La profundidad del agua. Barrefondo (2017), de Jorge Leandro Colás

Juan Pablo Barbero 14 - Mayo - 2018 TextosFoco: 5º Construir Cine: festival internacional de cine sobre el trabajo

 

Si algo le faltaba a la narrativa de ficción argentina, era un personaje tan peculiar como un piletero. Aquel que está siempre detrás de la ventana para el cine porque siempre filman de adentro, y la pileta, si no hay un ahogado, es un mero decorado. La literatura no conoce muchos pileteros, conoce nadadores, pero es porque se estaba esperando a Félix Bruzzone. Esta es la primer adaptación cinematográfica que se hace sobre un texto suyo y a la vez coincide con la edición de su último trabajo literario. Que no es justamente la novela Barrefondo, que es la cual se basa la película; sino un libro de crónicas que se llama Piletas. El primero es ficción y el segundo más bien hay un trabajo documental. Pero las palabras Barrefondo y Piletas tienen tanto que ver como la ficción con la realidad. Hay una línea muy finita, que ni el mejor cloro puede borrar.


La película se adapta de una forma bastante fiel al libro, pero dándose las libertades necesarias para que sea una obra cinematográfica y no una copia de lo que se lee. Algunos planos muy interesantes como los que se difuminan en el agua, entre la luz del sol y los químicos que intentan borrar la sombra de quien los arroja. Ya la idea del barrefondo es muy interesante, porque encuentra su carácter poético en esa chispa constante de que en las profundidades siempre hay algo misterioso y entonces, sucio, que hay que limpiar. Pero Barrefondo lejos está de tener un superhéroe porque nadie necesita a Acuamán cuando se tiene algo más interesante como es la realidad. El protagonista encuentra en un pequeño mundo como los barrios privados, un escenario profundo que no necesita ni de oscuridad, porque se limpia la mugre a la luz del día y si te tirás al agua cuando se está trabajando de electrocutás. Disfruta del juego de saberes entre personajes, porque la idea para el espectador no es aclararle las ideas con imágenes sino limpiar la narrativa, removerla para otro lado. Dar otro enfoque, sin ponerse experimental, una narrativa pura y concentrada en un punto de vista que no quiere salirse de esa forma tan bien marcada como es la focalización del encuadre cinematográfico que se parece a una pileta. Lo que el personaje no dice o no ve, el espectador no lo sabe y esas pequeñas digresiones del piletero, junto a las elipsis cinematográficas, son también parte del oficio para dejar todo limpio el panorama.

 Lo que se difumina en el reflejo, es la presencia del género, porque buen piletero sabe meterse en lo profundo sin agitar las aguas. Lo turbio no es cuestión de la naturaleza, en este caso, sino del motor del barrefondo. El personaje, ubicado en el borde, siempre amenazado por caer al otro lado. Un lado que lo enfrenta a una lucha de clases, pileta para afuera: obligado a soportar la hipocresía del lujo de los barrios privados; y el otro lado, pileta para adentro: una red delictiva que lo obliga a colaborar en trabajos que sólo van a traerle más problemas. Pero el protagonista, siempre está en el borde y de ahí no puede salir, sabe limpiar el fondo pero no nadar y su salvavidas no es lo suficientemente grande para darle lugar a su familia, porque aun en el borde, también tambalea toda su realidad. El piletero está constantemente amenazado a perder todo lo que tiene por culpa de todo lo que lo rodea: un suegro que lo molesta, unos delincuentes que lo molestan, policías que lo molestan, patrones que lo molestan.  Al fin y al cabo la molestia lo lleva a realizar pequeñas acciones que pueden dar grandes giros a su cotidianeidad.

Juan Pablo Barbero

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