Chicos ricos con tristeza. Atrás hay relámpagos (2017), de Julio Hernández Cordón

Nicolás Taramasco 22 - Abril - 2017 Textos - Foco:19º BAFICI, Buenos Aires Festival Internacional Cine Independiente

 

Atrás hay relámpagos es una película costarricense que sigue a un grupo de amigos, jóvenes de veintitantos, que podríamos denominar fácilmente con el término “chetos”. Rockeritos con piercings y ropa de marca, pulcros más allá de alguna barba desprolija o una cabellera teñida de colores. Todo indicio de rebeldía juvenil está cuidadosamente colocado, como suele ocurrir con todo rasgo contracultural cuando pasa a través del tamiz de la moda. Este peterpanesco grupo de “niños perdidos” parece no tener (ni necesitar) trabajo alguno, viviendo para el ocio en una eterna procesión de bicicletas. Sus vidas no tienen rumbo, destino o fin último, más allá de recorrer los caminos en dos ruedas, como Peter Fonda y Dennis Hooper. Pero así como la bicicleta es la versión infantil de la motocicleta, la rebeldía de estos “niños perdidos” también es una versión infantil de los centauros motorizados de Easy Rider. Veamos, es posible que la rebeldía de Fonda y Hooper parezca infantil comparada al espíritu revolucionario de un militante con una base teórica y una ejecución práctica fuertes. Pero aún así, Fonda y Hooper son contracultura, pertenecen (conscientemente o no) a un movimiento social en ebullición. Su mera presencia ofende a los valores tradicionales de la burguesía, y eso los convierte en marginados, “outlaws”, fuera de la ley. Su belleza es genuinamente sucia y desprolija. No son “cool” (bueno, Peter Fonda tal vez es el tipo más cool de la cinematografía norteamericana, pero su personaje, en el contexto de Easy Rider, no lo es).
Los jóvenes de Atrás hay relámpagos no son revolucionarios, son hedonistas. Sus actos de rebeldía pasan por robar guirnaldas de luces para usarlas como adornos mientras andan en bici por la noche. Formalmente, la cámara sigue sus recorridos con movimientos muy prolijos, una fotografía “bella” y una banda sonora de canciones “indie rock” del estilo de El Mató a un Policía Motorizado (suenan en la película, con “Mi próximo movimiento”). Como resultado, la película por momentos parece una secuencia de publicidades de telefonía móvil. Más allá de que la fotografía de la película remite a numerosos comerciales actuales dirigidos a la juventud con posibilidades de consumo, es interesante la elección de la banda sonora. Este “indie rock” posee influencias del noise, el krautrock y el rock alternativo proto-grunge, pero limpiado de la suciedad y la agresividad de bandas como Pixies o Sonic Youth. La banda sonora de la juventud higienizada.
En la primer escena de Atrás hay relámpagos, la protagonista, Sole, finge tener un ataque de epilepsia para jugarle una broma pesada a los clientes de un supermercado, haciéndole pasar un mal momento al guardia de seguridad, que al fin y al cabo, es un simple trabajador. Esto es lo más cerca que están los personajes de la película de desafiar a la autoridad. Sole pertenece a una familia adinerada. Se queja de los que piensan que porque tiene dinero no sufre, aunque ella sí lo hace. No comprende que los problemas se multiplican exponencialmente cuanto menos dinero tengas. Suele comportarse como una niña todo el tiempo, muchas veces de forma caprichosa y egoísta, aunque ella apenas se da cuenta. Debido a esto tiene un conflicto con su mejor amiga, Ana. La abuela de Sole tiene una mansión con un patio lleno de autos. Sole elige uno de ellos para que Ana y ella lo usen como taxi. Dentro del baúl encuentran un cadáver (el de un inmigrante nicaragüense). Como Ana tiene los pies más en la tierra, decide llamar a la policía. Y como Sole tiene miedo de que metan presa a su “abuelita” (una octogenaria, senil, “conectada a tres máquinas”, totalmente inimputable), le quita el celular a Ana y la encierra en la propiedad. Ana le pega un cachetazo y la increpa por ser siempre infantil y egoísta. Sole se compromete a llamar a la policía, sólo si mueven el cuerpo a otro auto, porque no quiere quedarse sin el auto que eligió. Para Sole, la muerte del inmigrante es anecdótica (aún cuando ella se queja de cómo la discriminaron por latina en sus viajes por Estados Unidos y Dinamarca). Es Ana la que se preocupa por rastrear a la familia del finado, para que deje de ser un desaparecido.
El director, Julio Hernández, no le esquiva el bulto al vacío que hay entre estos jóvenes despolitizados y la realidad más allá de su endogámico entorno. Cuando van a ver a la familia nicaragüense, el grupo se encuentra con un barrio pobre, en dónde la ropa de marca y la blanca piel de los “chetos” está de más.
Para dar su pésame a la familia, deciden hacer un arreglo de flores que represente la bandera de Nicaragua en la pared de la casa. El nieto del muerto (que por sus tatuajes y su forma de hacer ejercicio, podríamos pensar que fue tumbero) sale de la casa, ofendido, furioso, y amenaza a uno de ellos con un cascote si no se van. Los “chetos” se retiran con la cola entre las patas, en silencio. No comprenden lo ocurrido. Existe un abismo que nunca podrán superar.

Juan Pablo Barbero

juampabarbero@caligari.com.ar

Atrás hay relámpagos