América

Nele Wohlatz Domingo 11 - Junio - 2017 Columna de Nele Wohlatz


Es difícil encontrar las conexiones entre las cuatro mujeres y los episodios de los que está compuesta la película Certain Women de la directora norteamericana Kelly Reichardt. La película comienza con el plano de una extensa llanura y una cordillera distante, que se corta con unas vías sobre las que pasa un tren muy largo. Esta es la provincia de Montana y es invierno. Luego vemos algunos planos de los techos de una ciudad de provincia. Se escucha la radio, una advertencia del frío y de las consecuencias sobre los perros cuando se congelan sus cacharros.

En esa ciudad de provincia, Laura Dern actúa de una abogada que no tiene tiempo para admirar el panorama de montañas nevadas. Lidia con un cliente que quedó inválido en un accidente de trabajo y que no puede comprender que la demanda contra sus ex-empleadores no tenga chance. Solo cuando Laura lo lleva al estudio de un colega para que escuche una segunda opinión y el colega, que es un hombre, le repite que no hay chance, el cliente parece resignarse. Laura dice: “¿Cómo que OK? Desde un año que le digo esto, ¿y ahora simplemente es OK?”

Pero en la escena siguiente, el cliente descarga su desesperación contra Laura. Para tomarse una pausa de él, entra a un shopping. Ahí se detiene y mira una presentación de danza folclórica indígena. La música, los trajes, los peinados, todo parece ficticio dentro de la escenografía del shopping, tan artificial como el milkshake que Laura toma. A la vez es lo que hay, lo que alimenta. Laura se tranquiliza y vuelve a su modo de ser, levemente irritada, pero comprensiva. En mitad de la noche, el cliente toma un sereno de rehén, no se entiende bien con qué fin, y aún entonces Laura reacciona con comprensión. Un policía algo torpe le pone un chaleco antibalas, aunque el jefe le acabó de decir que no haya ningún peligro, y ella va para reemplazar al rehén. Quizás la película es sobre la empatía y sobre el lado B de la empatía. Es por empatía que esa abogada entra en situaciones muy incómodas. Y también es por empatía que aguanta esas situaciones incómodas.

No sé si existe una diferencia natural entre hombres y mujeres, si hombres y mujeres hacen o necesitan películas diferentes y si yo reconozco las situaciones de la película por ser mujer. Certain Women no hace más que juntar minuciosamente ciertas situaciones. Lo que comparten estas situaciones, además del extenso paisaje del lejano oeste, es estar basadas en ciertos valores y conductas que aprendemos desde chicas y con las cuales terminamos familiarizándonos. Comportamientos de las mujeres hacia los hombres que se presuponen y se asumen porque sí.

En el segundo episodio, Michelle Williams construye una casa de fin de semana en la llanura, al pie de las montañas. Aguanta la mezquindad de su hija adolescente. Aguanta al viejo y solitario granjero del que quiere obtener una pila de piedras antiguas, restos de la primera escuela que los colonos habían construido allí siglos atrás. Soporta a su marido que la deja sola lidiando con la hija adolescente y el viejo granjero y que además le es infiel. Quizás cree que cuando obtenga la pila de viejas piedras originales, que cuando haya construido una casa entera de materiales auténticos, de pedazos de mitología americana, encuentre la felicidad. Hay un tercer episodio protagonizado por una joven nativa, caballos, viajes sin fin sobre rutas, una maestra de campo y un diner. Quizás son estos los elementos donde la magia de la película encuentra su segundo componente: La intersección entre la cotidianidad y la ficción, la fuerza de los mitos fundadores, la Americana.

“Americana es un concepto colectivo para nombrar creaciones culturales de la sociedad de los Estados Unidos de América que establecen o están ligadas en un sentido amplio a las tradiciones folclóricas de las EEUU. Americana incluye artefactos figurativos, obras literarias y musicales, actividades deportivas o sociales comprendidas como típicamente estadounidenses al igual que clichés y estereotipos relacionadas a la convivencia de las personas”, dice Wikipedia.

