“De personas y muñecos”. Anomalisa (2015), de Charlie Kaufman y Duke Johnson

Rocio Molina Biasone 6 - Julio - 2015 Textos

 

Desde que el simpático ratoncito de Walt Disney apareció por primera vez en la pantalla, esa excepcional técnica cinematográfica que es la animación ha sido automáticamente asociada a las películas infantiles. Tanto así, que ante una película como la de Kaufman y Johnson, sentimos la necesidad de aclarar que es “una película animada, pero no una de chicos”.

Pero la animación, de por sí, es simplemente un modo alternativo de poner imágenes en movimiento. Una técnica, un formato alternativo, que probablemente sea lo más cerca que estamos de hacer magia. Lo que de seguro no es, es un formato exclusivo para cine infantil. No pude evitar preguntarme, después de ver Anomalisa, ¿por qué es que la animación tuvo y tiene tanto éxito y uso en entretenimiento y arte para niños?

Ahí logré entender un poco mejor esta estrecha relación: la animación nos permite explorar lo imaginativo, lo abstracto y lo onírico, de una manera que ninguna imagen de “realidad” podría hacerlo. Al menos no con facilidad. Así tiene sentido, pues ¿qué hay de más infantil que la imaginación, la creación y la invención de formas, criaturas y mundos que nada tienen que ver con las imágenes cotidianas? La animación nos lleva a un espacio puramente mental, no de sensaciones físicas sino meramente abstractas.

Entonces, siguiendo esa lógica, ¿por qué no hacer uso de la animación para un relato cinematográfico sobre la psique? Una película ni infantil, ni cómica, pero sí de sueños, de emociones, de psicología, aunque, en este caso, dramática.

 

El formato necesario

El stop motion es de las técnicas más artesanales y antiguas en el mundo de la animación, y es la forma en que se rodó Anomalisa. Sin embargo, el stop motion del nuevo film de Kaufman es de una elegancia y pureza particular. Hace que, por momentos, te olvides de que lo que estás viendo es una animación, y, por otros, te lo haga notar intencionalmente, dentro de un espacio de pesadillas, donde esos personajes súbitamente se desarman, develando al muñeco que hay detrás.

Por fuera de esos momentos, los personajes parecen tener carnalidad. Sus cuerpos terminan pareciendo más realistas que los de cualquier película con actores vivos, a veces tan retocados y limpiados de sus imperfecciones y de su carne. Esto tienen los cuerpos de Anomalisa, presencia humana, movimientos, expresiones y carnalidad más real que la realidad.

Pocas veces se siente que una determinada película no podría haber sido realizada de un otro modo, u con otra técnica. Mejor dicho, sí, sucede cuando una obra da en el blanco correlacionando técnica, guión y estética. Esto me pasó con Anomalisa, que más allá de si nos parece una película más o menos buena, o muy buena o excelente, puedo afirmar que no podría haber sido realizada de ninguna otra manera, no sin perder gran parte de lo que intenta transmitir.

Desde ya, hacer que todos los personajes, exceptuando a Michael y a Lisa, tengan el mismo rostro y la misma voz, nunca podría funcionar en una película de seres vivos con la naturalidad con que se da en Anomalisa. La sospecha de que algo anda mal nos vendría al primer instante, y no nos permitirían la ingenuidad de atribuir lo que estamos viendo a una simple decisión estética.

 

Kaufman y el vacío

Si hay una constante en el trabajo de Kaufman, ya sea como guionista o como director, es la fascinación por adentrarse en la psique humana. Con películas de su autoría tales como Eterno Resplandor De Una Mente Sin Recuerdos, Being John Malkovich y Adaptation, no podemos negar la importancia que tiene la psicología en sus personajes, e incluso en la narrativa de sus films.

Un factor común en su filmografía es el del vacío: hay algo que a sus personajes principales les falta, que añoran, aunque no saben qué es. Personajes estancados, ya sea en un guión, en una pareja, o en su vida misma; algo les impide disfrutar, algo obstaculiza su habilidad de ser felices. No son historias repetitivas, ni muy similares más allá de esa característica, pero el suyo es un estilo guionístico único.

Anomalisa va cambiando nuestras impresiones a lo largo de su desarrollo, y lo que pensamos que sucede en el inicio de la historia no es en absoluto lo que parece ser. Kaufman juega un poco con algunos conceptos y tópicos que tenemos demasiado aprendidos, que están como instalados en nuestras mentes a la hora de introducirnos en una historia: por un lado, el héroe, el protagonista, y por otro, el rol de este en una película sobre amor.

Anomalía en la monotonía

Michael es un hombre cansado y aburrido con su vida, todas las personas que lo rodean le resultan similares. No sólo le resultan a él, sino a nosotros mismos. Hasta que conoce a Lisa. Ella tiene un rostro diferente, y una voz propia. Hasta acá es una historia de amor relativamente simple, sobre cómo un hombre en un matrimonio infeliz, con fracasos en relaciones pasadas, conoce al verdadero amor de su vida, la que puede cambiarlo todo.

La forma en que vemos al resto de las personas bien podría ser una metáfora o ilustración de la falta de particularidad que las caracterizaría: mismas acciones, mismas palabras, que siguen modas sin preguntarse. Muchísimas explicaciones rumbo hacia una crítica a la sociedad pueden ocurrírsenos durante los primeros dos tercios del film.

Michael es atormentado por pesadillas, en las que su particular rostro se convierte en uno igual al resto, o aún peor, en las que por debajo de su cara encuentra que, después de todo, él es un muñeco. Pesadillas que Lisa viene a calmar, al menos temporalmente.

El giro que da la trama hacia el final no es uno como los que suele haber en películas sobre romance, o sobre encontrar la felicidad. No sólo en cuánto desemboca en el fracaso de estas voluntades, sino en cuanto el protagonista deja de ser quien tiene la objetividad, o la razón respecto a lo que ve y siente. En general, aunque de moral reprochable, o de sentimientos inseguros, el protagonista termina haciendo lo más correcto para sí mismo, y termina encontrando su felicidad o calma. Eso, o muere, ¿no?

En Anomalisa tenemos una revelación: estamos frente a un personaje con una fuerte tristeza e incomodidad. Con un hueco. La salvación que Lisa representa no puede durar, porque el vacío que Michael siente no se encuentra por fuera, en el mundo, en los giros que su vida tomó, sino que está dentro suyo, dentro de su cabeza, convirtiendo rostros en un único prototipo, haciendo de todas las voces un mismo sonido.

Michael proyecta en el resto su miedo, su sombra, lo que lo persigue: que el es un robot, que eso se volvió en su experiencia de “atención al cliente”, un servidor anónimo e infeliz, una persona más con una vida poco especial, y prefiere ver la mecanización en todo el resto de los humanos antes que verla en sí mismo.

El protagonista es su propio antagonista, es de él mismo que no logra escapar, y lo peor de todo, está ciego a tal realización. Ciego, y aparentemente, condenado a seguir así. Mientras que Lisa se vuelve la victoriosa, la que verdaderamente lleva una vida diferente, es dueña de un carácter único, pero desapercibido por la mayoría. Michael detecta eso de especial, logra aferrarse una noche. Pero la monotonía que se dice particular, no podrá jamás permanecer con la anomalía que se cree banal.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

Anomalisa