellos. El incidente le provoca amnesia, y no recuerda su identidad. Si contamos, nos damos cuenta de que, curiosamente, los enanos son seis. Ellos son, además, enanos toreros, que van de gira presentándose y dando su show. “Blancanieves” la llaman. “Como la del cuento”, dicen.

El número de integrantes y la naturaleza del trabajo de sus nuevos amigos nos invita a sospechar lo que luego sucederá: Blancanieves encontrándose por accidente con un talento de torera, aún sin sospechar de dónde venga, pero asumiendo una nueva identidad. Por supuesto, es ella la séptima enana, parte del grupo. A su vez, este acontecimiento le cuesta un nuevo enemigo, por más que no sea eterno, uno de su mismo grupo, “Gruñón”. Este es un odio más humano, es la envidia: es de hecho, más semejante al tipo de mal que encarnaba la madrastra en la historia de los Grimm. Él era la estrella antes, el mejor torero del grupo, y ahora a sido reemplazado, nada menos que por una mujer.

 

Blancanieves encadenada

Blancanieves es ahora famosa, conocida en toda Sevilla, tapa de las revistas. Es aquí que volvemos al Mal verdadero, Encarna, que no tolera verse opacada por Carmen/ Blancanieves en su éxito. Y también se nos presenta una clase de mal moderno, que viene a cumplir parte del rol de “hechizo” final: un contrato de trabajo exclusivo y de por vida, tapado bajo la premisa de una gran oportunidad de trabajo, que Blancanieves, al no saber leer, firma satisfecha.

Toda la escena antes de presentarse en el gran estadio de Sevilla es una perfecta réplica de la escena inicial de la película, en la cual Antonio era quien se presentaba en la arena: un colgante con la foto de Carmen madre es el primer gatillo a su autodescubrimiento. El segundo llega con el reconocimiento del viejo representante de su padre: “Antonio Villalta estaría orgulloso de su hija”.

La confusión por estas revelaciones, el truco de Gruñón de cambiar la vaca por un toro, y la manzana envenenada que le regala Encarna, desencadenan el fin de la matadora (que en verdad nunca mata) Blancanieves, en medio de la gloria, los aplausos, el honor. Muy lejos estamos de la sola, pobre e inocente joven que se deja engañar por una anciana, y cae en un hechizo rompible sólo con un beso de verdadero amor.

No sólo eso, sino que, quedando viva aunque completamente paralizada, Blancanieves es forzada a cumplir su contrato, su condena: hacerle ganar plata a su representante con un truco de circo (“¿Milagro o Maldición?”), en el cual una fila de personas esperan para despertar a la bella dormida. Una lágrima en ese rostro inmóvil nos deja sintiendo náuseas.

El milagroso beso del verdadero amor: una vida entera de impotencia mientras un extraño tras otro paga plata por poner sus labios contra los tuyos.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

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