Turista

Nele Wohlatz Domingo 19 - Marzo - 2017 Columna de Nele Wohlatz


Cuando era chica, los viajes en avión eran algo raro. Mis padres nunca habían visitado otro continente. De vez en cuando alguno de sus amigos cumplía el sueño de visitar un país lejano, llenando a su vuelta noches enteras con diapositivas y reportes del viaje. Las primeras personas en mi entorno que realmente viajaban mucho eran mis tías de Viena. En el invierno en el que las conocí, viajaron a la India. Querían visitar una prima lejana mía que diez años atrás había sido reconocida como reencarnación de la diosa Kali y que desde entonces vivía como asceta en una cueva a los pies del Himalaya.

Tenía 20 años cuando conocí a mis tías de Viena, porque mi padre y su hermana se habían peleado antes de que yo naciera. Según mi madre, la razón fue que mi tía llamó idiotas a mis padres cuando comenzaron a tener hijos; según una amiga de mis tías, la razón fue que mi padre, comunista él, llamó idiota a mi tía cuando ella empezó a estudiar psicología. De todos modos, se amigaron cuando empecé a viajar a Viena a los 20 años por un novio de ese entonces, y así conocí a mi tía. También conocí a mi otra tía, con la que se había casado por esos años.

Todos los inviernos, mis tías hacen un viaje a un país lejano: China, Marruecos, Japón, Sri Lanka, Brasil, Vietnam, las Maldivas… Perdí la cuenta.

El año pasado comencé a recibir invitaciones a festivales de cine en diferentes continentes y así fue que también empecé a viajar mucho. Empecé a tomar aviones como si no existiese ningún hueco en la capa de ozono y ningún cambio climático.

Hasta ahora usé los viajes a festivales de cine en primer lugar para ver películas. Pero en mi último viaje me di cuenta que entre una película y otra, en los festivales, la vida no continúa. Pasar de una proyección a la próxima es como hacer zapping entre sueños, olvidando casi todo al despertar. Incluso los recortes del mundo que vi entre las películas los recuerdo ahora como fragmentos de un documental sobre algún tema al azar:
Pinturas oscuras de un pintor sueco del siglo XIX que murió muy joven; llorar un poquito en el museo.
Un palacio de cristal en el medio de un parque oscuro, adentro olor a jazmín y aire tropical; mis pies se descongelan.

Una chica que declama poesía en idioma sami en el escenario de un bar; intercambiar unos chistes con una mujer que mide dos metros, sin que entendiese una palabra.

La chofer que me cuenta en el viaje a un Q&A de sus problemas de identidad como sueca-americana desde que volvió de Colorado a Suecia.

Mi sobrino bebé montado sobre un trineo en una caminata por la nieve; el bosque está pintorescamente nevado pero el aire está gris y desagradable.

Una manifestación de un nuevo partido de derecha frente al portal de Brandenburgo, vista al pasar en camino a algún cóctel; ver que la nueva derecha no se esconde, su imagen es la misma que en cualquier reunión de neonazis: cabezas rapadas, banderas alemanas y el rojo-blanco-negro del imperio.

Cuando me largo a llorar por culpa de todo lo que otra vez no logramos, en la última noche con mi familia.

El sol de invierno en el tren de Berlín a Ámsterdam.

Mis tías de Viena viajaron este invierno europeo a Sudáfrica. Durante mi viaje ellas me mandan fotos de su viaje al celular: Un elefante. Un león que se va. Montañas alucinantes. Leones durmiendo al lado de la carretera. Un rinoceronte sin cuernos (los guardaparques se los sacan para que no los cacen) acompañado de una frase de mis tías que me dicen lo triste que les parece esta imagen. Un rinoceronte con cuernos, porque a diferencia del anterior parque nacional, se supone que los cazadores primero matan a los rinocerontes y luego se fijan si tienen cuerno.

Mis tías practican turismo en su forma más pura, sin intentar de robarle experiencias "auténticas" a la ciudad. Se sorprenden sobre las maravillas del mundo. Quizás está ahí el sentido de viajar: maravillarse de otras formas de vida, otros seres vivos posibles, más allá de la propia imaginación. Por ende, que la vida de uno no tiene ni más ni menos sentido que cualquier otra, y ya que estamos, que podamos reirnos un poco de todo. En mi viaje, fueron estas fotos enviadas por mis tías las que hicieron reírme de mí misma como turista. Me reía todavía cuando el avión aterrizaba en la madrugada en Ezeiza, todo el día y parte del siguiente.

En la tarde del segundo día tengo que hacerme un estudio para el que había sacado turno dos meses atrás. Aunque el estudio lleva solo tres minutos, me quedo esperando una hora y media. Me pongo de muy mal humor. La médica me dice que hoy habían encontrado nudos en las mamas de varias mujeres, que por eso todo se atrasó. Trato de obligarme a ser comprensiva frente a una noticia tan triste, pero no lo logro; no le creo a la médica, vi colarse demasiadas mujeres al consultorio antes de mi sin que su nombre hubiese aparecido en el monitor. El mal humor me gana, otra vez me veo en el centro del universo, sin ganas de reirme de nada.

Por suerte hace poco, alguien me contó un pensamiento secreto, una suerte de fórmula para convertirse en un turista constante y recordarse que la vida es un absurdo. Se puede aplicar en cualquier ciudad.

Buenos Aires, 19 de marzo

Nele Wohlatz

nelewohlatz@caligari.com.ar

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