De la sala de cine, entré a un McDonald para comprar el primer combo de mi vida. Hasta hace poco no había viajado nunca a los Estados Unidos, luego me tocó hacerlo tres veces seguidas. Odio los viajes en avión. No les tengo miedo, pero después de dos o tres vuelos, mis manos y mis labios quedan secos durante semanas. No sé qué pasa en los aeropuertos con el tiempo, pero no puedo leer ni trabajar, estoy ocupada en no perderme. Sin embargo, recuerdo mis “momentos más americanos” no en las ciudades, sino en los aeropuertos, en los aviones.

En la mesa del Starbucks del aeropuerto de Houston donde me senté para robar wifi, un matrimonio de ancianos sentados frente a mi, desayunando sándwiches en combinación con un sinfín de pequeñas píldoras coloridas que derramaron sobre una servilleta.

El piloto diciendo por los altoparlantes que volábamos por encima del Grand Canyon. No recuerdo si estaba oscuro o nublado o si simplemente no podía ver la ventana desde mi asiento, de todos modos no vi nada, pero lo encontré sublime. Quizás fue una ilusión de lo sublime, parecida a cuando uno ve los paisajes desérticos de Arizona en la pantalla de cine.

Luego tuve una hora para cambiar de avión en el aeropuerto de Phoenix, Arizona. Ahí se encontraba, en cinemascope, detrás de anchas ventanas, el desierto. Había rocas coloradas, delante de ellas una fila de pequeños aviones polvorientos y algunas pocas plantas de desierto verde brillantes. Afuera seguramente reinaba el silencio y mucho calor. Como en el cine, solamente pude ver el desierto, no oler ni sentirlo con la piel. A esa imagen le agregaron música country a través de la radio del aeropuerto.

¿No es increíble que una ciudad se pueda llamar Phoenix?

Entonces, la música fue interrumpida por un anuncio: mi vuelo estaba sobrevendido, American Airlines buscaba dos voluntarios que tomaran el próximo vuelo, dos horas más tarde. Le ofrecían 500 dólares a cada uno. Recordé que días atrás, cuando llegué a San Francisco, escuché de un incidente en un vuelo de la misma aerolínea con un pasajero norteamericano de descendencia asiática. Era el último vuelo de esa noche y siendo médico que tenía citas con sus pacientes al día siguiente se negaba a bajar del mismo. La seguridad del aeropuerto lo sacó a golpes y luego se viralizó el rostro ensangrentado de este pasajero.

Mientras intentaba de calcular si con el próximo avión aun llegaba a tiempo para el compromiso que tenía esa noche, lo que resultó complejo por los diferentes husos horarios, dos chicas se miraron como si hubiesen ganado la lotería. Una de ellas era blanca, la otra negra, ambas muy tatuadas y poco abrigadas a pesar del frío que hacía en el aeropuerto. Con sus miradas decían exactamente lo que yo pensé en ese momento: Easy money!!!!! En el próximo instante ya estaban tramitando el cambio de pasajes. Como todo pasó tan rápido, compartí su alegría en vez de molestarme por la oportunidad perdida de ganar los 500 dólares. Lo que sí me decepcionó fue cuando volví a mirarlas, con la mirada clavada en sus smartphones, ya no poseían ningún rastro de emoción. Hasta ese momento hubiese sido fácil imaginármelas como personajes de una película de Kelly Reichardt, más cercanas de cruzar la fina línea llamada ley que de tomarse un avión.

Cuando caminé hasta el avión el sol estaba muy duro. La única azafata, bañada en sudor, pedía a todos los pasajeros que cierren las persianas para dejar obrar el aire acondicionado, mientras se abanicaba con el folleto de instrucciones de seguridad.

Una señora grande se negó a liberar su asiento para una madre muy joven con aspecto mexicano y bebé en brazos, hasta que la azafata le explicó que su asiento estaba equipado con una máscara extra de oxígeno; un aire ambiguo de sordera o racismo.

A pesar del calor y de las instrucciones opuestas, abrí mi persiana para mirar el desierto en todo su ser desierto desde arriba, hasta que me dormí. Me desperté en El Paso, Texas.

En auto cruzamos la frontera a Ciudad Juárez. No hubo control de pasaporte, ni siquiera tuvimos que frenar. La frontera parecía un puesto de peaje de autopista. “¿Esta fue la terrible frontera entre México y los Estados Unidos?” me pregunté. Pero más tarde en el mismo día, me encontré parada frente a la vieja frontera, en el centro de Juárez. A la derecha, peatones cruzaban el puente hacia los Estados Unidos, a la izquierda venían a México. En mi espalda había una fila de bares, clubs y antros para todo tipo de tráfico de frontera. La pequeña parte de locales que iba a conocer esa misma noche superó todo lo que me había imaginado de visitar en mi vida.

