“Activismo en la sangre”. 120 battements par minute (2017), de Robin Campillo

Rocio Molina Biasone 5 - Diciembre - 2017 Textos

 

 

No me van a ver llorar por vos, me van a ver agitando.
— BIFE , “Furiosa” (2016)

 

A pesar de que hablar de VIH y de SIDA ya no es el tabú que solía ser en la década de los 80 — aunque tampoco sería correcto decir que esta condición de “lo que no se dice” se ha dejado atrás por completo —, su representación en el cine aún suele ser pacata: a menudo es tan solo una enfermedad innombrable, que el público reconocerá; otras veces se explicita pero poca mención se hace al momento del contagio, a la carnalidad y la realidad de cómo eso se produce; y también bastan y sobran las películas que optan por martirizar a los personajes que padecen esta enfermedad, a dejarlos callados, impotentes, mostrando el sufrimiento hasta con morbo. Con estos temas el cine puede olvidar que donde hay muerte también hubo vida, y que estas vidas no fueron silenciosas, que esa vida gritó hasta el cansancio para no convertirse en muerte.
En 120 battements par minute el SIDA está presente, no solo como sentencia de muerte, sino como condicionamiento para una vida de lucha. El énfasis no está en la derrota del cuerpo, sino en la defensa de los derechos y de la integridad. ¿Quiénes tuvieron que luchar, a costa del gobierno, de la industria farmacéutica, del conservatismo y del miedo de su propia comunidad? Gays, lesbianas, prostitutas, drogadictos, presos, todos los que ya llevaban la marca invisible del rechazo de la sociedad, ahora debían llevarla en la sangre y en el cuerpo. Y si ellos iban a ser marcados y atacados por su estilo de vida, no iban a irse sin antes marcar y defenderse de quienes tenían el poder, mas no la voluntad, de hacer algo para salvarles la vida.


Lejos de enfocarse en el padecimiento, en las heridas y en la miseria de las diferentes fases de una enfermedad particularmente destructiva, Campillo elige narrar el activismo de los infectados de VIH y de sus aliados: un activismo sin descanso, porque tiempo es su recurso más escaso; un activismo desde varios sectores, y con ideas diferentes y en contraste. Las luchas por derechos humanos nunca fueron cosa fácil, pues no hay una respuesta definitiva respecto a qué es lo que sirve, cuánta agresión hay que devolver, cuánta violencia hay que aguantarse callados, cuándo es hora de enojarse y cuándo es hora de dar alegría. Es una película sobre activismo, sobre la actitud y la fuerza que requiere, sobre victorias y derrotas, y sobre cómo prepararse para lo peor.
Dos cosas en particular me gustaría destacar de este filme. La primera es la manera en que utiliza lo cinematográfico para encarar una concepción instalada en el inconsciente colectivo pero equivocada: el pensar el momento del contagio como una especie de tocar fondo, como un instante de perdición en el que una maldición azotó a la persona. En 120 battements par minute los protagonistas recuerdan el encuentro en el cual se contagiaron, o en el cual corrieron riesgo de contagiarse, y la imagen mezcla pasado con presente. El sexo actual se confunde con esa relación del pasado, pero la atmósfera no es de terror, no es de tristeza, sino que la sensualidad sigue intacta. El contagio se puede dar en un contexto de felicidad, seguido de un orgasmo. Es fácil, luego de que todo ha sucedido, ver esos instantes con un velo premonitorio, como si el pasado que causó la enfermedad, y la actividad que la posibilitó, tuvieran que ser miradas con rechazo, con vergüenza. Pero eso no fue verdad, ni tampoco lo es hoy: el contagio es banal, y es fácil. Para los infectados, el pasado fue un cotidiano, y lo terrorífico no es pensar en cómo ni donde empezó su sentencia, sino tener que vivirla y que a nadie le importe.
La segunda tiene que ver con la forma en que se trata la muerte anunciada, cuando efectivamente llega. Si durante casi toda la película es una realidad cuyo detalle y carnalidad queda subrogada a la importancia y los conflictos del activismo, cuando finalmente llega, la muerte por SIDA, lo hace con una delicadeza y humanidad tan real como triste y bella. Una muerte así es trágica, angustiante y desesperante para los seres queridos. Pero también es la única instancia de todo el proceso de esa enfermedad que ellos pueden controlar y hacerla propia, en vez de estar teniendo que pelear y gritar para hacer valer su voluntad y sus derechos. Luego de una vida de combate y de resistencia, viene una muerte y un duelo con lágrimas y silencio, pero también con amistad y contención. La muerte no es el fin. La muerte es un motivo para volver a salir a la calle.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

120 battements par minute