A fuerza de grupo. A fábrica de nada (2017), de Pedro Pinho

Juan Pablo Barbero 11 - Mayo - 2018 -Foco: 5º Construir Cine: festival internacional de cine sobre el trabajo.

 

Una gran tuerca que le dio seguridad a la maquinaria del cine contemporáneo es el nuevo cine portugués que desde hace unos años da mucho que hablar. Ya que logró crear referentes nacionales para varios períodos de la historia, desde Manoel Oliveira, Pedro Costa a Miguel Gomes. Los cineastas más jóvenes tienen influencias muy fuertes de su propia tierra. Pedro Pinho es un director con mucha industria nacional, pero no en el sentido hollywoodense, sino más en un sentido capital. Si de algo se caracteriza el cine portugués es de siempre jugar con esa línea fina entre el documental y la ficción, entonces Pedro Pinho en una película como A fábrica de nada, pone en marcha el funcionamiento pero acelera la producción para llevar la cuestión a algo mucho más extremo. 

A fábrica de nada cuenta la historia de unos obreros que van a ser despedidos y por eso deciden tomar la fábrica, esta historia tan poderosa colectivamente, también tiene sus desvíos en las vidas privadas de algunas de sus partes. Lo importante de la película es funcionar como una máquina gigante. Para eso está estructurada de diferentes formas como si el montaje trabajara poniendo y sacando las partes. De lo individual a lo colectivo, separar y unir, ensamblar. La fuerza sin duda está mayoritariamente puesta en cuando todos los personajes parecen ser sólo uno, donde se esquiva lo melodramático y se acentúa la revolución. Los trabajadores van a oponerse a la decisión de los superiores y la fábrica empieza a funcionar de otra manera. Y así la película, ya que toda esta trama, bien puede ser funcional para un gran documental, la ficción es el eslabón mayor, y se lleva a paroxismo hasta incursionar en el musical.

 Lo del musical lejos estamos a de Bailando bajo la lluvia, acá la única lluvia que los baña es la del sudor y del aceite. Quizás más cercana a Bailarina en la oscuridad de Lars Von Trier, pero la técnica también colabora en exteriorizar con la forma el sentimiento que subyace del film. Filmada en 16 mm y con una cámara que también es parte de la coreografía laboral, por un lado registra y observa; y por el otro tiene la función de hacer un encuadre funcional a lo que se cuenta. Algunas canciones son tan mecánicas como el flujo del funcionamiento de las máquinas y las coreografías no son bailes arduamente ensayados, sino corridas desesperadas por la fría cotidianeidad de la plusvalía. Acá si se entra a un mundo onírico como exige el género, se entra adormecido a un sueño del engranaje del capital, que es a la vez la pesadilla del trabajador.

Juan Pablo Barbero

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A fábrica de nada