Para cruzar el puente a los Estados Unidos, uno necesitaba una visa válida y dos dólares para el molinete.

Una mujer suplicaba a un hombre con sombrero de cowboy para que se quede de este lado de la frontera, lo arrastró, lloró, se apretó entre él y el molinete. Él la empujó hacia un costado, metió dos dólares en el molinete y desapareció en el pasillo cubierto entre todos los demás.

Una madre le gritó a su hija adolescente que iba a arruinar su vida si se pasaba al otro lado con ese chorro. Se enfrentaron, de un lado la madre con la hermana menor y el novio anterior, bueno, del otro la hija adolescente con el novio nuevo, malo, incapaz de responder una palabra, la cara petrificada por la vergüenza y el enojo. Finalmente, la madre se fue para casa con su parte de la familia, la hija se iba sola con el nuevo novio por el puente.

En el centro de Juárez, la frontera era una frontera. No es tan común que la apariencia de las cosas se corresponda con su ser. La frontera parecía exactamente a lo que me había imaginado como el paso entre México y los Estados Unidos. Más lo miré, más me sorprendió cuanto se parecía a mi imaginación, hasta que recordé que ya la había visto. En No Country For Old Men de los hermanos Coen, Llewelyn Moss cruza exactamente esta frontera cuando huye del sicario hacia México. La película se filmó del otro lado. Disfrazaron un puesto de peaje de autopista para que se pareciera a esta frontera. Cuando vi la película por primera vez en el cine, me pareció un drama griego, pura ficción, un juego basado en arquetipos más que en figuras realistas. Y sin embargo, ahora tuve la impresión de ya conocer ese lugar, de cierta familiaridad, y me sentí un poco más segura en esa frontera, en esa ciudad que tiene la fama de ser una de las más terribles del mundo. ¿Qué existió primero, la realidad o la ficción?

Cuando estoy sola en la cocina, escucho un canal de radio de Berlín. Mi padre en Alemania hace lo mismo; se pasa bastante tiempo solo, cocina mucho y escucha el mismo canal de radio. Casi nunca hablo con él. No porque no nos quisiéramos, más bien por nuestra falta de capacidad social. Sin embargo, me siento cerca de él cuando cocinamos y escuchamos lo mismo – aunque sean distintas contribuciones de la radio por los diferentes horarios, y distintas comidas por los ingredientes locales. Hace poco, cuando estaba cocinando, un director de teatro alemán dijo en la radio que las biografías de las personas no le interesaban tanto en su calidad documental, testimonial, sino en su potencialidad como literatura. Los autores dicen a menudo que toda su obra es mentira y que no tiene influencia práctica sobre la realidad. Sea como sea, yo disfruto cuando esas mentiras desordenan por lo menos lo que es mi impresión de la realidad.

En el puente entre México y los Estados Unidos recordé otra película, una que había visto muchísimo antes, quizás a los doce años: Una famosa actriz recibe amenazas de un asesino y contrata a un guardaespaldas. Pero en la vida real, la actriz no era famosa por ser actriz sino cantante. Aun antes de ver la película en el cine, mi mejor amiga y yo nos sabíamos el CD de la banda sonora de memoria. Esto de por sí ya era confuso. ¿Y a través de cuál argumento incluyeron estas canciones en la película, si ella representaba a una actriz? Además, el guardaespaldas era una estrella de cine, lo conocía de otras películas, y ahora solo representaba a un guardia, a alguien de clase obrera. Y la confrontación final durante la ceremonia de los Oscar, el caos, la emoción. ¿Acaso usaron material documental? ¿Era este el lado B de la ceremonia de los Oscar? Estoy segura que esta película me enseñó algo sobre la alegría de desordenar realidad y ficción. Es difícil de saber si esto era la intención de los productores, pero finalmente, las cosas más interesantes suceden a menudo por malentendidos.

Buenos Aires, 11 de junio

Nele Wohlatz

nelewohlatz@caligari.com.ar

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