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Nele Wohlatz Domingo 9 - Julio - 2017 Columna de Nele Wohlatz


Hace poco nos tuvimos que mudar. Todo el mundo expresó su compasión con la dudosa declaración de que una mudanza se encuentra en el top 3 de las situaciones de mayor estrés. ¿Y una fuga? ¿Y el diagnostico de una enfermedad terminal? ¿Y un accidente nuclear? ¿Y el hecho de que todos los que me hablaban del famoso top 3 tengan familia en Argentina, que en un caso de urgencia le daría un hogar sustituto, pero yo no? En silencio, juntaba argumentos por los cuales la mudanza me estresaría especialmente a mí.

La nueva casa era fría y en sus paredes llevaba marcas de los cuadros de la señora que había vivido ahí. A los pocos días observé que la sal y el chili formaron grumos en sus frascos por la humedad y que mi moco probablemente no desaparecería durante todo el invierno. El internet no funcionaba. Entonces, iba a trabajar con mi computadora a la heladería de la esquina. La heladería tenía arañas con cristales de plástico, sillones de cuero artificial blancos y un botón rojo en cada mesa, que servía para llamar a los mozos como los azafatos en un avión. A mi mozo, le hacía señas con la mano cuando quería pagar, incluso después de que me dijo que el sistema de los botones les ayuda a trabajar mejor.

En la heladería corregí una traducción del ingles al alemán. El texto trataba de un artista chino y su muestra en una ciudad de provincia en Alemania, de teorías estéticas y filosofía del arte. Durante los primeros dos días no entendí nada. Pero poco a poco fui descubriendo que la sintaxis escondía un universo de relaciones que existían independientemente de mí y de mi uso del idioma. Después de una fase de estiramiento y precalentamiento empecé una suerte de acrobacia lingüística, con objetos directos e indirectos, sustantivos convertidos en complicados adjetivos, frases relativas y frases laberínticas de cuyo uso me había desacostumbrado y que dentro del castellano no manejo. Finalmente, ir a la heladería era como irme a una luna de miel con mi idioma materno. Presentí que el idioma también es una casa. Pero es difícil entender algo sobre las palabras, usando palabras.

Los protagonistas de la película “Brothers of the Night” (2016) hablan una mezcla de rumano, un dialecto gitano y alemán vienés. Trabajan de prostitutos en Viena y las únicas partes que entendí sin leer los subtítulos, las que dicen en alemán, son las partes más obscenas, las que aprendieron en el trabajo. Ellos son el único publico en el mundo que podría ver la película sin los subtítulos, una sociedad secreta lingüística sin acreditación para los festivales de cine. Su lenguaje es una construcción precaria, pero les pertenece exclusivamente a ellos, es propiamente suyo. En cursis antros vieneses, iluminados en azul y rosa, actúan escenas de su vida cotidiana. Representan a putos, pretendientes, amantes y adversarios. Sus juegos de roles son ambiguos como su lenguaje, llenos de contradicciones, reescribiendo relaciones de poder. Desgraciadamente, son interrumpidas por entrevistas en las que cuentan algunos detalles de sus vidas. Las entrevistas son opuestas a las escenas actuadas, en ellas todo se presenta obvio y terminante, escrito en mayúscula: su vida es una DESDICHA INEVITABLE, ellos son LOS POBRES, y los espectadores vinimos al cine para estremecernos un rato con LA MISERIA de los OTROS.

¿Nacen nuevos idiomas con la migración?¿No es la traducción una forma de migración? ¿Qué significa la palabra “traducción”? ¿Es la traducción algo que no existe? Trato de pensar un estado de traducción permanente y el idioma viviendo en las ciudades entre personas, árboles, perros y palomas, creciendo y dudando como los demás seres vivos. ¿Si todas las personas, de cualquier idioma materno, aceptarían que deben traducirse para hacerse entender, llegaríamos a la igualdad? ¿Qué pasaría con la traducción de lo que no es traducible?

Este texto en realidad no existe, no como original en un idioma. Estas frases están escritas porque hay una persona que las cambia después de que yo las escribo en alemán y las reescribo al traducirlas al castellano. La persona trata de darles un ritmo que reemplace al ritmo que perdieron en mi traducción, y no puedo saber si su ritmo corresponde al mío. Todo esto lleva mucho tiempo y a veces la persona se pone impaciente. Entonces dice: Ahora que entendiste el principio, podés seguir corrigiéndolo vos. Pero entender el principio sería como desprenderme de mi pasaporte y mi origen, como despertar y en vez de hablar con acento alemán, hablase con acento porteño. ¿Acaso con cuál acento porteño? ¿Sería del conurbano? ¿De Palermo? ¿Hubiese nacido en Caballito?

Recordé una frase que leí hace meses en un colectivo en San Francisco, en camino al océano. Vuelvo a leerla una y otra vez, como un rompecabezas al que no le encuentro la solución. Algo de ella me parece hermoso, esencial, superfluo e intraducible:

Buenos Aires, 9 de julio

Nele Wohlatz

nelewohlatz@caligari.com.ar

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