“El cuerpo en la frontera”. Apricot Groves (2016), de Pouria Heidary Oureh

Rocio Molina Biasone 7 - Junio - 2017 -Foco: 17º FICDH - Festival Internacional de Cine de Derechos Humanos

 


Cuando de arte se trata, en particular de artes visuales — aunque la literatura también tiene sus modos para decir mucho, sin decir nada — las obras suelen ser más interesantes cuando menos necesitan explicar. Ausencia de información en los diálogos, imágenes que sugieran y no expliciten, son elementos difíciles de encontrar en el cine. A menudo nos rendimos ante el miedo por la confusión del espectador, y abandonamos la poesía en pos de la transparencia. Esto es una pena, porque en las películas siempre es preferible arriesgarse a ser confuso que a ser redundante, y elegir narrar con imágenes, contrastes y atmósferas antes que comunicar datos.
Pouria Heidary Oureh sabe esto; su film lo demuestra. Es incluso una rareza, ver un tratamiento audiovisual como este, que va de lo externo a lo interno, y no viceversa, insinuando pero nunca explicitando, en una película sobre temática de género. Mejor dicho, la información está, desde un inicio, pero el que debe trabajar para darle una forma es el espectador. Como sucede respecto a la identidad de género, estamos acostumbrados a mirar a alguien, sumar A más B más C y definir, “varón” o “mujer”.
Dos luchas distintas atraviesan este film, una explícita, evidente y declarada, y otra silenciosa, oculta, que no se hace presente hasta que se menciona. La primera, aquella inmemorial y eterna lucha entre etnias, entre naciones: la xenofobia y construcción de un Otro a través de diferencias históricas, culturales y territoriales. La segunda, la lucha de género, una lucha tanto o más física que la anterior, pero que aún siendo el cuerpo mismo el campo de batalla, se trata de una guerra fría. Al menos fría, mientras lo “obsceno” se mantenga fuera de cuadro. A nuestro protagonista Aram, lo atraviesan ambas.
Aram, hombre armenio-iraní. Aram, hombre, pero aún mujer para el Estado iraní. “El amor te salvará”, pero curiosamente, pocas cosas en la vida se ven tan dificultadas como la posibilidad de amar cuando pertenecés a un grupo marginado. Amar, al fin y al cabo, es tal vez la expresión máxima y la mayor libertad humana. Pocas otras cosas nos separan tanto de animales, como el hecho de elegir la compañía de alguien más allá de una mera necesidad de reproducción o de seguridad.
Tanto su hermano como él, son armenios en Irán, pero iraníes en Armenia. Los identifican según lo que tienen de diferente, en vez de lo que tienen de similar. Como teoriza René Girard en El chivo expiatorio (1986), la razón por la cual apartamos a quienes vemos como “diferentes”, no es el miedo a la diferencia: es justamente lo contrario, necesitamos restringir a un grupo de “diferentes” porque lo que tememos, al fin y al cabo, es que no haya diferencia, que sean iguales a nosotros. Mientras haya un Otro respecto a nosotros, nuestra identidad seguirá intacta y no habrá ambigüedad.
Es por eso que las personas como Aram constituyen un punto de crisis en este miedo. Alguien que es como nosotros, pero que tiene algo del Otro. ¿Qué se hace? Las soluciones posibles que nos da este mundo, las solución para que Aram pueda casarse con la mujer que ama, es la de rendición ante una identidad: en este caso, la rendición ante lo armenio, y la rendición ante genitalidad masculina.
“Ojalá se pudieran cambiar los cerebros” dice la enfermera que atiende a Aram en la clínica de cirugía estética. Uno no puede sino estar de acuerdo, pues ¿quién no querría arreglar en los cerebros eso que hace que una prenda de más, unos centímetros más de cabello, un poco más de volumen en los pechos, cambie de forma radical cómo vemos y llamamos a una persona?
Aram es un hombre trans, pero alguna vez vivió como una mujer machona. Aram vive en Estados Unidos, pero alguna vez fue un armenio en medio de Irán. Aram viste un smoking, pero en al cruzar la frontera — frontera territorial, frontera de identidad y frontera de cuerpo — aún debe ponerse el hijab, y esperar a que un guardia de migraciones le diga “Bienvenida”.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

 

Apricot Groves